Lunes, 18 de diciembre de 2017

Cien mil rayos

Una cifra y un fenómeno atmosférico. La medición de lo efímero acompañada, sin embargo, con la descarga electrostática de muy alto voltaje en la atmósfera. La quintaesencia de un suspiro que a veces arrostra destrucción. El temor ampliado cuando después le sigue el trueno. Chispas fulminantes anunciadoras del diluvio aunque en ocasiones la tormenta seca inhiba el aguacero. En Costa Rica dicen que en mayo de este año han contabilizado exactamente 143.500 rayos, el doble del promedio habitual para ese mes. Cosas del cambio climático, añaden. En ese país el festival pirotécnico sí que viene acompañado de lluvias copiosas contribuyendo, por otra parte, a diluir la ceniza del volcán Turrialba por lo que esta erupción no es noticia. La escena cotidiana no sorprende a los locales, pero es causa de infantil zozobra para el viajero.

 

El conocimiento científico requiere medir constantemente determinados aspectos de la realidad para poder comparar y así entenderla mejor. Construir mecanismos que ayuden a ello ha tenido siempre mucha importancia en su desarrollo. Lejos de todo avatar la imagen de un individuo solitario verificando el monótono acontecer de un determinado suceso; los procesos ya están tecnificados y la precisión de la medición es completa. Cuanto mayor número de veces se produce el fenómeno más certeza existe del rigor de su contabilidad. En mi supina ignorancia desconozco la forma en que la meteorología cuenta los rayos, pero no dudo cuando leo que cada segundo caen 44 rayos en el mundo. Es un eslabón más en la cadena de confección de big data. Un insumo cuantificado que desnuda cualquier atisbo de romanticismo.

 

En la amortización de tareas del ser humano conforme avanza la técnica la de contador de rayos es una por la que siento un peculiar desconsuelo. Quizá las viejas leyendas sobre este tipo de fenómenos tengan la culpa de mi zozobra, o posiblemente se deba al valor que doy a la destreza de quien no podría ni pestañear; de quien tendría que quedar ajeno a la belleza de las luminarias o a la congoja del fulgor que anticipa la catástrofe. Además, los relámpagos, que son el resplandor resultante de la descarga eléctrica, ocultan al rayo. Su elocuencia disimula el preciso diferencial de potencial eléctrico. Todo ello me produce el temor de que alguien pueda encontrar la forma de contar mis pensamientos, tan fugaces, tan caóticos y a veces tan destructivos como los rayos.