Lunes, 18 de diciembre de 2017

“Con toda su pobreza han sido capaces de darme lo que no tienen para ellos”

Testimonio de este religioso,  tras convivir durante un mes con una familia tonga en el bosque, que forma parte de una comunidad en la que la mayoría de ellos están sin trabajo y comen una vez al día

El misionero salmantino Leo Ramos Sierra con algunos de los integrantes de esta comunidad tonga en Zimbabue

El sacerdote y misionero salmantino Leo Ramos Sierra nos cuenta su experiencia tras convivir durante un mes con una familia tonga en el bosque. Este es su testimonio desde Zimbabue:

“Durante el mes de junio he tenido la suerte de ser acogido en Chininga en la casa de una familia tonga, los Sibanda, compuesto por el padre (católico), sus dos mujeres (una católica y otra no) y los hijos de ambas.

El objetivo de esta experiencia era doble. Por una parte, aprender tonga en un contexto tonga, sin hablar inglés (o al menos sólo lo imprescindible). Por otra, conocer cómo vive una familia en el bosque, cuál es su ritmo diario, cómo ocupan su tiempo…

En cuanto al estudio de la lengua he mejorado un poquito y me recuerda que tengo que seguir estudiando, hablando, escuchando, leyendo… para valerme en esta lengua bantú.

Pero me gustaría fijarme en la experiencia de la convivencia con la familia. He estado con una familia que podemos considerar “rica” en estas latitudes. Casa de cemento con techo de uralita, pero cubre de sobra las necesidades. Sin luz, pero con un panel solar grande. Sin agua corriente, pero con posibilidades de transportarla la mayoría de las veces, desde varios kilómetros, con el coche que tenían (uno de los pocos que se ven por Chininga)… Y sin embargo uno se da cuenta de que es una vida dura la del bosque. En todo momento se han deshecho en atenciones, procurando que no me faltara de nada y que estuviera cómodo. Me recibieron con los brazos abiertos no sólo la familia Sibanda sino toda la comunidad de católicos (y no católicos). Me recibieron cada vez que sonreían cuando me veían, o cada vez que rezábamos juntos en la misa o en una oración nocturna. Me recibieron cuando intentaban enseñarme un poquito a tocar los tambores, o cuando organizaron juegos y bailes para que los conociera. Me recibieron cada vez que me escuchaban atentos y pacientes mis torpes frases en tonga o cada vez que me repetían las cosas tres o cuatro veces hasta que, más o menos, las entendía. Me recibieron cuando me regalaron un pollo por ser el sacerdote, o cuando mataron un cabra porque el cura estaba allí. Y así tantos y tantos detalles.

Se trata de una comunidad pobre. La mayoría de ellos sin trabajo y comiendo una vez al día. Sin poder pagar las tasas de la escuela y, los que van, andando varios kilómetros para ir a la misma. Mucho pie descalzo y chancha y poca ropa para cambiarse. Mucho frío y poca manta y dolores que se pasan a pelo… Y a pesar de que la procesión vaya por dentro, con toda su pobreza han sido capaces de darme lo que no tienen para ellos en ocasiones, siempre sonriendo y con una generosidad que llama la atención.

Es aquí donde he intentado encontrar al Señor, en los pobres. Es aquí donde el Señor se me ha mostrado, en los pobres. Y es que va a ser que tenía razón Jesús. Es la ilógica lógica del Evangelio: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios” (Lc 6, 20b).Y pensar que a veces uno lo que pretende es enseñar y ayudar… y es justo al contrario. ¡Cuánto nos enseñan los pobres!

Termino esta reflexión con un deseo-oración-bendición-promesa recogida en el Evangelio: “Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua porque sois del Mesías no quedará sin recompensa” (Mc 9, 41). Estoy seguro que también en este caso, va a ser que tenía razón Jesús”.