Martes, 12 de diciembre de 2017

No estamos locos… / 1

El jueves estaba prevista la presentación en una de nuestras librerías de referencia la novela gráfica Aquí vivió. Historia de un desahucio, de Isaac Rosa y Cristina Bueno. El encuentro, que contaba con la presencia de uno de sus autores, Isaac Rosa, se ha aplazado, pero la obra (milagros de la edición) la tenemos a nuestra disposición en nuestras bibliotecas y librerías de proximidad.

Es verdad que en esto de las presentaciones, el acercamiento y lectura de la obra suele ser consecuencia de escuchar al autor cuando nos habla de ella, pero en este caso, nada nos impide alterar el orden de los factores: leer previamente la publicación para poder conversar después sobre el asunto que afronta (¿qué ocurre cuando pierdes tu casa?) con el autor, los organizadores y asistentes, creo que en el próximo otoño, en un contexto social y político que esperamos y queremos que comience a ser diferente.

A día de hoy, la herida sigue sangrando, cebándose con muchos conciudadanos, salvo en heroicas excepciones  a cargo de algunos municipios, y gracias como siempre a la actitud decidida, cuando no épica, de las Plataformas Stop desahucio PAH.

Como seguimos en tiempo electoral, y a muchos nos sigue pareciendo una necesidad y exigencia imprescindibles que se conozcan las líneas de actuación que pretende llevar a cabo los partidos en liza democrática sobre éste y otros improrrogables asuntos: la pérdida también en la atención a la salud, las condiciones de trabajo, la educación y las herramientas culturales, en las ayudas de los dependientes… ; vamos, las constantes vitales que nos permitan  comprobar que nuestra sociedad posee pálpito democrático.

Quiero recordar con ustedes un texto sobre esta lacerante herida de los desahucios, pero hacerlo con otra mirada que también vemos recogida en Aquí vivió. Para ello, me acojo y comparto con ustedes a las certeras líneas de un hermoso libro que vuelvo a recomendarles, La poética del espacio, de Gaston Bachelard:

Porque la casa es nuestro rincón del mundo. Es –se ha dicho con frecuencia- nuestro primer universo. Es realmente un cosmos. Un cosmos en toda la acepción del término. Vista íntimamente, la vivienda humilde ¿no es la más bella?

En esas condiciones, si nos preguntaran cuál es el beneficio más precioso de la casa, diríamos: la casa alberga el ensueño, la casa protege al soñador, la casa nos permite soñar en paz. No son únicamente los pensamientos y las experiencias los que sancionan los valores humanos. Al ensueño le pertenecen valores que marcan al hombre en profundidad.

¿Y qué ocurre cuando a la gente le roban este sueño del que nos habla el filósofo francés?

La primera acepción del diccionario de la RAE sobre este pavoroso verbo, DESAHUCIAR, lo define sin resquicios posibles para la duda: Quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea.

Si me lo permiten y en esta línea, les voy a referir una anécdota que seguramente les resultará familiar.

Hablando con un conocido con el que mantengo bastante cercanía, deduje por lo que me contó, que se encontraba en un estado de preocupante fragilidad emocional. Los motivos desencadenantes de esa inestabilidad parecían tener que ver con una serie de problemas domésticos que se habían ido concatenando en un periodo relativamente corto de tiempo: una avería en el coche, otra en la calefacción, después en el agua caliente y, para terminar, una rotura en el lavaplatos.

En circunstancias que podríamos calificar de normales, todo se hubiera quedado en un mero cabreo, y el que me lo contara, el natural desfogue de quien busca de nuevo el equilibrio hablando de ello. Pero no era el caso, su situación personal sigue pasando por momentos difíciles, como las de muchos otros compatriotas que no ven la luz al final del túnel porque éste se encuentra cegado, aunque al fondo y de momento sigan pintado una falsa salida.

Pero lo que llamó mi atención cuando me puse a pensar sobre ello era que, teniendo en cuenta la gravedad de su situación, lo que de verdad le exasperaba en esos momentos eran los pequeños problemas del día a día que todos sufrimos alguna vez. Y que, aunque es cierto que nos enojan, en general, nunca nos abruman hasta niveles cercanos a la desesperación, como era el caso de mi amigo.

¿Qué le ocurría? ¿Sería su naturaleza hipersensible, ignorada hasta entonces para mí?

Creo conocerlo y no se trataba de eso. Siempre lo he visto como una persona normal con capacidad media (como la mayoría de todos nosotros) para resolver estas adversidades sin mayores problemas.

Entonces, ¿qué le estaba pasando?

En nuestro país, una gran mayoría de ciudadanos descubrimos desconcertados, hace ya demasiado tiempo, que un porcentaje nada desdeñable de conciudadanos perdían sus casas por no poder hacer frente al pago de sus hipotecas, debido, fundamentalmente, a la pérdida de su trabajo. Pero lo que nos ha llevado al grado máximo de estupefacción, ha sido percatarnos  de que además de quedarse sin su vivienda, han tenido que seguir asumiendo el pago del préstamo, sin que la entrega de la casa al banco para saldar la deuda fuera suficiente. Aunque a estas alturas seamos conscientes de esta canallada nos sigue pareciendo incompresible que ocurra, ¿no es cierto?

Recuerdo que cuando todo esto se empezó a hacerse público , gracias al esfuerzo tenaz y nunca suficientemente reconocido de las PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca), que denunciaban “parando con su presencia constante” estos atropellos, estos inaceptables desahucios, mis suegros, ciudadanos franceses, me comentaban que aquello no era posible, que sin duda me equivocaba, que en su país, miembro de la UE como el nuestro, esas cosas no estaban permitidas por la ley: se referían a la “obligación” de seguir pagando aunque la casa ya no perteneciera a sus dueños.

Esta digresión no sólo pretende recordar uno de los hechos más flagrantemente dolorosos e injustos que ocurren en nuestro país, que ha supuesto, junto con otros, como hemos comentado en los párrafos anteriores,  el comienzo de toma de conciencia por parte de muchos de nosotros de los ataques frontales que estamos sufriendo en contra del estado social de derecho, el del bienestar que llamaban otros, o “medioestar”, habría que decir por lo que nos están haciendo.

Las imágenes pertenecen a la novela gráfica citada y su autora es Cristina Bueno.

Rafael Muñoz