Viernes, 15 de diciembre de 2017

Un nudo de caminos: Teresa en Benavente

A una de sus iglesias más bellas, San Juan del Mercado, se ha acercado este fin de semana “Teresa, la jardinera de la luz”, en una multitudinaria sesión teatral
Un momento de la representación de la obra teatral

Situada al norte de la provincia de Zamora, Benavente ha sido desde sus orígenes, allá por época de astures, previa a la llegada de los romanos a la Península, una población que ha contado con el privilegio de unir y distribuir rutas por todo nuestro territorio. Y así sigue siendo, pues es considerada un punto de referencia para las vías de comunicación y el transporte.

No en vano permite el paso a caminos tan importantes y emblemáticos de nuestro país como son El Camino de Santiago, La Ruta de la Plata, el acceso a Rías Baixas desde la capital o importantes rutas Históricas a través de Tierra de Campos. Y además de ser el nudo a partir del cual se dispersan a la vez que confluyen los caminos por tierra, Benavente cuenta además con la gran fortuna de estar en una comarca en la que los ríos como el Tera, el Esla o el Órbigo, hijos del prolífico Duero, la enmarcan en un territorio que no en vano se ubica entre valles que son el origen de la nomenclatura de la geografía que ocupa. Esta ciudad se alza señorial en una colina ubicada en una meseta que mira orgullosa a sus pies los valles por los que fluyen los ríos que la alimentan, mientras a su alrededor son muchos los caminos que acercan y se llevan al viajero que va tras las huellas de un destino real o espiritual, a la vez que se cruza con otros tantos distribuidores de productos necesarios para otras gentes en una red logística que lleva funcionando siglos.

Importantes acontecimientos históricos han tachonado su propia identidad marcándola como localidad señera en toda la parte noroeste de nuestro mapa, desde donde se fraguó buena parte de la Historia escrita en mayúsculas. Y de ello dan muestra los numerosos edificios artísticos o señoriales con fuerte protagonismo en la ciudad que son el recuerdo de tantas gentes y hechos memorables aquí acaecidos a lo largo de los tiempos, de los que también dan fe numerosos documentos o apellidos ilustres o calles y plazas que llevan nombres grabados a fuego por los siglos. Mucha vida en movimiento ha albergado esta ciudad de Benavente que ha sabido ganarse a pulso este título de “ciudad”, que el rey Alfonso XIII, le concedió a principios del siglo XX, y no precisamente por el número de habitantes que acogía.

A una de sus iglesias más bellas, san Juan del Mercado, se ha acercado este fin de semana “Teresa, la jardinera de la luz”. Se echa de nuevo a los caminos de la mano de Lazarillo de Tormes, grupo teatral bien conocido de todos por presentar de forma tan magistral la figura de la carmelita del XVI, a través de este montaje teatral que aúna sencillez, sobriedad, elegancia, calidad interpretativa y escénica. Creemos que varios han sido los factores responsables del éxito de esta obra, y no por hacer tantas veces hincapié en ello, se pierde en cada representación frescura y emoción ante lo puesto en escena en tantas ocasiones.

Pues es la actuación número 121, la que llega a Benavente, para volver a llenar el verano de encuentros con el teatro vivido desde sus orígenes gracias a esta obra, que no sólo nos conecta con parte de nuestra Historia, cultura y espiritualidad, por lo que con ella conocemos o volvemos a reconocer, sino también con el fenómeno teatral que se nos acerca desde escenarios tan nuestros como son los altares de las iglesias.

Y como tantas veces nos ha recordado Javier de Prado, productor de la obra, en otras tantas presentaciones que de ella ha hecho, no existe mejor escenario posible para “Teresa, la jardinera de la luz”. Él siempre creyó en este tipo de marco, no sólo por que aquí surgieran los orígenes del teatro, o por el carácter de la obra, sino porque cualquier tipo de público puede conectar con lo más emocional y emocionante de su vida en esta clase de espacios.

De acuerdo con ello estuvo Denis Rafter, responsable del guión y dirección artística del montaje, que como hemos comprobado en tantos irrepetibles momentos concentra en un tiempo reducido y adecuado una historia grande presentada de forma simple y pequeña como lo es la esencia que esconden las grandes cosas. Y así el espíritu de Teresa de Jesús vuelve a encontrar su magnitud adecuada en el precioso altar románico de esta iglesia de San Juan del Mercado de Benavente, que le ofreció toda la belleza de su arquitectura del XII, que encerraba frescos de la época y tallas de un valor equiparable a sus arcos y columnas que supieron ser los soldados respetuosos que flanquearon con elegancia la llegada de las hermanas carmelitas.

Situadas en el ábside central, presidido por el valioso fresco que representa el Bautismo del tan amadísimo Jesús de Teresa, se alzan orgullosas ante todo aquello que calumniara a su admirada madre, y que oímos con pavor en las palabras que desde un púlpito les lanza nuestro bien conocido padre dominico, enviado de la Inquisición.

Quizá la belleza y personalidad de los distintos escenarios son capaces de hacer que contemplemos cada puesta en escena de esta obra como algo diferente, no conocido, algo matizado continuamente, pulido como el diamante que era Teresa de Jesús, que no por irradiar siempre luz, nos hace ver las mismas cosas, porque todas ellas ganan en valor con brillos distintos de sus distintas facetas.

Es tal el grado de complicidad que este grupo teatral ha conseguido con su obra, a partir de la figura de la carmelita, que imbuyen a cualquier tipo de espectador de su espíritu indómito, revolucionario y libre; y así lleva a las mujeres a sentirse orgullosas de serlo, a los hombres a reconocer su valentía dentro de la debilidad que sus congéneres de la época les obligaban a sentir, y a todos en general, al margen de sentimientos y creencias, a tomar conciencia de la universalidad de esta monja. Todos nos podemos ver transportados a otra época, que sin ser la nuestra, se convierte en un espejo donde mirar las miserias humanas y la fortaleza de algunos para superarlas. Y la época de cada iglesia-escenario, también se diluye en el espíritu de lo inamovible a través de los tiempos. Por eso Lazarillo de Tormes ha conseguido hacer llegar el texto de Rafter desde cualquier altar de los muchos ya pisados, porque sea cual fuere su tiempo, muchas vidas les han dotado de la fuerza necesaria para que se sienta entre sus muros incluso lo inefable.

Teresa de Jesús fue ejemplo claro de ello, pues a través de su vida, obras y palabras intentó hacernos llegar la fuerza del nudo de amor que la sujetaba a Dios y que como en el caso de Benavente, era el punto de partida hacia infinitas rutas que tuvo que recorrer en su vida para comunicarlo a los demás. Como si de cualquiera de los distintos caminos que llegan a esta singular ciudad vinieran, unos hábitos femeninos de carmelitas, llenos de polvo del camino, se hubieran detenido ante la hermosa fachada sur de la iglesia de San Juan del Mercado para observar como unos poderosos Reyes de Oriente adoran a un niño abrazado por su madre, mientras que un silente san José dormita, permitiendo que el misterio de lo pequeño se haga grande entre nosotros. Esto fue lo que aquellas mujeres aprendieron de su madre Teresa y por ello viajan a pie, se abastecen por los caminos en cualquier mercado como el de la plaza donde se ubica esta preciosa iglesia, que por breves momentos se ha de convertir en la del convento de la de Alba de Tormes, para que ellas acompañen a su querida maestra en su último viaje, después de habernos contado al mundo que la hermosura de Dios radica en el nudo que Éste es capaz de hacer con todas sus criaturas.