Viernes, 15 de diciembre de 2017

La mirada abierta

Una red de mirada
mantiene unido al mundo,
no le deja caerse.

Roberto Juarroz

Mundo raro. La belleza reagrupando sus efectivos, lista para atacar > Angelina Delgado Librero

Esta persona, a la que hace tiempo que no tengo delante pero si veo de vez en cuando, se encamina quizá hacia su trabajo. Su mirada, que siento casi siempre atenta, se detiene ante un rincón de la calle cargado de significantes. Los recoge con su cámara y los comparte: es la fotografía con la que se abre este texto; gracias a ella se ha tejido lo que ahora escribo.

Un entramado de miradas sostiene al mundo, escribía uno de los poetas que mejor supo mirar los afueras  junto a los adentros del ser humano, para acercárnoslos con inefables palabras (insisto: ¿para cuándo la reedición de su Poesía Vertical completa?).

De la últimas y sutiles miradas hacia afuera que recuerdo, pienso ahora en la secuencia de la hija del protagonista de American Beauty, la cinta que dirigió Sam Mendes en 1999, cuando contempla enajenada el vídeo que ha filmado su amigo, donde un saco de plástico, mecido por lo que parece un viento otoñal, nos muestra la fragilidad con la que se sienten íntimamente identificados.

Quieres ver lo más bonito que he grabado en mi vida, le pregunta el joven.  Era uno de esos días en que está a punto de nevar y el aire está cargado de electricidad. Casi puedes oírla, ¿verdad? Y esa bolsa estaba bailando conmigo, como un niño queriendo jugar. […] Es el día en que descubrí que existe vida bajo las cosas.

La chica vuelve su mirada hacia él, entre sorprendida y admirada, y en ese momento parece descubrir a otra persona en su vecino. Quizá la recuerden con tanta intensidad como yo, pero si no fuera de este modo, aquí la pueden ver de nuevo.

Recuerdo que la escena me llevó de inmediato a un texto que revoloteaba sin querer fijarse, como esa bolsa perdida que filmaba nuestro personaje. Pertenece a un texto, La poética del espacio, de Gaston Bachelard, del que ya me han oído hablar y que vuelvo a recomendarles.

Todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa. La imaginación trabaja en ese sentido cuando el hombre ha encontrado el mejor albergue. […]

Todos los espacios de nuestras soledades pasadas son en nosotros imborrables. En el mismo ensueño diurno el recuerdo de las soledades estrechas, simples, reducidas, son experiencias del espacio reconfortante, de un espacio que no desea extenderse, pero que quisiera sobre todo estar todavía poseído.

Con este caso de miradas donde los adentros los afueras se conjugan a la perfección, compruebo al mismo tiempo que el proceso de creación no sólo pertenece a los artistas geniales, sino que está dentro de cada uno de nosotros y busca el momento y el cauce para expresarse.

Hace también algunas semanas, una amiga colgó en Facebook  una secuencia de un film, Angel-A (2005), de Luc Besson que, además de dejarme arrebatado, me sirve ahora para trasladarles un ejemplo de los adentros sacados hacia los afueras.

La escena recoge la conversación entre una mujer alta, rubia y estilizada, que insiste en mostrar a su interlocutor, un hombre de baja estatura y piel oscura, la necesidad de quererse a sí mismo para empezar a querer a los otros.

Los dos conversan sentados en las escalinatas de Sacré Coeur, en Montmartre. La mujer, ante la falta de autoestima de su amigo, lo arrastra literalmente hasta unos cercanos baños públicos y, frente a su imagen, le pregunta con amorosa exigencia: –Mira en el espejo, ¿qué ves? –Veo… una chica maravillosa. –Gracias, y al lado de ella ¿qué ves? –No lo sé. –Muy bien, estás progresando. –¿Tú crees? –Sí, antes veías sólo basura, ahora no ves nada. […] Ahora necesitamos llenar ese vacío con algo. Mira bien. Delante de ti. ¿No hay nada que te interese de esta bonita cara?

El diálogo frente al espejo continúa, obligando a André a responderse ante la insistencia, quizá mayéutica, de Angela. Sigan ustedes, y comprueben el sorprendente y maravilloso resultado.

Esa mirada, que rebota contra el espejo, pasando de los adentros a los afueras, para volver después, más límpida y nítida, hasta lo más profunda encarnadura del personaje, me lleva a una última, que me dejo literalmente pegado a la butaca del cine, rompiendo las coordenadas de espacio y tiempo.

Se trata de una mirada hacia atrás, o hasta muy dentro, no sabría decirlo con seguridad. Quienes quizá me lean, habrán de reconocerla porque ya la he escrito sobre el papel virtual en varias ocasiones.

La secuencia se desarrolla entre dos personajes; uno de ellos invita al otro a buscar la mirada profunda de la infancia y reconocerse en ella. Les hablo de Arrebato (1980), película de Iván Zulueta

No vean en ella una mera concesión a la nostalgia; en mi caso, y uno no es muy diferente del resto de su congéneres,  actúa como una suerte de mirada desde atrás para espolear al magín y que éste nos lleve hacia delante. Para que se entienda mejor, traigo de nuevo a estas líneas a Bachelard: el espacio (en este caso el que ocupa en nosotros la pantalla) llama a la acción, y antes de la acción la imaginación trabaja.

Eso sí, conviene no olvidar que las miradas son cambiantes, como las sombras, por ese motivo quizá nos convenga también sostenerlas. Para ello, nada mejor que mirarlas, mirarnos en ellas, como ocurre en este vídeo, claro ejemplo de que, como escribía Juarroz las miradas son el entramado que sostiene al mundo.

Rafael Muñoz