Viernes, 15 de diciembre de 2017

Del Brexit al Eurend, a no ser que...

Del BR-Exit de ayer (24.6.16) al Euresit o mejor dicho el Europ-End de un mañana no muy lejano hay un camino corto, a no ser que cambiemos la dirección y velocidad de la marcha.

Éste ha de ser un camino económico y político, pero también cultural y religioso. Es un camino o no-camino europeo, pero, sobre todo, humano: ¿Tiene Europa un proyecto que valga no sólo para sí misma o para alguno de sus estados, sino para el mundo entero, es decir, para la nueva humanidad que esperamos y debemos ir creando?

Ésta es la pregunta del 25, day-after, día de la reflexión que sigue a la “relativa” sorpresa del referéndum británico. Evidentemente, son ellos, los británicos, los que deben reflexionar, pero somos también todos, los seres humanos, y sobre todo los europeos, los que hemos de hacerlo, si queremos vivir y abrir caminos como humanos.

Europa era un proyecto hermoso, pero entre casi todos lo estamos matando. No se trata sólo el exit (por ahora) de los británicos, hay otros problemas muchos más fuertes, como son:


‒ Está la prepotencia de algunos países (su nombre es bien sabido) que, que tomando a Europa como finca propia para su caza y saqueo, desprecian (nos desprecian y utilizan) al resto de los pobres europeos.

‒ Está la absoluta ineptitud y egoísmo de casi todos ante el tema mayor de los refugiados. ¿Cómo podemos llamarnos “Europa”, patria de la humanidad y libertad, si están muriendo en nuestras playas miles y millones de personas que huyan de la miseria y falta de libertad?

‒ Esta el nacionalismo másxenófobo de algunos (no el buen nacionalismo de la libertad y cultura propia) que dicen Europa cuando les conviene, pero sólo piensan en ella para sí mismos, al servicio de su falsa propaganda…

Está finalmente (y esto es quizá lo más grave) la Europa vendida al Capital-Dios que no entiende de europas ni patrias, ni personas, y menos de pobres (bueno, entiende a los pobres para expulsarlos o esclavizarlos mejor)… Si no hay un capit-exit, un éxido de un tipo de multi-capital al servicio de si mismo da lo mismo eur-opa que eur-asia o eur-arabia o eur-nada.

Llevo pensando sobre el tema desde que Pliegos de Yuste (Revista de cultura y pensamiento europeos) me pidió para su primer número (años 2003) un trabajo titulado El Cristianismo y la identidad cultural de Europa (http://www.pliegosdeyuste.eu/n1pliegos/pikaza.pdf ). Más tarde, el Instituto Teológico de Murcia me pidió y publicó un librito titulado Europa: Una historia, un proyecto cristiano (CTF, Murcia 2014, 78 págs: http://www.itmfranciscano.org/wp-content/uploads/2014/10/Cuadernos-X.-Pikaza.pdf )

Seguiré reflexionando, si Dios quiere, sobre el tema. Para el lector interesado recojo aquí las últimas páginas de ese último librito (53-64). Buen fin de semana a todos. Buen fin de semana... con la tarea de la nueva evangelización que nos proponía el evangelio del domingo.

5. EUROPA: UN PROYECTO, CUATRO RETOS

1. Cultura y ciencia. Una Europa ilustrada

La paz de Westfalia (1648) había marcado el final del poderío “político” de la religión, y especialmente de la iglesia católica (con las potencias tradicionales). Ciertamente, el papado siguió teniendo importancia, pero convirtiéndose en una instancia política marginal (centrada en los Estados Pontificios), a espaldas de un mundo dirigido por el “libre pensamiento” que estaba realizando la gran transformación de la modernidad. Sobre los reyes y nobles del tiempo anterior se estaba elevando el Poder del Libre Pensamiento (es decir, la Ilustración).

Europa vino a presentarse así como el continente de la razón, en la línea de los nuevos filósofos, como el católico R. Descartes (1595-1650), el judío B. Spinoza (1633-1677) o el luterano G. Leibniz (1646-1717), vinculados por la búsqueda de un pensamiento autónomo, fundado en sí mismo (en el propio pensamiento), sin sujeciones de religión o iglesia. Esos pensadores podían ser muy religiosos y lo eran, cada uno a su forma, pero no dependían ya de la autoridad de sus iglesias, religiones o estados. Por primera vez en la historia (retomando gérmenes del pensamiento griego) surgió en Europa, desde una base cristiana (o judeocristiana), sobre las confesiones e iglesias particulares, un pensamiento común, audaz, poderoso, responsable de sí mismo, sin más vinculaciones que el mismo pensamiento.

En principio, la Iglesia Católica no había tenido miedo al pensamiento y así hubo muchos cristianos (y católicos) sinceros entre los nuevos científicos, hombres como el antiguo N. Copérnico (1473-1543) o el nuevo G. Galilei (1564-1642), sin olvidar los cientos y miles de jesuitas (y de otras órdenes religiosas) dedicados al estudio de temas científicos (física, matemáticas…), educadores de gran parte de Europa. Pero algunos tuvieron miedo y parte de la Iglesia se fue cerrando en su verdad interior, en un proceso de repliegue que ha marcado la vida de los pueblos católicos del sur de Europa (y de América Latina), anclados en un pasado tradicional, bueno sin duda, pero alejado del pensamiento que estaba desarrollándose (también con riesgos) en los países protestantes.

En ese contexto podíamos hablar, en principio, de una Iglesia a dos velocidades, una protestante (veloz), otra católica (lenta). Ciertamente, Francia ocupa un lugar particular, porque, siendo un país católico, fue promotora de la Ilustración y progreso, aunque en línea absolutista (desembocando en la Revolución de finales del XVIII). Los restantes países podrían dividirse, en general, en los dos grupos ya citados.

(a) Algunos como Holanda e Inglaterra, y varios principados de Alemania, avanzaron en el plano económico, social e incluso religioso, buscando fórmulas de convivencia, con espacios para todos los ciudadanos.

(b) Otros países como Portugal, España e Italia quedaron en un segundo plano, con dificultad para aceptar los cambios, en el plano de la ciencia y pensamiento; la misma iglesia parecía mantenerles en situación de mayor dependencia, dependiendo de un papado que empezaba a tener miedo de las novedades.

De todas formas, la razón ilustrada terminó triunfando al Este y Oeste, Norte y Sur, de manera que Europa ha sido el “continente ilustrado”, racional, abierto al libre pensamiento, en clave literaria y religiosa, política y económica. En esa línea, ella ha sido y sigue siendo un proyecto de libertad política, expresada en sus grandes “revoluciones” sociales (inglesa, francesa y soviética). En nuestro contexto insistimos en la revolución burguesa, que se produjo sobre todo en Francia, a finales del siglo XVIII, superando el viejo orden sagrado de la sociedad, devolviendo el poder y gestión social a los ciudadanos. La revolución se expresó también de formas distintas en Inglaterra y en sus colonias (USA) y en otros países, desembocando en el establecimiento de la democracia como forma base de gobierno es inseparable de las otras dos:

‒ Hay una revolución del conocimiento (siglos XVII-XVIII), que puso de relieve la autonomía y unidad de la razón humana, sobre las diferencias religiosas. En ese contexto se sitúa la revolución científica, que se aplica al conocimiento y dominio de la realidad, en un plano operativo, que ha desembocado en la revolución técnica e industrial, iniciada sobre todo en Inglaterra desde el XVIII, aplicándose a la organización del trabajo y a la producción en serie de bienes de consumo. Pues bien, ese conocimiento no se puede cerrar en un plano puramente técnico, sino que ha de abrirse en línea de comunión humana y gratuidad.

‒ La revolución económica, de la que trataré por separado, ha conducido al surgimiento del capitalismo, que se expresa en la planificación de la producción y el mercado, al servicio del capital. En ese contexto se han planteado grandes problemas que siguen marcando actualmente la historia de Europa y del mundo, sin que la revolución marxista, con gran fuerza en el siglo XX, haya podido resolverlos. En este contexto queda pendiente una revolución nueva, anticapitalista; sin ella, Europa acabaría perdiendo su sentido.

Esas revoluciones definen a Europa como lugar de una modernidad, que tiene ante todo una base cultural y que se ha expandido luego de formas diversas a todo el mundo. Sólo aquellos pueblos que asuman esas revoluciones pueden formar parte de Europa, siempre que respeten su pluralismo de base (democracia política, separación de Estado y religión) y no quieran elevarse como imperio sobre el resto del mundo, como seguiré indicando. Por otra parte, Europa sólo podrá mantener su identidad en la medida en que siga vinculada a la tradición del pensamiento griego, humanista, ilustrado, con fondo cristiano, apareciendo, ante todo, como una cultura, un espacio múltiple de búsqueda y comunicación de ideas en libertad. Ella ha creado la filosofía racional (desligada de las tradiciones religiosas) y la ciencia estrictamente dicha, formalizada de un modo consecuente. Sin libertad e impulso para el pensamiento, sin búsqueda científica al servicio de la verdad y los valores humanos no podrá existir Europa .

2. Política, un parlamento de pueblos (¿o estados?)

Esta Europa de elementos cristianos, racionalidad griega y ley romana, sólo podrá seguir siendo un lugar habitable, si ofrece unas condiciones básicas de libertad y fraternidad, en igualdad dialogal (asumiendo los motivos básicos de la Revolución Francesa), fraternidad económica (superando el neo-capitalismo) y diálogo activo con otras culturas de la tierra. Nos hallamos en un momento crucial de interacciones e influjos, en el que no sólo es necesario un diálogo entre norte (más protestante) y sur (más católico), sino oeste (Atlántico) y este (más asiático), en apertura al mundo entero. La revolución marxista, nacida en Europa, fracasó por falta de estímulos de libertad y verdadera comunión personal y social. Pero el tema de fondo sigue abierto, y Europa sólo será fiel a su historia si busca formas distintas, reales, concretas, de comunicación económica y personal entre sus pueblos y todos los pueblos del mundo.

Para que esto sea posible es necesaria la aportación ilustrada de la razón, que nos permite superar todo fundamentalismo (musulmana o cristiano, judío o hindú, capitalista o racionalista…). Pero también es necesario el legado de la religión que, trascendiendo el nivel de las razones fácticas (Estado), ofrece un impulso de utopía. Los ideales de libertad, igualdad y fraternidad de la primera revolución burguesa sólo tienen sentido si nos impulsan a superar el riesgo imperial y militarista de un capitalismo que quiere imponer sobre el mundo entero su mercado, impidiendo todo diálogo personal.

Si triunfara un capitalismo impositivo, imponiéndose sobre el diálogo de los pueblos y destruyendo la función humana de la economía, que ha de estar al servicio de todos (y en especial de los pobres), Europa acabaría siendo una colonia o apéndice del Imperio neocapitalista. En esa línea, ella debe potenciar su creatividad y, si quiere mantener sus principios ilustrados y cristianos (democráticos), debe buscar un modelo distinto de economía. Para ello debe retomar el legado de sus clásicos (Israel, Grecia y Roma), asumidos (no negados) por un cristianismo que destaque la libertad, la justicia y el diálogo social, desde una perspectiva de modernidad, en clave de justicia .

Europa no puede acabar siendo un museo (para visita de asiáticos o yanquis), ni un mercado para los más hábiles, sino una casa grande donde encuentren espacio sus diversos pueblos, con los grupos de origen diferente (desde los inmigrantes gitanos a los trabajadores, en parte ilegales, que vienen de África, Asia o América), siempre que acepten su entramado cultural y asuman, de algún modo, su historia.

Para que Europa renazca desde sus raíces, en este tiempo nuevo (¡ese es el tema!), será bueno que ningún Estado domine a los restantes (ni Francia ni Inglaterra, ni Alemania ni Rusia), para que todos, incluso los pueblos más pequeños, puedan mantener su identidad y recrearla, en la línea que ellos prefieran. Pero es aún más necesario que no triunfe sobre todos los pueblos un neo-capitalismo de mercado, donde sólo importa nada el triunfo del dinero, destruyendo todas las restantes identidades y, en especial, la vida de los pobres.

En esta nueva Europa podrá seguir habiendo estados nacionales, pero a condición de que ninguno pretenda (ni pueda) imponerse sobre los demás, ni dentro ni fuera de las pretendidas fronteras nacionales, en actitud democrática de consenso y respeto a las minorías. Debemos crear así un espacio donde puedan aportar su identidad malteses, letones o chipriotas, con sus pequeños estados, o galeses, escoceses y catalanes (actualmente sin estado), sin que ello implique grandes diferencias interiores, ni discriminaciones, al lado de los grandes estados nacionales (Francia, Alemania…), que tampoco pueden tener más autoridad simplemente por ser grandes.

Europa es una realidad económica, social, cultural que se ha venido construyendo por siglos, y que aún debe construirse, encontrando (creando) para ello unas estructuras políticas que sean más adecuadas. En este momento, el mundo se va globalizando en torno a grandes ejes (USA, China, India, quizá el Mundo Musulmán…). Pues bien, entre ellos puede y debe ocupar un lugar especial la Unión Europea, de manera que unos países que han conquistado y colonizado medio mundo, creyéndose independientes y supremos (españoles y portugueses, franceses e ingleses, holandeses, rusos y alemanes...), de un modo a veces muy ambiguo, aprendan a sentarse y depender unos de otros, y vivir dialogando entre sí y con todo el mundo, ya en clave de igualdad y concordia, no de dominación.

En medio de un tipo de decadencia (¡ya no tienen el poder que tuvieron por siglos!), los países de Europa se encuentran en una situación privilegiada. No tienen que defender sus colonias, ni pueden (deben) enriquecerse con dinero ajeno, sino aprender a convivir con lo suyo, compartiéndolo entre todos, y ofreciendo espacios de conocimiento y comunicación económica a otros pueblos y culturas. La Unión Europea ha de surgir no de estados que no existían, sino de estados que han sido muy fuertes (¡que han estado acostumbrados a mandar!) y que ahora deben aprender a escucharse y pactar entre sí, creando un tipo nuevo identidad vinculada a su misma multiplicidad lingüística, social y religiosa. De esa manera, en un momento en que dejan de ser potencias políticas mundiales, los países de Europa han de encontrar un tipo de unidad política nueva, hecha de pactos, sin victoria ni dominop de unos sobre otros.

Ni España ni Francia, ni Austria ni Inglaterra, ni Alemania ni Rusia lograron antaño el dominio sobre el continente, y por eso, Europa sigue siendo un «pacto de naciones», con lenguas e iglesias, políticas y economías diferentes, que ahora deben pactar, con los riesgos y las posibilidades que ello implica. Algunos de esos estados (sobre todo España/Portugal e Inglaterra, Francia y Rusia…), con su administración unificada y sus nuevos métodos de navegación y guerra, habían iniciado un proceso de expansión y conquista, de colonización y comercio, que ha cambiado en cinco siglos (del 1450 al 1950 de C.) el rostro de la humanidad.

Esos países lograron la globalización comercial del mundo (después que J. S. Elcano lograra dar la vuelta al globo-tierra: 1522), convirtiendo la mayor parte de la tierra en colonias o zonas de expansión de Europa, en un proceso de conquista y colonización que ha marcado de forma decisiva la historia de la humanidad. Algunos pueblos de larga tradición cultural y población abundante (como China, India o Japón) pudieron conservar su identidad y siguen manteniendo sus lenguas y culturas, integrándose en la unidad comercial y técnica del mundo unificado (globalizado) que se había iniciado desde occidente. Pero otros, con menos capacidad (como los indios del conjunto de América y muchos países de África) no han podido recrear su identidad, y han vuelto a caer bajo el poder de unas inversiones a intereses manejados por el capitalismo mundial, dirigido en parte desde la misma Europa.

En un sentido, esa historia durísima de conquista y colonización europea, con procesos de mestizaje y dominación social y religiosa, ha terminado ya, pero no todas las heridas se han curado y además están surgiendo formas nuevas de neo-colonialismo quizá peor que el antiguo. En ese contexto debemos recordar que varios países de Europa han sido y siguen siendo invasores y culpables, pues haber destruido tejidos sociales de muchos países conquistados, con docenas de millones de muertos, y porque, en algún sentido, los grandes intereses europeos (del capitalismo mundial) están volviendo a destruir la vida de los antiguos pueblos colonizados. Lógicamente, esas naciones europeas deben saberse responsables de su pasado de violencia externa, y colaborar al surgimiento de un mundo distinto, donde ya no existan colonizaciones violentas, ni expropiaciones injustas, ni dominios militares de los más poderosos, ni opresiones generales del neo-capitalismo.

Ciertamente, algunos países de Europa tienen la responsabilidad de resarcir en lo posible las injusticias antiguas; pero ellas deben procurar, sobre todo, que la globalización que comenzaron (y que ahora está en manos del capitalismo mundial, que no es sólo europeo) no desemboque en la creación de nuevos imperios dominadores, peores que los antiguos, sino que puedan surgir nuevas relaciones económicas, con políticas de concordia entre los pueblos. La conquista y colonización europea del mundo tuvo ciertas consecuencias positivas de expansión cultural y, sobre todo, de comunicación entre pueblos, pero ha producido grandes dolores e injusticias, cuyas consecuencias siguen padeciendo sobre todo algunos países del tercer mundo.

En este momento, la función conquistadora antigua, en sentido militar, básicamente ha terminado, y la mayoría de las colonias se han independizado formalmente; pero muchos estados surgidos de la descolonización siguen viviendo en situación opresoras, que no derivan sólo de las antiguas condiciones coloniales, sino de las nuevas circunstancias económicas, vinculadas al choque de culturas, a las diferencias sociales y, de un modo especial, a la rapiña del neo-capitalismo que oprime por igual a todos los países y poblaciones pobres del mundo. . En este nuevo contexto, Europa no es ya la única responsable (ni quizá ya la mayor), pero ella tiene que cambiar y recrearse, no sólo para bien de sus pueblos, sino para ofrecer a los colectivos más pobres del mundo el gesto activo de su nueva solidaridad cultural y cristiana.

3. Economía, el reto de la fraternidad

Se dice que reto de la construcción europea es grande, porque los estados más poderosos (Francia, Alemania) no quieren ceder soberanía, y algunos de los periféricos (Rusia, Gran Bretaña) sienten reticencias a la hora asumir el plan de Europa (o quieren mantenerse al margen). Pero, más que simplemente político, el tema económico, como sabía ya E. Kant, hace más de dos siglos, al afirmar que la paz han de crearlas los mercados (mercaderes); pues bien, han pasado los siglos y los mercaderes han conseguido extenderse al mundo entero, y dominarlo, pero no han traído la paz, sino al contrario.

Ésta es la situación: Mientras discutimos sobre el poder de los estados (especialmente en Europa) estamos cayendo en manos de una inmensa lucha económica, y los poderes políticos (estados) pierden importancia, quedado sometidos (colonizados) bajo las instancias financieras del mercado neocapitalista, que ya no es de un país, sino del mundo entero. Éste es el reto: Europa no es sólo un “mercado común” (como se decía), sino un camino político, social y cultural (incluso religioso), pero sin un fuerte cambio económico (sin un nuevo mercado, que no sea neo-capitalista) no podrá subsistir ni recrearse .

Nos hallamos así ante la revolución más importante que ha de darse en Europa (y el mundo), en el lugar de la palabra decisiva. Europa es más que economía, pero sin una economía distinta, al servicio de la justicia (europea y mundial) el proyecto cultural, social (y religioso) que ha significa Europa a lo largo de los siglos (y que ahora puede culminar) pierde su sentido, y acabará destruyéndose.

He venido hablando de una revolución científico/cultural, para seguir hablando de una revolución política (vinculada a la creación de un gran Estado Europeo). Pero esas revoluciones resultan imposibles (o no podrán mantenerse) sin un cambio económico. Europa inventó el capitalismo en el siglo XVIII, y lo hizo (como afirmó M. Weber) sobre bases en parte religiosas. Pues bien, sólo recreando la economía (y el tipo de religión que está en su fondo), para ponerla al servicio de la justicia y de la comunión interhumana podrá haber futuro para Europa (y en el fondo para la humanidad, tal como aquí la entendemos, en clave humanista).

En Europa se dijo (sobre una base cristiana) que el hombre es lo primero (es el fin y sentido de todo lo que existe, como afirmaba Kant). Pero, al mismo tiempo, Europa ha construido un sistema económico donde, de hecho, lo primero es el dinero (capital) vinculado a la producción y al mercado de bienes de consumo (en la línea del Mamón bíblico, que es el anti-dios de Cristo: Mc 6, 24). Al comienzo del capitalismo (siglo XVIII) pudo parecer que la producción y el mercado (con el capital) iban a estar al servicio del ser humano (de unos bienes reales, destinados a los hombres). Pero en los últimos decenios hemos visto, con toda claridad, que el capital no busca el bien y servicio de los seres humanos, sino sólo su propio triunfo y desarrollo (esclavizando de hecho a una mayoría de seres humanos). Por eso debemos desandar un tipo de camino recorrido, poniendo en el centro de todo al ser humano, en línea de solidaridad y de justicia.

Destruido el comunismo (caída del régimen soviético: 1989/1890), y una vez que China ha comenzado a desarrollarse como el mayor Estado Capitalista del mundo, parece que no existe ya más poder que el “capital”, de manera que el mismo proyecto de la recreación de Europa (con sus bases racionales, religiosas y políticas…) acaba dependiendo del capital financiero (como han mostrado las grandes crisis y disputas en torno a la posible “intervención” monetaria de algunos países). Pues bien, en ese contexto, debo afirmar que, si Europa se deja caer en manos del puro neo-capitalismo, ella acabará destruyendo a los más pobres y destruyéndose a sí misma (negando su propuesta básica de racionalización democrática y de comunión cristiana). Quedará el dinero (Capital), pero dejará de existir la Europa de los pueblos y de la democracia real, con igualdad y justicia para todos. No habrá mercado de gentes (al servicio de las gentes y los pueblos), sino sólo Mercado en sí, esclavizando de hecho a las gentes y pueblos de Europa (y del mundo).

Es aquí donde se plantea el problema: Para existir como entidad autónoma y aportar a la humanidad su “capital” de historia (de Ilustración y Cristianismo), Europa debe encontrar (crear) un modelo económico propio, fundado en su tradición más honda, que no es el neo-capitalismo actual, sino un tipo distinto de comunión, donde el dinero y el mercado estén al servicio de los pueblos concretos (no a la inversa). Europa ha inventado la ciencia y el trabajo racionalizado, ha creado los primeros grandes estados de la modernidad y ha conquistado casi todo el mundo. Pues bien, ahora, terminado su ciclo de “poder inmediato”, y rodeada de unos poderes militar y económicamente superiores, ella sólo puede pervivir con identidad propia si crea un camino económico (y político) distinto, que no sea el Imperio neocapitalista (USA) ni la ni Capitalismo estatal (China), espacio libertad real y de comunicación humana entre pueblos y personas.

Ciertamente, en Europa podría haber un peligro de “invasión” u opresión externa (caer en manos de de millones de emigrantes, o de China…). Pero su riesgo fundamental está dentro: Dejarse conquistar por una economía financiera sin “alma” (al servicio de sí misma), perdiendo su identidad humanista y cristiana, y volviéndose una mera colonia opaca (sin entidad propia) del Capital triunfante (Mamón). Para oponer a ese riesgo, ella debería realizar fuertes rupturas, que hoy por hoy (2013) parecen difíciles (¡mientras los políticos discuten sobre la estabilidad del Euro!), pero que serán necesarias y deberán plantearse. Éstas son los tres fundamentales:

‒ Europa deberá buscar un equilibrio interno, expresado en un tipo unión o supra-estado distinto de los actualmente conocidos, para ofrecer igualdad de oportunidades a sus diversos pueblos y habitantes, en actitud de transparencia. No se trata de copiar formas de federación (como USA) o Imperio, sino de crear un espacio fuerte libertad y diálogo entre los diversos grupos nacionales y personas. Los grandes estados actuales perderán parte de su peso, de manera que surja una Europa de pueblos, no de estados, de forma que surja un orden político distinto, hecho de autonomías y de vinculaciones en red, sin un centro superior, sin un supra-gobierno, pero con autoridad y presencia en todos los lugares (en contra de lo que sucede en gran parte de las poblaciones marginales de las grandes ciudades de América y África, donde el Estado sólo ejerce una función represiva violenta e indiscriminada). Se tratará de crear espacios de creatividad y diálogo, con autonomía de cada grupo cultural y social y con autoridad compartida, para no dejarse dominar por un poder financiero impersonal, opaco (Capital), en manos de algunos, que no aparecen, sobre las personas. Ése es a mi juicio el primer reto de Europa.

‒ Deberá haber un intercambio económico “humano” entre los diversos segmentos de la población, sin que el Capital se imponga por encima de todos. Europa, que inventó el capitalismo, debe pone el Capital (con el Mercado y la Empresa productora) al servicio de los hombres y los pueblos. No se trata de negar la economía (habrá un tipo de capital, pero sin capitalismo), sino de transformarla y ponerlo al servicio de la vida, es decir de las personas y los pueblos. Sólo elevándose sobre un sistema financiero inhumano (destructor) Europa podrá conservar y recrear, en un plano superior, sus valores culturales, sociales y “religiosos”. Eso no lo pueden hacer los pequeños estados por aislado; sólo una entidad mayor, con capacidad para enfrentarse con autoridad al orden (desorden) financiero mundial, creando espacios protegidos de humanidad, siendo de algún modo autosuficiente, pero sin necesidad de competir en cada caso con otras potencias como USA y China… Deberá haber una moneda, pero está claro si el modelo actual (Euro) puede servir para ello.

‒ En diálogo con los países del tercer mundo. En un sentido, para mantener su identidad y realizar su tarea humanista, de fondo cristiano, Europa debería salir del sistema capitalista actual (FMI, OMC, BM), creando una economía al servicio de la justicia y, en especial, de los países antes colonizados. La paz económica de Europa (y su misma existencia) sólo será posible si ella es capaz de crear espacios de colaboración económica, abiertos a los países del “tercer mundo”. Es muy posible que la Europa no se decida a caminar en esa línea y prefiera mantenerse dentro del gran sistema neo-liberal de la actualidad (sin crear una economía alternativa, al servicio de la vida) Pues bien, en ese caso, si no cambia su forma de entender y organizar su economía, superando el neo-capitalismo actual, es muy posible que ella termine recayendo en manos de su propia destrucción, negando y destruyendo así su historia. Otros países, actualmente mucho más pobres, especialmente en América Latina o en África podrían tomar el relevo para encarnar y expandir el cristianismo.

4. Religión, un cristianismo abierto

Católicos y protestantes lucharon para defender y/o imponer su religión (Guerra de los Treinta Años: 1618-1648). Muchos cristianos anteriores habían identificado la paz con el triunfo de su propio “credo”. Oponiéndose a ello, y por otras razones que deberían precisarse, los nuevos ilustrados (desde Kant hasta Marx) prescindieron de un Dios externo, y buscaron un tipo de ética o razón humanista, como si ella fuera el único Dios efectivo, principio de pacificación universal. Había que dejar a un lado las religiones, tanto las propios (de tipo cristiano) como las ajenos (judaísmo, Islam…), para buscar una respuesta racional a los problemas. Los europeos deberíamos ser “racionales”; no hacía falta que fuéramos ya religiosos:

‒ Muchos piensan que la ética es suficiente, Europa ilustrada. Ciertamente, la razón humana es muy importante, en el nivel del conocimiento (razón pura) y en el de la praxis (razón práctica). En esa línea, sólo pueden llamarse europeos aquellos que, partiendo de orígenes distintos (sobre todo cristianos), han descubierto el valor universal de la razón, queriendo comportarse según ella (sin necesidad de acudir expresamente a Dios). Son muchos los que, a partir de ese supuesto, afirman que el tiempo de las religiones concretas ha terminado, de manera que los europeos debemos unirnos sólo sobre bases de tipo “ético”, racional (como supone la filosofía política de J. Habermas, quizá el más significativo de los politólogos europeos de la actualidad). En esa línea, las mismas escuelas deberían abandonar el estudio de las religiones, a no ser en un sentido puramente histórico, como “cosas del pasado”. En su lugar, como fuente de convivencia bastaría una “ética común”, compartida por hombres y mujeres de diversas religiones, y por creyentes y no creyentes. Sobre esa base podría surgir una Europa racional unida, pero sin religiones.

‒ Pero la religión, en nuestro caso el cristianismo, es también muy importante. Pues bien, la pura ética racional (de tipo kantiano o marxista, existencial estructuralistas) tampoco ha logrado instaurar la paz sobre el conjunto de Europa (y de los países vinculados a ella). Más aún, desde la Revolución Francesa, un tipo de ética racional ha querido convertirse ella misma en “diosa”, imponiendo su violencia sobre el conjunto social (como sucede ahora con el neoliberalismo capitalista, que alardea de racionalismo, pero que permite la más grande división social y la opresión de los pobres). En ese contexto es bueno (casi necesario) volver a la religión, en nuestro al cristianismo, como fuente de paz, no para sustituir a la ética, ni para combatirla, sino para ofrecer su aportación novedosa. Esa vuelta a Dios no puede interpretarse como pura “restauración” de lo antiguo, como un retorno al Dios pre-ilustrado de Guerra de los Treinta años, ni tampoco al “dios” del neo-capitalismo que destruye a gran parte de la humanidad, condenándola al hambre.

En este contexto, tras condenar el exclusivismo de una Ilustración racional que ha desembocado en un neo-capitalismo destructor, son muchos los que piensan que los europeos debemos recuperar las raíces cristianas, pero en un contexto nuevo de tolerancia y diálogo, para así recrear un pasado y, sobre todo, para crear un futuro nuevo. No se trata de volver a un neo-cristianismo impositivo (pre-ilustrado), sino de recuperar las raíces del cristianismo evangélico, desde una intensa fraternidad económica (como Francisco de Asís) y desde una gran tolerancia y fidelidad al pensamiento (como Erasmo), en diálogo con otras tradiciones religiosas.

No se tratará de abrir un diálogo donde todo valga lo mismo, sino de recuperar los buenos valores de la tradición, que en el caso de Europa son básicamente los del cristianismo (vinculado desde antiguo a la razón griega), para encontrar motivos de comunión humana y económica, y para dialogar, en un mundo plural, con las restantes tradiciones religiosas, no sólo monoteístas (Judaísmo, Islam), sino místicas (budismo, hinduismo, tao…), con gran respeto hacia aquellos que por una razón o por otra ya no se sienten cristianos.

Se ha dicho que Europa, creada por el cristianismo, ya no es cristiana. Esa afirmación tiene parte de verdad, pero debe matizarse. Lo que muchos europeos rechazan no es el cristianismo, sino un tipo de “cristiandad” pre-ilustrada, con su historia de violencias y guerras religiosas. Por eso, los que sienten (sentimos) la aportación de Jesús, tendremos que retomar el camino cristiano de Europa, en diálogo interior (en nuestros países e iglesias) y exterior (con las tradiciones religiosas e ilustradas del mundo), buscando la justicia, que es la comunión entre los hombres.

Vivimos sobre un mundo donde un tipo de globalización neo-capitalista corre el riesgo de imponer sobre todos los hombres y pueblos un modelo neo-capitalista de producción, mercado y disfrute de bienes al servicio de unos pocos, a costa de los pobres y excluidos, haciendo así imposible todo diálogo humano verdadero, toda comunión económica, en la línea del mensaje de Jesús. Tras dos mil años de cristianismo, corremos el riesgo de caer en manos de Mamón, el anti-Dios del que habló Jesús (Mt 6, 24) y, si caemos, los europeos dejaremos de ser lo que ha sido Europa.

Ciertamente, según los creyentes, Dios es Dios (pero encima de lo que hagamos), pero nosotros, en clave cristiana, sólo podemos descubrirle y recibir sus dones allí donde aprendemos a dialogar y a compartir el pan y las palabra, impidiendo que Mamón nos domine y determine, destruyéndonos al fin. Tras siglos de luchas religiosas, y amenazados ahora por un neo-capitalismo que puede esclavizarnos a todos, los europeos debemos abrir espacios de diálogo humano, religioso y económico, no sólo entre las confesiones cristianas, sino entre las religiones, desde un fondo cristiano, que es lo nuestro, es decir, en torno al pan compartido, que es el signo de Dios y su presencia, según el Evangelio (Mc 6, 30-44; 8, 1-10 par).

En esa línea, Europa sólo podrá encontrar su identidad y ofrecer su aportación al conjunto de los hombres, abriendo, desde su base racional y cristiana, pacíficamente, espacios de diálogo concreto, en libertad democrática, en respeto a las opciones de otros, en búsqueda intelectual y comunión económica. No se trata de imponer la unidad de las religiones (todas una), sino de buscar la unión (diálogo, colaboración) entre todos. Frente al relato de la Torre de Babel, que desemboca en la violencia de la dispersión envidiosa y de la guerra entre pueblos y religiones, ha situado la Biblia la experiencia de Pentecostés como signo de comunicación en la diversidad, partiendo del pan compartido .

Es bueno que haya diversas religiones y pueblos, para que puedan recibir y cultivar el espíritu múltiple de la vida, no en gesto de lucha, sino de comunión enriquecida, poniendo el pan (dinero) al servicio de los hombres, para que Europa pueda ser, desde su fondo cristiano, un lugar de búsqueda y despliegue de nueva humanidad. Los europeos somos “uno” siendo muchos pueblos, y para mantenernos hemos tenido que respetarnos y hablar, creando instituciones múltiples de pacto y comunión económica, social (y religiosa) donde quepan todos (sin expulsar a los pobres, como quiere en el fondo el neo-capitalismo). Sólo así, dialogando, podremos ser Europa:

‒ Diálogo implica humildad activa, renuncia a imponer mi verdad (mis ventajas), pero también valencia y aportación de la propia experiencia. La riqueza humana (cultural, religiosa, artística) es grande y no puede expresarse en una sola religión, en un solo pueblo. Somos como ciegos, que al tocar a un elefante en sus diversas partes (pata, vientre, trompa…) creemos hallarnos ante realidades distintas. Por eso, es bueno que dialoguemos, porque Dios (la vida) es grande y nadie logra comprenderla plenamente. Por eso no queremos que impere sobre nosotros un capital opaco, que nos aplasta a todos, sino que “reinemos todos”, es decir, seamos Reino de Dios, siendo todos distintos, como quiso Jesús de Nazaret, en quien Europa ha querido fundar su experiencia humana muchas veces.

‒ Diálogo implica policromía cultural y religiosa, porque lo divino es como una luz que en sí misma no tiene color, pero que se difracta y expande en un arco iris de colores (1 Jn 1, 5; cf. Jn 1, 4-5). Más que ciegos tocando a tientas un gran elefante, somos videntes gozosos, pero limitados, que sólo pueden observar una pequeña gama de color en la luz de lo divino. Así, los europeos de fondo cristiano hemos explorado unos valores especiales, propios de Dios y de la vida. Lógicamente, después de habernos extendido sobre el mundo, con nuestra ciencia y nuestra técnica militar, como conquistadores, debemos aprender a descubrir con otros ojos la anchura y amplitud del mundo, sin que nos ciegue el brillo del Capital, porque el pensamiento, el amor, el pan compartido son mucho más importantes que el puro dinero .

A partir de aquí puede entenderse mejor la tarea de Europa, tras siglos de división cristiana y de lucha de religiones. Ha llegado el momento de recrear la unión, pero en diversidad. Nuestro gran “capital” es que haya en Europa ortodoxos, católicos y protestantes, con sus formas distintas de entender el cristianismo; forma parte de nuestro capital la riqueza de la herencia judía (si superamos para siempre el riesgo del anti-semitismo); y la aportación del Islam, no sólo por fidelidad a la historia (presencia musulmana en España y en muchos países de Europa Oriental), sino por la riqueza de su presencia (hay en Europa docenas millones de hijos de emigrantes que quieren conservar el Islam), siempre que el Islam asuma una democracia básica y una libertad religiosa, sin imponer en un plano civil un tipo de “sharía” que no deriva de la experiencia originaria de Muhammad/Mahoma, sino de interpretaciones pasajeras, posteriores.

Europa se ha convertido en un parlamente práctico de religiones, sobre un suelo de tradición cristiana y de ilustración racional, con una gran secularización y abandono de lo religioso, que puede y debe ser principio de una evangelización distinta que no sea impositiva, que no sabemos cómo será, pero que puede ser principio de una nueva Europa, que no sea “unidad de destino en lo universal” (como era la España de algunos hace unos años), ni culminación de la “flecha de la idea” (como pudo querer Hegel), sino hogar abierto para los hijos de Dios de esa zona del mundo, y lugar donde se puede invitar y acoger a los de fuera.

No está todavía decidido lo que podrá ser Europa en el futuro, eso depende de nosotros. Pero sea aquello que queramos, sería necesario el diálogo, que permita recrear (de otra manera) los orígenes cristianos, en gesto mesiánico de tolerancia y justicia, de compromiso a favor de los pobres y de diálogo con las restantes religiones, en la línea del evangelio de Pablo (¡el primer europeo con mensaje teórico universal!), cuando dice a los cristianos de Corinto que ellos son muy distintos, y que eso es muy bueno, pero que deben gozar y poner su riqueza de carismas al servicio de todos.

Conclusiones

He venido presentando a Europa como espacio privilegiado de diálogo racional y religioso. No es el centro del mundo, pues conforme a nuestro esquema el mundo no tiene un centro sino muchos, pero ocupa un lugar importante entre los lugares humanos del mundo, pudiendo y debiendo aparecer como ejemplo significativo de diálogo racional y religioso. En ese contexto me atrevo a presentar unas sencillas conclusiones:

1. Somos griegos, siendo más que griegos. En el fondo de nuestra identidad está Sócrates, pero también los profetas de Israel. Venimos de los dioses griegos (y de nuestros dioses particulares, vascos, finlandeses o germanos), pero, sobre todo, del Dios sin imagen de la tradición judía. Sin la pasión griega por el razonamiento y la claridad no seríamos europeos; pero tampoco lo seríamos sin la experiencia de Jesús y la pasión de universalidad gratuita que ha destacado san Pablo.

2. Somos romanos y más que romanos. Sin el derecho y justicia de Roma no existiría Europa. Pero, en contra de Roma, no podemos ya buscar un nuevo imperio social y/o religioso sobre todo el mundo, sino dialogar con todos como hizo Jesús, en gesto abierto a los de dentro y de fuera, promoviendo la llegada del Reino de Dios, la nueva humanidad, en la línea de Francisco de Asís y Teresa de Jesús, Hildegarda de Bingen y Erasmo, Cervantes y Shakespeare, Juan de la Cruz y Goethe, defensores de la vida y de la libertad humana.

3. Somos múltiples y queremos serlo. Nos fascina un modelo de unidad religiosa antigua como la que buscaba el Papado del siglo XII y XIII, pero sin expulsiones, ni luchas, ni imposiciones… sin un centro y una periferia, sino con muchos centros, en una línea que a nuestro parecer responde a los caminos e ideales de Jesús de Nazaret, recreados a lo largo de una historia milenaria, con riesgos y defecciones, pero con grandes testigos de la verdad como F. Dostoiewsky y D. Bonhöffer, E. Hillesum y E. Stein.

4. Podemos (y debemos) ser cristianos, pero sin imponer nuestra fe, ni tomarlo como expresión de una ventaja sobre otras religiones. Si Europa quiere ser cristiana ha de serlo sin imponerlo en constituciones y decretos, sin que los no cristianos (judíos y musulmanes, budistas o agnósticos y no creyentes) se sientan discriminados. La identidad cristiana de Europa ha de entenderse como expresión de un diálogo abierto a todos los que no quieran excluir a los demás (como hicieron los nazis), a los que acepten la libertad y la democracia social y económica.

5, Europa no puede ya imponer unos límites, pues lo propio de su identidad ha sido la superación del carácter impositivo de la religión o de la sociedad. Europa ha de ser un lugar donde caben todos los que no expulsan a los “otros” de su seno (en contra de lo que hicieron los antiguos europeos expulsando a los judíos o creando inquisiciones contra los herejes). Pero, dicho eso, debemos añadir que no deben caben en Europa unos posibles islamistas que establecerían la “sharía” si triunfaran, ni un tipo de neo-capitalistas que condenan al hambre a los pobres.

6. ¿Un nuevo cristianismo europeo? No he querido destacar los momentos más negros del cristianismo europeo (conquistas y conversiones forzadas de paganos, inquisición y guerras religiosas, caza de brujas, antisemitismo y cruzadas...), sino los más positivos. Quizá en esa línea pueda surgir un nuevo brote cristiano en Europa, aunque es muy posible que sean otros países más pobres y creadores de futuro (en Asia, América o África) los que descubran el potencial aún latente del cristianismo. De manera convergente, pero inversa, es posible que sean los portadores de otras religiones (budistas, musulmanes) descubran en Europa el valor de sus propias tradiciones, en línea de libertad, pluralismo y compromiso a favor de los más pobres. No conocemos el futuro, pero Dios nos ha pedido que estemos vigilantes, y así queremos seguir (Mc 13, 33).