Viernes, 15 de diciembre de 2017

Justo ahora

Ahora que la pelota viaja cortada por encima de la red de la pista central del All England Tennis Club esperando ser golpeada con efecto liftado. A pocas semanas de que se ponga en juego la primera bola en el tee del hoyo 1 del Royal Troon Golf Club. Cuatro años después de habernos mostrado la evolución 3.0 del Londres olímpico con una exhibición de tecnología no exenta de nostalgia setentera. Cuando en la Premier ya no juegan once ingleses al fútbol como si fuera rugby, colgando el balón y avanzando yardas. Justo ahora que lo británico dejaba de oler a victoriano, sonar a Händel (sí, no me he equivocado) y saber a fish and chips, resulta que al Primer Ministro del más antiguo sistema parlamentario, y por ende representativo, del mundo, le da por organizar un referéndum en el que resulta vencedora la opción de salir por piernas y atrincherarse.

 

Abordo la cuestión del Brexit, seria y delicada, desde la óptica restringida del mundo del deporte. De ahí que deba remontarme a la tradición anglosajona del mismo, la que alterada por los mecanismos del marketing y el profesionalismo, observamos ahora en una versión más democrática y popular. Todo partió de la aristocracia terrateniente, de las manos muertas y ociosas que, aburridas, empezaron a contender entre sí con afán lúdico y, por supuesto, con una ulterior intención de seducir y conquistar a las damas. Lo empezaron haciendo en torneos y justas, también cazando. Evolucionaron con el polo y el cricket, muy popular en algunas colonias y, por supuesto, con el tenis y el golf. Y no se crean, aunque de origen más popular, tanto el rugby como el fútbol nacen a la vida jurídica toda vez que unos cuantos burgueses fundan las respectivas asociaciones, siendo la de fútbol, nacida en 1863, la más antigua registrada en el mundo.

 

Es decir, somos legatarios inintencionados de un modelo esencialmente británico de concebir el deporte al que luego, sus hijos, los estadounidenses, añadieron el concepto de espectáculo que lo hizo rentable al tiempo que accesible a las masas. Sin embargo, los ingleses fueron aceptando la globalización de los juegos y la pérdida de hegemonía mucho mejor de lo que lo han entendido en términos políticos. Porque si Wimbledon, en tenis, o el Open Británico, en golf, fueron en sus inicios campeonatos restringidos en los que siempre ganaban oriundos, la revolución de los transportes y de las comunicaciones ocasionó un aumento en la competitividad y el surgimiento de muchas figuras (Seve Ballesteros, Björn Borg, Tom Watson, Roger Federer,...) que los isleños adoptaron como suyas con la naturalidad con la que los leones cazan a las gacelas.

 

Y no, no me meto en política, porque no entiendo, pero lamento que justo ahora que comienza, y termina, el verano inglés, con sus abiertos de tenis y golf, con su papel central en el mundo del deporte, sea cuando se opte por cerrar fronteras y decir adiós a 43 años de convivencia pacífica y fecunda. Quiera el destino, y el sentido común, que las instalaciones del All England Lawn and Tennis Club no tengan que volver a utilizarse como refugio contra las bombas.