Lunes, 11 de diciembre de 2017

Rota, Morón y otras bases del montón

 

Ironías de la vida, Barack Obama y yo vamos a conocer Rota el mismo día. Recontraironías de la historia, el presidente de los Estados Unidos de América visitará la base militar gaditana después de asistir a una cumbre de la OTAN en… ¡Varsovia! Quizá busque casa con patio en Sevilla, un patio donde madure el limonero, ahora que su tiempo en la Casa Blanca expira. Y quizá el calor del julio hispalense espante esa búsqueda del “pato cojo”.

 

Los buques de Rota y los aviones de Morón de la Frontera escoltan el paso de Obama por una España que hace treinta años votaba la permanencia en la OTAN. Ha sido noticia reciente ese referéndum con motivo del que ha terminado con los británicos fuera de la Unión Europea. Aquella votación concluyó que España siguiera dentro de la OTAN. Es curioso lo de entrar y luego decidir si se sigue dentro; en general, es curioso esto de los referendos. Los españoles aprobaron con tres condiciones: no incorporarnos a la estructura militar integrada, mantenernos alejados de las armas nucleares y reducir la presencia del ejército de los EE.UU. en España (también estaban acuartelados en Zaragoza y Torrejón de Ardoz). Tres décadas más tarde, convendría evaluar ese cumplimiento de las salvedades que hacía el gobierno de González en su pregunta a los ciudadanos, y que obligarían a sus sucesores Aznar, Zapatero y Rajoy.

 

La OTAN de hoy no puede ser la de 1986, que aún sentía en el Muro de Berlín la división del mundo entre ellos y nosotros. Destronado el comunismo en Europa, el atlantismo navega entre las turbulencias de una Unión más numerosa pero más desunida y un enemigo terrorista de difícil abordaje, que desdibuja las coordenadas territoriales de la geoestrategia y requiere un planteamiento diferente. Mientras proliferen las bases militares nacionales salpicadas por todo el mundo, las norteamericanas pero también las francesas o británicas, nostálgicos París y Londres de sus imperios y celosos del de Washington, no terminarán de cuajar las alianzas, ni la vetusta atlántica, ni la de civilizaciones, ni ninguna otra. La bilateralidad sigue resultando más tentadora que la mesa grande con sitio para todos. Ni el atlantismo, con un manual anticuado, ni el “pacificismo” de postureo, parecen dar con la fórmula para mantener el mundo en paz.