Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Redimir al cautivo

 
Esta obra de misericordia nos recuerda el carisma de los Mercedarios y de los Trinitarios, que dedicaron su vida a la liberación de los cristianos que caían prisioneros de los musulmanes y de los turcos. ¿Qué podría significar esta obra de misericordia en este tiempo?
Por desgracia, las cárceles no han desaparecido con el tiempo, sino que se han multiplicado. La injusticia humana garantiza la libertad de los ricos y poderosos, mientras encarcela a los más pobres e indefensos. Tras el antiguo proletariado, surgen nuevas formas de cautividad que explotan a las mujeres y a los niños en trabajos clandestinos o en la mendicidad organizada.
 En la Biblia se relata el injusto encarcelamiento de José en Egipto (Gén 39,20-23). Sansón es metido en la cárcel por los filisteos (Jue 16,21) y  Daniel es arrojado al foso de los leones (Dan 6,17). El salmista evoca el dolor de los deportados a Babilonia, que se ven obligados a cantar para divertir a los que los habían deportado (cf. Sal 137).
 Al inicio de su vida pública, Jesús hace suyo un texto del libro del profeta Isaías para proclamar en la sinagoga de Nazaret que ha sido ungido para proclamar la liberación a los cautivos (Lc 4,18). El mismo Jesús se identificará en el juicio final con los cautivos y los prisioneros: “Estuve preso y vinisteis a verme” (Mt 25,36).
Meditar sobre la situación de los prisioneros puede ayudarnos a ver el lado oscuro de nosotros mismos. De una forma o de otra, todos nosotros somos culpables. Así pues, esta obra de misericordia, que exhortaba a los antiguos a redimir a los cautivos, nos ayuda a redescubrir nuestra honda verdad más profunda.
En estos tiempos, los prisioneros de guerra son numerosos y, con frecuencia, son víctima de vejaciones o se ven privados de sus derechos, reconocidos por convenciones internacionales. Tanto los cristianos como todos los ciudadanos tenemos ahí un amplio campo para practicar esta obra de misericordia. Podemos hacerlo por medio de nuestra acción directa o mediante la presión política y mediática.
Además, hoy vemos que han surgido nuevas cárceles y nuevas formas de cautividad, como la prostitución organizada, la pedofilia, la importación de personas por parte de las mafias. Pero también las encontramos  en las organizaciones de producción y de servicios que cuentan con una mano de obra cautiva y barata, mantenida en condiciones inhumanas.
Finalmente, descubrimos cada día nuevas adicciones a todo tipo de drogas y formas de violencia. Por esas cadenas son muchas las personas que pierdan su libertad y han sumido a las familias en un abismo de dolor. Así que liberar a los cautivos no es una tarea de otros tiempos. Esa obra de misericordia significa e implica en estos tiempos imaginar y promover nuevas formas de atención a los esclavizados de este mundo.
                                                                              José-Román Flecha Andrés
 
 
ELECCIÓN Y MISIÓN
 
 “Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto...” Con esta exultante invitación a la alegría se abre el texto, tomado del libro de Isaías, que hoy se proclama en la primera lectura (Is 66,10).
Ha pasado el exilio del pueblo hebreo en Babilonia. Hay que olvidar el pasado y soñar en el futuro. Hay que soñarlo con esperanza, diseñarlo con alegría y construirlo con paciencia. La alegría es como el eslabón que une a la esperanza y a su hermana la paciencia. O tal vez es el fruto de la colaboración entre ambas hermanas.
Claro que no podemos pensar que todo ese proceso se debe a nuestras propias fuerzas. En el final de la carta a los Gálatas, san Pablo nos recuerda que es preciso cultivar una cuarta virtud: la humildad: “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gál 5,14). 
 
COMUNIÓN Y FRATERNIDAD
 
Pues bien, ese abanico de actitudes se refleja también, y con creces, en el evangelio que hoy se proclama (Lc 10,1-12.17-20). En él se nos recuerda que, además de contar con sus apóstoles más cercanos, Jesús eligió a otros setenta y dos discípulos y los envió  por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares, adonde pensaba ir él.
A propósito de este texto evangélico, el Papa Francisco ha anotado que Jesús no es un misionero aislado. No quiere realizar a solas su misión. Decide contar con la colaboración de sus discípulos para anunciar el Reino de Dios. El gesto es muy significativo. Jesús quiere difundir el amor de Dios ya con el mismo estilo de la comunión y la fraternidad.
El relato subraya las cualidades que se requieren del discípulo. Ligereza para anunciar la llegada del Reino de Dios. Pobreza para no confiar tan solo en sus instrumentos, sino sobre todo en el mismo mensaje que anuncia. Generosidad para llevar la palabra y los gestos de la paz a todas partes. Sencillez para aceptar la hospitalidad. Y libertad para dejar los lugares en los que no se acoja su palabra.
 
 SALIDA EN HUMILDAD
 
Finalmente, el texto deja constancia de la alegría con la que los discípulos volvieron dando cuenta de sus éxitos al Maestro que los había enviado. Jesús se congratula con ellos y les asegura el poder que les ha confiado. Pero eleva sus miradas hacia otros horizontes:
• “No estéis alegres porque se os someten los espíritus”. Es cierto que el anuncio del Evangelio produce frutos asombrosos, aun en una sociedad laical.  Con demasiada frecuencia, medimos nuestros esfuerzos con los criterios habituales en nuestro ambiente. Nos tienta la mundanidad. O el ansia de protagonismo.
• “Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”. La alegría  distingue a los creyentes y a los que anuncian el evangelio. Pero la alegría no se identifica con las satisfacciones inmediatas. San Pablo recuerda la presencia de la cruz. Y Jesús nos invita a mirar al cielo. Es decir, a reflexionar sobre el proyecto de Dios y la meta a la que tendemos.
- Señor Jesús, te agradecemos que hayas querido contar con nosotros para anunciar el mensaje del Reino de Dios. Ayúdanos a salir sin demora, sin ascos y sin miedos, con esperanza y alegría, con generosidad y humildad, para que tú seas conocido y acogido en todo el mundo. Amén.
                                                                         José-Román Flecha Andrés