Jueves, 14 de diciembre de 2017

Toros con historia (Pamplona)

Esta ciudad de Pamplona tiene también con el toro su romance desde tiempos inmemoriales

Como cada año, fiel a su cita, un chupinazo (cohete) lanzado desde el balcón del Ayuntamiento pamplonés nos anunciaba que un nuevo San Fermín iba a comenzar. Son unas fiestas que, a pesar de muchos, están identificadas en todo el mundo, teniendo como máximo exponente el encierro de los toros que se lidiaran por la tarde en la plaza. El encierro constituye para los aquí nacidos su santo y seña, su divisa, el colorido de blanco y pañuelo rojo al cuello.

Pamplona es una ciudad muy acogedora, muy hospitalaria, donde nadie se siente desplazado, son siete días donde la calle es la casa común de todos, el comer, beber, danzar y correr los toros forman un todo, donde el aguante, el pulso,  adrenalina y valor son el tributo a pagar en esta ciudad de Pamplona que tiene también con el toro su romance desde tiempos inmemoriales, donde desde entonces, su Ayuntamiento y sus gentes se identifican. Servidor, buceando en la historia de la Tauromaquia, encontró que:

No debía hallarse muy bien de fondos  la Ciudad de Pamplona en 1599, pues vemos que el 21 de julio de ese año se reunieron en sesión extraordinaria sus graves y sesudos regidores para tomar en vista lo empeñada que se hallaba la Ciudad, este importantísimo acuerdo. "Primeramente, no haya de haber toros ni otro ningún género de fiestas en el discurso del año, porque en esto se ahorrarían muchos centenares de ducados porque ha habido año, que estas fiestas se han gastado pasados de 700 ducados". Sin embargo, no duró mucho el económico acuerdo de los celosos ediles, pues al año siguiente, 1600, ya porque la Ciudad saliese de sus apuros pecuniarios, o porque a pesar de ellos no podían los pamplonicas prescindir de su fiesta favorita, ello es que el abanderado de San Fermín, encargado de la compra de toros y contrata de toreadores, hizo venir para las corridas de ferias a cuatro corredores de toros y un trompeta del Reino de Aragón. Se llamaban estos lidiadores, Diego de Armendáriz, Cristóbal de Oliveros, Diego de Latorre, Miguel de Colato v Gabriel Castellanos, y eran vecinos de las villas de Ambel, Torrella, Ta - razona, Los Fagos y Borja. De la actuación de estos diestros nada nos dicen los papeles de aquella época; lo único que por ellos hemos podido averiguar, es que los tres primeros sabían escribir, y no mal, y que entre todos cobraron la fabulosa suma de 754 reales.

Los toreadores de aquel entonces acostumbraban formar cuadrillas de danzantes y, además de correr los toros, se comprometían a bailar el paloteado y danza de las espadas en las procesiones y otros actos públicos. Y así consta, como un día de mayo del año 1607, se presentó en el Ayuntamiento de Pamplona un vecino de la Ciudad de Tarazona, llamado Llorente de San Juan, y se ofreció a venir por fiestas de San Fermín al frente de una danza compuesta de ocho danzantes, un gaitero y un bobo. Como Llorente era, además de excelente bailarín, uno de los más afamados toreadores de su época, se comprometió también a torear y capear los toros de la corrida de San Fermín con cinco de sus compañeros, al igual como lo llevaba hecho en años anteriores. El señor Secretario de la Corporación Municipal, certificó, que efectivamente, en el año 1604, Llórente de San Juan, juntamente con los toreadores del Reino de Aragón, Cristóbal de Oliveros, Diego Bretón, Miguel de Colato y Diego de Armendáriz, habían toreado y llevado a cabo lucidas v arriesgadas suertes a gran satisfacción y regocijo de la ciudad, de sus vecinos y moradores. Por todo lo cual, se acordó contratar al suplicante v consortes por la suma de 800 reales.

Además de estos corredores de toros, actuaron en dicho año estos otros voluntarios o ventureros. Fermín de Cortázar, de Pamplona, quien consta "hizo muy buenas suertes en la corrida" por lo que se le dieron 50 reales. Miguel Sánchez, vecino de Borja: "hizo muchas suertes, de tal manera que  holgaron todos de las suertes que hizo". A juzgar por lo que cobró, 24 reales, era inferior en méritos al pamplonica Fermín.

Joanes de Behunce, de Pamplona, "fiel criado de la ciudad", salió espontáneamente a correr los toros "con ánimo, según él, de regocijar la fiesta y dar gusto a vuesa Señoría, (el Ayuntamiento) poniendo a riesgo y peligro su vida, haciendo muy buenas suertes". Vemos por la libranza que el infeliz fué cogido, volteado y zarandeado, saliendo del percance sano gracias a Dios y al señor San Fermín, pero con los valones hechos pedazos. A su señoría no debieron de parecer muy bien las suertes de su fiel criado, pues ordenó: "Se le den seis reales, con que otra vez no salga a torear". Juan Iñíguez y Díaz de Baldoren, álias Candil, natural de Rincón de Soto toreó muy bien y "sacó una invención de zancos nunca vistos", cobrando por todas esas habilidades 50 reales. Este Candil, vino á torear a Pamplona, durante treinta años y más. Era un tío genial, que no contento con realizar vistosas suertes, en los intermedios de la lidia se ponía los zancos, bailaba originales danzas, saltaba, volteaba, disparaba cohetes y como si todo esto aún fuera poco, proporcionó al respetable público de 1632, las fuertes emociones de una aparatosa cogida, cuya curación costó al Ayuntamiento, diez ducados.

Por estos y otros datos que voy recogiendo, vemos que es un poco aventurada la afirmación de aquellos historiadores taurinos que sostienen que toreros de a pie, propiamente dichos, no existieron hasta ya entrado el siglo XVIII. Pues ya lo ven, esto tiene el marchamo de las historias de toros en esta ciudad, de vitalismo y jolgorio inusitado donde se abre paso el toro.

(Recopilación de las viejas revistas de Tauromaquia- adaptación de Fermín González.Blog taurinerias)