Jueves, 14 de diciembre de 2017

Escuchamos lo que somos

Les habla alguien que concilia el sueño –a duras penas– con un receptor de radio encendido, acurrucado entre las sábanas y recibiendo mensajes a través de esa suerte de magia científica que Nikola Tesla descubriera y patentara y por la que Guillermo Marconi terminaría llevándose la gloria en forma de Premio Nobel en 1909. Pues bien, sirva este caso de apropiación indebida (e inmoral), para encabezar mi descontento con la lógica de las audiencias y con su última consecuencia práctica: la llegada de José Ramón de la Morena a Onda Cero como director del programa El Transistor y el consiguiente relevo de la parrilla de Héctor Fernández y su Al primer toque.

 

Digamos que no me sorprende. Igual que hemos decidido aferrarnos al pelotazo y al turismo como mecanismos para competir en un mercado cada vez más global, también las cadenas, filiales de grandes grupos de comunicación, ramales a su vez de grandes corporaciones de intereses múltiples resumidos en ganar dinero, tienen derecho a apostar por voces conocidas, por valores seguros expertos en conectar con el oyente medio de los magacines deportivos de medianoche; un tipo generalmente varón, de edad variable, amante de sus amigos, y aún más de su equipo de fútbol. Este oyente medio, el del Larguero, al que respeto y, en cierta medida, admiro, no quiere noticias, quiere bombazos; no se contenta con la carne curada de un buen jamón, sino que la pide recién matada y poco hecha, chorreando sangre. Este oyente medio ha vuelto jodido del curro, ha acabado harto de las sugerencias de su mujer y duda hasta de su partenidad porque el color del cabello de su hijo no es el suyo o porque todavía, a los tres años, este no ha aprendido a decir “papá”. Este oyente medio tiene todo el derecho del mundo a querer una información deportiva cocinada entre vísceras, a una voz reconocible en la dirección del programa y a Manolete difundiendo bulos camuflados con la etiqueta de “información contrastada”.

 

Ahora bien, debería de haber espacio, o eso creía, para programas que llaman a la reflexión serena. Programas que lejos de buscar obsesivamente conclusiones, se enredan en una maraña de matices. Programas con líneas editoriales moderadas e independientes, programas en los que las entrevistas son, eso, entrevistas, y no juicios sumarísimos. Es más, creía que habría espacio para programas con amplia atención a propuestas polideportivas, para programas que miran con catalejo y no con lupa, que cruzan océanos y no arroyos.

 

Pero no. La marca José Ramón de la Morena es como el cuadro que buscamos compulsivamente, por reconocido, en un museo. La marca El Larguero, transformada ahora en El Transistor, es historia y presente de nuestro país y, si ha sido capaz de sobrevivir a la irrupción de las vanguardias y a los nuevos modos de hacer periodismo, es porque ambos, comunicador de masas y formato, conectan muy bien con el oyente, saben lo que quiere; conocen, en definitiva, quién es.