Domingo, 17 de diciembre de 2017

Echamos de menos a Churchill

Gran Bretaña es un gran Estado, digno de admiración por varias razones, entre otras haber estado en la vanguardia para acabar con Hitler y el nazismo:  nunca se lo agradeceremos bastante. También por haber puesto en marcha la monarquía parlamentaria y haber acabado con el absolutismo, mucho antes que la Revolución Francesa. Y, por último, por ser la patria de dos genios de la literatura: Shakespeare, cuyo centenario celebramos, y mi adorado Charles Dickens. ¿Quién da más? Parece difícil superarlo.

Pero la historia de los países no es rectilínea, está llena de altibajos y en ocasiones de crisis profundas. Gran Bretaña está en medio de una de ellas. El referéndum del  jueves apoyando la salida de la UE, en el argot electoral “Brexit”, es su mejor reflejo. Un referéndum que nunca debió tener lugar y del que es responsable la miopía política del premier Cameron, movido por su ambición política para asegurar la victoria de su partido en las últimas elecciones, ha conducido a los británicos a una situación imposible, pues el riesgo ahora mismo no es ya la salida de la UE, sino la desmembración del Estado porque Escocia e Irlanda votaron masivamente por la permanencia  y no están dispuestos a irse, por lo que no hay que descartar la independencia escocesa y la reunificación irlandesa. ¿Quién da más? Mayor estupidez política concentrada es difícil de hallar en las últimas décadas. Al menos Cameron ha tenido la decencia de dimitir. Y la panoplia la han completado los dos adalides del “Brexit”, el excéntrico Boris Johnson y el xenófobo Farage, que han saltado del barco después de lanzarlo al abismo. Irresponsabilidad en grado sumo.

Tal vez  Gran Bretaña no debió ingresar en 1973 en lo que hoy es la UE. En el fondo, ni antes ni después le hacía puñetera gracia la cosa. Cuando se creó el invento, ella permaneció aparte, dejando la patente en manos de Francia, Alemania, Italia y los países del Benelux. Después intentó el ingreso, pero el genial De Gaulle le puso la proa porque tenía claro que las islas no querían saber nada “del continente”. Hasta que en 1973 entraron, sin ganas, sin creer en el proyecto, por puros intereses crematísticos y comerciales, y desde entonces no han hecho más que joder la marrana, poniendo pegas a casi todo, reclamando especificidades y sembrando el territorio de euroescepticismo.

Es verdad: la UE ha estado falta de determinación ante el problema que tenía dentro y en vez de afrontarlo, lo ha rodeado. Cuando se configura como lo que actualmente es, una Unión no solo económica sino además política, hubo que haber puesto toda la carne en el asador y colocar a Inglaterra ante una alternativa: o dentro con todas las consecuencias o a la calle, donde hace frío. Aunque yo pienso que la UE se ha construido con alegrías impropias de quienes la fundaron, como por ejemplo la ampliación hasta los 28 miembros de ahora mismo, entre los que hay estados que deberían haber acreditado mucho mejor su compromiso y su capacidad para la integración, o poniendo en marcha una moneda común no acompañada por una política fiscal complementaria, y con unas instituciones escasamente democráticas, ya en esa tesitura, hay que exigir café para todos. Eso de la Europa a dos o tres velocidades, es un seguro a todo riesgo para acabar con el proyecto.

Sí: nunca debió entrar Gran Bretaña en la UE, sobre todo para salir así. Con una campaña electoral saldada con el asesinato de una política honrada, con manifestaciones claras de xenofobia, con una sociedad aislada sobre sí misma. Sin duda: echamos de menos a Winston Churchill, aquella época en que los británicos tenían líderes e ideas.

Marta FERREIRA