Jueves, 14 de diciembre de 2017

Si los perros hablaran...

Dedicado a algunos perros de indudable pedigrí literario, como Remo, el perro de José Ortega y Gasset, al que Miguel de Unamuno le dedicó un poema; y a Sirio, el perro de Vicente Aleixandre, al que además de su dueño le dedicaron versos Claudio Rodríguez y Carlos Bousoño, o a Niebla, de Alberti, que Pablo Neruda se lo dejó al salir de España; o a Atila, del poeta riojano Antonio Cillero, al que Ramón de Garciasol incluso le dedicó un libro y a Coral, el perro cazador de Gabriel y Galán. Y a tantos otros… Y sin olvidar por supuesto al Argos de Ulises, aunque éste sea sólo literario.

  No sé su nombre ni tengo el gusto de conocerlo, pero ha estado ladrando casi toda la noche.

Y como es lógico no he podido entender lo que aquel perro gritaba una y otra vez a lo largo de una larga noche con breves intervalos de dramático silencio. Hace unos días era noticia de tercera fila que un equipo de investigación de algún sitio lejano había “descifrado” el sentido de los ladridos de los perros. Bueno, sin investigar mucho el que tiene un perro acaba entendiendo bastante bien casi todo lo que quiere decir. O al menos se lo cree.

Me imaginaba yo al perro de marras atado a un barrote de balcón durante toda la noche dando gritos en forma de ladrido para protestar contra su situación. Y no me extraña que proteste, porque un perro conserva siempre su memoria colectiva de libertad y de campo abierto, aunque haya nacido como es hoy caso general en perfecta y dorada esclavitud.

Y recuerdo a Caireles, el perro de mi casa en el pueblo cuando era yo pequeño, y tantos otros con nombre o sin él que vivieron a pleno pulmón en pleno campo en un sometimiento prácticamente voluntario y lleno de dignidad. El perro era, al menos en mi pueblo y en aquella época, una personalidad y tenía bien equilibradas sus independencias y sus dependencias, pero ahora con sus horarios de balcón y de calle, con sus juegos caseros y sus comidas prefabricadas, de paseo para cacas o su espera inmóvil y silenciosa es otra historia de difícil calificación. No es poco socavón social bajar de perro a mascota.

Y vuelvo mi pensamiento hacia el perro ladrador de balcón de la otra noche. Sin ser experto en ladridos sospecho su grito desesperado reclamando atención y compañía y auxilio o agua y algo de comida o un trato mejor y algo de libertad o qué sé yo qué que puede gritar por la noche en su soledad un perro bien tratado y en medio de un oscuro maltrato insospechado para los humanos. O quizás era un grito tribal que repite su raza esté donde esté cuando se encuentra atrapado; por cierto a los dos días creí reconocerlo atado a la mano de un inglés que ha llegado a la vecindad y ha alquilado la casa de enfrente. Me pareció un Beagle, aunque no soy yo muy entendido en razas y demás.

Y en todo esto confieso sentimientos encontrados. Porque sin duda el perro puede acompañar con resultados admirables en muchas situaciones de la vida de una persona y puede ayudar en tareas diarias sobre todo en el campo, pero no parece siempre la suya una existencia mantenida con la dignidad de un animal como él. Traído y llevado, alargando y encogiendo la cuerda por una acera imposible entre pies y piernas absolutamente desconocidos, conducido a la hierba y conminado a hacer cacas como sea, interrumpido sin sensibilidad en la faena de la pata levantada junto a farola, a veces hasta castrado sin razón o sin ella, con exigencias de piruetas (es lo que más le fastidia) para admiración de quien sea y esa alabanza grosera con la que termina la exhibición: Es un perro muy listo, lo aprende todo. Ah, qué vida de perro ésta. Y sin recurrir a la perra de Parra  que se subió a la parra de Guerra, que esa es otra.

Y por otro lado el pequeño milagro diario del buen acompañamiento sea de un invidente que lo necesite o de cualquier ciudadano adulto que tenga con su perro un sentimiento de entre tantos que pueden tener perfecta dignidad, presencia viva en la soledad, afecto compartido en tantos pasos compartidos, trabajos de campo reconocidos y compensados, guía y defensa de quien lo necesita, y muchos pasos más juntos y en feliz compañía, en conjunción de intereses, de trato y de sentimientos, bien delimitado todo porque el exceso es tan inhumano como el desapego.

Pero sin tener que pasar la noche atado al barrote de un balcón y ladrando al mundo su protesta por tanta y tan inhumana esclavitud. Mirando extremos, hay muchos perros en la ciudad, tan inhóspita ella para los humanos, que llevan una vida casi de hijos de adopción y, a la vez y a la contra, hay muchos perros en la ciudad, tan inhóspita ella para ellos, que llevan una vida de perro. La dignidad de todos los perros está en el medio, o sea el clásico in medio virtus.