Lunes, 11 de diciembre de 2017

La remembranza del pecio o el riesgo letal

Presentación del poemario de Ángel Pablo Ferreira por Antonio Sánchez Zamarreño
Presentación del poemario de Ángel Pablo Ferreira. Fotos: Eduardo Moreno

Intervención de Antonio Sánchez Zamarreño durante la presentación de ‘La remembranza del pecio’, de Ángel Pablo Ferreira:

He aquí un poemario polémico. Polémico, como toda aquella escritura que renuncia, de entrada, a ser soporte de un discurso convencional, esto es, a decir, ordenada e inteligiblemente, al poeta. Y es el caso que Ángel Pablo Ferreira no parece querer decirse, al menos frontalmente y desde las pautas que hemos venido postulando los poetas para volcar nuestro yo frente a los otros: unos otros que esperan ahí, pasivamente, esas confidencias previsibles y puestas al alcance de su competencia por los raíles eternos y siempre equidistantes de la gramática y de la lógica. Pues bien: esto no ocurre en La remembranza del pecio, el libro que hoy presentamos. En él, se ha elegido un camino muy diferente, transitado ya por todas las vanguardias: poner el acento no en el contenido, sino en el puro decir.

En consecuencia, no importa ya lo que el poeta sea o venga de ser, sino que la única existencia legítima corresponde, por derecho, a la lengua. A una lengua, claro está, cuyas estructuras formales han sido demolidas y que, por tanto, opera siempre al margen de convenciones y de diccionarios. Cada poeta que ha transitado por esas intemperies y, desde luego, también  ahora el poeta Ángel Pablo Ferreira, ha aceptado un riesgo letal: hacerse exiliado del idioma común y quedarse, sin remedio, con un solo lector verdaderamente competente: él mismo. Para todos los demás su escritura es sólo un territorio hermético, como si, en el atrio, hubiera fijado su artífice un cartel que dijera: “queda prohibida aquí el uso de toda aquella lengua que tenga más de un día o que cuente con más de un hablante”. Y por supuesto que, con la demolición de aquellas lenguas viejas, viene demolida también una forma de ver el mundo.

Y cabe preguntarse: una poesía que prodiga obstáculos  a la comunicación ordinaria y que se define como ruina de categorías gramaticales y lógicas, una poesía que pone tan al límite a sus supuestos lectores, ¿qué sentido tiene? Antes de juzgar definitivamente el libro que nos ocupa, es de recibo hacer algunas consideraciones. La primera-y pido disculpas por la impertinencia-se refiere a mí mismo. Como es de dominio público, ni en mi juventud ni después, me he atrevido yo, como poeta, a llegar tan lejos como ha llegado Ángel Pablo en este su primer libro. Los condicionamientos de mi época-que estimó la poesía por sus valores comunicativos y éticos- y la formación clásica recibida constituyeron factores disuasorios en ese sentido. También, sin duda, esa notable cobardía de quien no quiso nunca perder los lectores que pudieran serle adictos con audacias para las que no estaban los tiempos. Me confieso, pues, un poeta de corte clásico, lleno de inseguridades e incapaz de atentar contra la ortodoxia de una lengua que recibí como legado intocable. Hoy comprendo que esa actitud me ha atado las manos y que, si volviera a ser joven y el tiempo de esa juventud fuera otro, también yo retorcería el idioma, lo llevaría hasta el límite de sí mismo y, acaso, empuñaría sañudamente la maza de su demolición.

Por supuesto, nunca tendré ya oportunidad de demostrarlo y, a estas alturas, sólo me queda atenerme al dicho: lo escrito, escrito está. Ahora bien: otra cosa muy distinta es defender teóricamente-y hasta defenderla con entusiasmo-la actitud experimentalista de las vanguardias. Yo quiero hacerlo aquí respecto a “La remembranza del pecio” y lo haré recordando que toda novedad-especialmente si atenta contra la normativa lingüística y contra los dictados de la lógica- ha sido siempre mal recibida. Y, sin embargo, ya distanciados de aquellas vanguardias que escandalizaron a nuestros bisabuelos, podemos afirmar que, gracias a ellas, la poesía dio un giro copernicano. Sin aquellos golpes de audacia, estaríamos hoy a años luz de una escritura que ha sido capaz de liberarse de su propio corsé academicista para hacerse lo que es: jovencísimo flujo que baja hasta nosotros sin otro dueño que su propio albedrío. Por encima de toda convención, de toda sintaxis, de toda preceptiva, el poeta se debe a un solo compromiso: el de su palabra redimida de tutelas paternalistas como si aún fuera menor de edad. Eso es lo que tienen los desbordamientos de los ríos y de las vanguardias: que, vueltos a su curso, dejan luego, durante décadas, fertilizadas las orillas con aquel limo bienhechor.

Y volviendo ya a Ángel Pablo Ferreira, cabe decir que, como los más lúcidos vanguardistas de todos los tiempos, sabe bien lo que quiere y cuál es el sentido de su renuncia a una poesía menos arriesgada. No me atrevería a afirmarlo dogmáticamente, pero creo que su libro es generoso en eso que llamamos dimensión metapoética, esto es, en pasajes donde la poesía se ilumina a sí misma, dándose un sentido y trazándose un rumbo. Así, entre muchos, selecciono esta consigna  poética que me ha parecido fascinante: pide el poeta, nada menos, que “abolir el grito romo de espesura ya gritada”. En efecto, es ese grito vulgar, que transita cansinamente sobre lo ya gritado mil veces, lo que le impulsa a la demolición de unas directrices verbales que se han quedado apolilladas. Y la urgencia de descubrir otros procedimientos expresivos pudiera estar reflejada, me parece, en el trasfondo de la que tengo por metáfora madre del libro: una navegación polisémica que, al margen de su sentido existencialista, hablaría  (nótese el vocablo “carabelas”), hablaría, digo, del descubrimiento de ese nuevo mundo virgen. Leo: “Carabelas eternamente viejas, raídas velas/ siempre avistando nuevas tierras”.

Si  mi sospecha es exacta, resultaría, por tanto, que esas carabelas eternamente viejas, que esas velas raídas corresponderían a un lenguaje que ha perdido el esplendor primigenio. ¿Cómo arribar así a nuevos mundos? Sencillamente, arrumbando los materiales inservibles y construyendo con ellos un idioma más joven y más ágil que sea capaz de despertar en las cosas sus energías olvidadas. Y creo que este es el objetivo que alumbra  a nuestro Ángel Pablo. Basta leer un par de páginas suyas para comprender que estamos accediendo a una lengua en ruinas. De la sintaxis a la ortografía, todo se tambalea en este libro: sujeto y verbo, sustantivo y adjetivo se aparean arbitrariamente; los nexos no ligan una parte con otra, sino que las descoyuntan  a todas; el artículo aparece y desaparece a voluntad; las palabras, contra natura,  se escoltan unas a otras rebeldes a la tiranía de los gramáticos; la ortografía semeja un paisaje después de la batalla. Naturalmente, esta forma de escribir hace compleja la lectura y, en el mejor de los casos, desazona al lector cuando comprende que lo que se le pide es, exactamente, que se vuelva del revés: que renuncie a su lógica y a las competencias que, tras muchas horas frente a los libros, creía haber conseguido. Y quien, pese a todos los obstáculos, persevere en su propósito de llegar al final, ¿encontrará recompensa? Si tengo que hablar por mí mismo, diré que la he encontrado, pues soy de los que creo que la ruina es otra forma de arquitectura y que, como tal, reclama una emoción, acaso-por desoladora- más intensa que el edificio que se mantuvo en pie.

Puedo precisar esta idea mediante la alegoría arquitectónica que acabo de urdir; desde ella, me pregunto: ¿es que no puede leerse un edificio en ruinas? ; los fragmentos esparcidos por el solar, ¿no pueden darnos todo tipo de indicios respecto a la existencia de sus antiguos moradores? He allí un viejo escritorio arrumbado, una funda de gafas, un libro sin cubiertas, un abrecartas orlado de orín, un pedazo de Cristo roto, la cabellera de una muñeca arrancada por la intemperie, una fotografía con dedicatoria, un resto de cerámica, la jaula de un jilguero. Es indudable que todos estos objetos, ennoblecidos y espesados por la melancolía, dicen tanto de esa casa como cuando la casa estaba viva. Así sucede con el libro de Ferreira. El buen lector detectará en él, descontextualizados y fragmentados, pero vívidos, cientos de retazos de una mitología,  de una cosmogonía, de una simbología, de una antropología y de una teofanía por las que hemos transitado durante milenios. Los misterios del ser, lo sombrío y lo luminoso del hombre, lo abisal de la nada, la fascinación de los mundos oníricos, la inocencia derruida, la enfermedad de lo infinito, los terrores irracionales que estremecen nuestros genes y, en suma, lo que el propio Ángel Pablo llama una vez la “oscura fundación de los misterios” : todo está, confuso, deconstruido, tumultuosamente amontonado en estas páginas, con pasajes que suenan así:

                                              Respiro sediento, mi lengua busca el cielo

                                              ¿Quién vació esta tierra para que la sangre  creciera en sus

                                                                                                                              entrañas?

                                               Amantes atraídos por la certeza no del Averno

                                               Lo eterno detenido eternamente

                                               Frente al instante último, invencible y desproporcionada finitud

                                              Insoslayable cada ameno compás del pulmón, la realidad irreductible

                                             Cantan los hombres que sufren en mí siendo niños

                                           Su conciencia llama a todas las puertas, cada abandono de las infancias

                                           Con la violencia del nacimiento desafiante

                                           Una y otra vez repetido

                                            Su llanto de recién muerto recién vivo

                                            Lo ha de palpar la mano decidida

                                            Que a través del vientre se abre camino

 También toda nuestra  literatura palpita aquí, pues veo una sutilísima utilización de la intertextualidad que remite, pongo por caso, y sin hablar ya de lo bíblico y de lo homérico, a Agustín de Hipona, a san Juan de la Cruz, a César Vallejo, al Alberti y al Lorca del surrealismo, a nuestros grandes barrocos, como Góngora (a quien corresponde, en parte, la respiración de esta escritura) Quevedo y Lope. Así, no creo que el segundo, es decir, don Francisco, hubiera tenido escrúpulos para firmar este verso abisal  y quevedesco hasta la raíz de “La remembranza del pecio”; cito: “pueril deserta un yo del soy que fuera”, que tanto recuerda otro suyo: “Soy un fui y un seré y un es cansado”. Ni  creo que Lope hubiera puesto objeciones-él, que escribió: “siempre mañana y nunca mañanamos”- a firmar este otro, también espléndido y también de Ángel Pablo: “siempre mañana cargado de mañanas”.

He querido decir todo esto para que se vea que el arrasamiento verbal y cultural que supone, a primera vista, este libro no viene de la mano de un bárbaro, pues bárbaro es el que llega de fuera para destruir lo que no conoce; quien destruye desde dentro, en cambio, es alguien que conoce y ama los entresijos de esa civilización que trocea. Tremenda paradoja, sí: arrasar con amor. ¿Y no será un simulacro literario de lo que, en efecto, empieza a suceder ya entre nosotros? Como si el poeta nos dijera: ahí tenéis el futuro. Vosotros aún reconoceréis en cualquier fragmento de ese espejo roto lo que habéis sido, lo que sois. Pero pronto llegarán los bárbaros y no habrá nada en el montón de ruinas que refleje su espíritu. Sería una lectura más: otra lectura inquietante de este libro.

En fin, vuelvo a dirigir mis palabras, las últimas de esta tarde, al audacísimo lector de Ángel Pablo Ferreira. Seas quien seas y entiendas lo que entiendas, no olvides nunca a lo largo de tu lectura, que la poesía, además de una función comunicativa, tiene, al menos, otras dos: una función catártica y apaciguadora del ánimo y una función mediadora entre el ser humano pensante y ese ámbito que excede lo racional: un ámbito oscuro que nadie podrá definir nunca con exactitud, pero que está siempre acechante detrás de la pared. Y estas dos funciones las cumple la poesía independientemente de sus rumores de fondo, esto es, de lo que lleguemos a entender allí. Recordad al Valle-Inclán de “Divinas palabras”: una sentencia evangélica en latín es capaz de calmar la tempestad lujuriosa de la multitud. ¿Qué podían entender aquellos campesinos? Nada, sin duda. Pero el temblor litúrgico, una especie de superstición aterradora ante una lengua que negocia con lo sagrado, los paraliza y los sosiega. Así es la poesía: un idioma que proyecta sus sombras más allá de lo razonable y que llega coronada por un halo de fascinación. Preguntaos aquí por qué Ángel Pablo Ferreira, que tantos elementos comunicativos arrasa, respeta, incluso tipográficamente, visualmente, la convención del verso o del versículo. Preguntaos por qué, con tanta frecuencia, apela a la rima, tanto asonante como consonante. Preguntaos el por qué de sus aliteraciones y de sus paronomasias. Sencillamente porque el poeta sabe lo que yo: que el abracadabra mágico está en estos recursos rítmicos y lúdicos de la lengua. ¿No hay canciones de corro que no tienen sentido, pero que hipnotizan a los niños? ¿No hay mantras ininteligibles? ¿Qué bebé descodifica una canción de cuna?  ¿No vivió maravillada mi abuela, allá en el pueblo, por conjuros, oraciones y exorcismos conmovedoramente inextricables? Y, sin embargo, ahí están sus poderes. Leed  también desde este punto de vista “La remembranza del pecio” y dejaos fascinar por su música, por la joven arbitrariedad de una lengua que tiene leyes propias, vaivenes y pulsiones que tiran de nosotros –como si, efectivamente, fuéramos pecios- hacia no sé qué sima.  ¿Qué vendrá después de este libro? Alguien diría: o César o nada. Yo apostaré siempre por César.

Fotos: Eduardo Moreno