Sábado, 16 de diciembre de 2017

Del dolor al amor hay un paso

La injusticia no deja de serlo porque se la cambie de lugar, y esa debe ser la certeza para que la respuesta ante la indignidad sea contundente, con los Derechos Humanos como herramienta.

Hay que sentir el dolor desde lo justo, teniendo como base que por el simple hecho de nacer, somos seres iguales en dignidad.

Nicolás Riaño Jiménez. Activista de Derechos Humanos.

En el siglo XXI se ha llegado a un consenso relativamente universal en el que la protección de los derechos humanos es un objetivo de sentido común, y ningún país se negaría como regla general, al menos en el discurso, a ir en contra de dicha protección.

   Ante la esperanza de tener un indicador de certeza universal frente a la protección de los derechos humanos, habrá que preguntarse: ¿hoy, cuando los derechos humanos parecen universales, se han vaciado de contenido?

  En el año 2016 vemos cómo la violación sistemática de los derechos humanos es tristemente una realidad y en tiempos de tratados y convenios poco se ha podido hacer contra ella. Desde el año 2011 empezó la guerra civil en Siria y a día de hoy han muerto más de 200.000 personas y cerca de 10 millones han sido desplazadas; una situación en la que palabras como tristeza, desolación e impotencia, quedan cortas para retratar el drama que estas personas viven y que un profesor universitario sirio resumía en ‘’quiero poder volver a vivir como un ser humano’’. 

   La ayuda internacional, esa que debe reflejar que seguimos siendo humanos y que podemos sentir o al menos acercarnos al drama de nuestros semejantes, ha intentado tímidamente ponerse en marcha con la desoladora imagen de Aylan Kurdi ahogado porque a ambos lados de tierra firme le negaron el derecho más importante del ser humano, el derecho a vivir. En este conflicto inhumano hay miles de Aylan Kurdi que nadie recuerda y con los que nadie se solidariza. En Colombia, por ejemplo, asesinaron a Maricela Tombé, lideresa campesina y comunal en el Cauca, una región donde los derechos humanos parecen papel mojado; en Honduras, asesinaron a Berta Cáceres, lideresa de movimientos indígenas y campesinos. De Colombia a Honduras y de allí a los caminos de los refugiados, ¿estaremos hablando de los mismos derechos humanos que tienen los ciudadanos europeos?; sí, pero probablemente si estos mismos hechos hubiesen pasado en otro lugar o a una persona de otra nacionalidad las respuestas a esas violaciones hubiesen sido distintas.

    Al final del día tenemos dos imágenes: la primera, en la que hay una gran solidaridad y un pequeño impulso para tomar acciones frente a las escandalosas violaciones de derechos humanos, en la que encontramos a víctimas como Aylan o Jean Cabut (caricaturista de Charlie Hebdo), que son imágenes que construyen reivindicaciones, solidaridad y movimiento; y la segunda, la que tristemente se replica más, la de los cientos de muertos buscando la dignidad que les quitó el Medio Oriente y que ahogó Europa, o la de Maricela Tombé, que quedan en el recuerdo como un incidente más.

   A modo de conclusión podríamos decir que no, que los derechos humanos no se han ido vaciando de contenido, pero sí que hace falta conocer las cosas para que estas duelan; pues cuando conocemos algo que nos conmueve y nos duele como seres humanos, tendremos la motivación de hacer algo para lograr un cambio, y esa motivación nos da un poder colectivo para realizarlo y convertir el dolor en solidaridad y en una expresión de amor. Hay que sentir el dolor desde lo justo, teniendo como base que por el simple hecho de nacer, somos seres iguales en dignidad, y así comenzar a deconstruir ideas donde hay un relato en el que las violaciones de derechos humanos se normalizan si estas ocurren en lugares como Siria, Somalia, Colombia u Honduras. La injusticia no deja de serlo porque se la cambie de lugar, y esa debe ser la certeza para que la respuesta ante la indignidad sea contundente, y como herramienta tenemos los derechos humanos.