Sábado, 16 de diciembre de 2017

Campaña en Minnesota

Agua y árboles. El Medio Oeste alcanza sus extremaduras, las llanuras dejan de ser praderas y se pueblan de altas coníferas y de miles de lagos de todos los tamaños. Las ciudades siguen siendo inexistentes. Sí, aquí una ristra de enormes centros comerciales, una sucesión de autovías, y dispersas montones de casas unifamiliares de todas las categorías. Allí la catedral, aquí el capitolio. Al otro lado del Mississipi la Facultad de Derecho de la Universidad de Minnesota. Alguna calle con restaurantes, igual a tantas miles de calles de este país continental, y ni se adivina el límite urbano en las decenas de millas que se recorren.

El verano ha llegado rotundo. Caliente y húmedo. Todo está tan verde como la alta sabana bogotana, pero los fríos han sido más duros. Aquí las estaciones son dramáticas y se ha pasado de congelar el agua hirviendo en décimas de segundo a coger insolaciones mediterráneas a la orilla de ríos de aguas limpias, pero turbias, de suciedad orgánica y pura. Repletos de lanchas que aprovechan los inicios del verano.

Todo es cercano. Los vecinos saludan como si te conocieran de toda la vida. Las casas se dejan abiertas. Hay aquí una clara influencia del paraíso escandinavo. No en vano estamos en tierra de vikingos y descendientes de leñadores. Una extraordinaria mezcla de ingenuidad apacible, de informalidad elemental y de aparente paz social. Aunque le cuentan a uno que la sociedad es desigual, que hay gente con necesidades y en los supermercados se venden armas a precios bien asequibles, rifles con miras telescópicas supuestamente para abatir osos y renos, salvo cuando se le vaya la mano a algún tarado y la emprenda con el lugar masivo que más rabia le da.

En esta tierra de grandes fríos y no menores calores ni convence Hillary ni hacen gracia los insultos a la inteligencia de Trump. Estamos en la tierra de Walter Mondale, Vicepresidente de los Estados Unidos con Jimmy Carter. El nacionalismo estadounidense parece llevarse con sana moderación y el año electoral se nota poco. Se desconfía del establishment de políticos de carrera que tienen su torre de marfil en la capital, en Distrito de Columbia. ¿Le suena de algo este sentimiento? Aquí, ni gustan las sagas familiares, ni las aventuras populistas y racistas de un millonario extravagante y con el gusto atrofiado por los puñados de dólares.

Ah, que estamos de campaña también en España...  Pues ahora caigo en que sí. Ahora recuerdo que nos tomaron el pelo ya, cuando hace unos meses nos convocaron a las elecciones y luego los elegidos no fueron capaces de llegar a acuerdos ni en lo elemental. Y eso que dicen que quieren cambiar la Constitución. ¿Con qué mimbres? ¿Han oído hablar de qué es eso de negociar? ¿Recuerdan que se le acerca mucho el verbo “ceder”? ¿Piensan seguir mareando mucho tiempo la perdiz? Nos dicen que no, que esta vez es la buena.

¿Alguien ha dicho esta vez, por cierto, la bobada esa de que el pueblo nunca se equivoca? Creo que no, porque nos vinieron a decir bien a las claras, por los intereses espurios que fueran, que no nos querían hacer ni caso, que siguiéramos votando hasta que acertáramos. En definitiva, lo que les quiero decir es que se vive con mucho mejor ánimo esta nueva y supuestamente ligera campaña habiendo puesto kilómetros de por medio, desde la ahora verdísima Minnesota.