Martes, 12 de diciembre de 2017

Aprendiendo

   Me rompí el ligamento cruzado de la rodilla derecha hace ya tantos años que ni sé. Pero a pesar del destrozo que me hice (al menos fue de corto, en un partido, y no bajando una escalera) he seguido jugando durante todos estos incontables años protegido por rodilleras prácticamente ortopédicas. Recientemente sin embargo mi rodilla dijo basta y he tenido que dejar la (casta) pasión del baloncesto. Y no sólo eso sino que de resultas de vivirla tantos años hay actividades que ya no podré hacer. Una de ellas es correr. Uf, en esta época de correcolaris enamorados del maratón. No llegaré a ser un Murakami, ese sempiterno candidato al Nobel y corredor confeso.

   Al notar esa carencia locomotriz me entró la inquietud. Córcholis, pensé, ya no podré salir huyendo si me vienen a dar el palo. Lo que son las cosas, no pensé ya no podré ayudar a alguien que va a ser atropellado, no. Pensé en mi seguridad. Pero en fin, superado ese bochornoso bache me dije, pues si viene alguien con malas intenciones en lugar de huir me daré la vuelta y le plantaré cara, que sea lo que Dios quiera. Y de pronto me sentí lleno de orgullo, y me pregunté cuantas veces habré corrido para escapar de algo en lugar de enfrentarlo, cuántas oportunidades habré dejado pasar por timorato, por miedoso. En contra de lo que me habría imaginado no poder correr me había favorecido. Y eso que ya sabía que plantar cara y no huir es la única manera de defenderse con dignidad de los abusones en el colegio. Pero, claro, cuando el miedo está dentro ni toda la musculatura del mundo te convierte en valiente como bien nos mostró el hermano de Léolo esa película que si no han visto ya están corriendo al videoclub digo a youtube.

   Pensé luego que esa decisión, bien que obligada por mi estado físico, podía extenderla a otras situaciones de la vida. A casi todas: en vez de salir corriendo por miedo a algo, mejor enfrentarlo y, quizá, poder con ello. En lugar de preocuparme por los problemas, ocuparme de ellos. La sensación de orgullo vuelve a veces a embargarme. Y creo que desde entonces he mejorado un montón. También en eso que llaman asertividad. Gracias a un ligamento roto.

   Que conste que algo así ya decía William James, un psicólogo pionero que vivió en el siglo XIX y de quien todos suponemos la influencia mutua que tuvo con su hermano, el escritor Henry James y su extraordinaria perspicacia para describir los caracteres humanos. En una interesante interpretación de la emoción de miedo desafió (creo recordar de mis años de facultad, a ver si me lo voy a estar inventando) la creencia aceptada de que al toparnos con un oso nos asustamos y salimos corriendo. Sostenía que la secuencia era de otra manera, que al toparnos con un oso echamos a correr por cuestiones racionales y luego nos entra el miedo que así explica ante nosotros mismos el hecho de estar huyendo. La conducta precede a la emoción. Muchas veces he usado esta metáfora con alumnos (así como la de la profecía autocumplida cuando suspenden las asignaturas que no les gustan o a las que cogen miedo). No sé si será verdad, pero funciona.