Martes, 12 de diciembre de 2017

Monólogos políticos

¿Cuándo nuestros políticos, dejaron de ser políticos? La verdad es que tengo serias dudas sobre si en alguna ocasión lo fueron. Al menos en el sentido más noble de la palabra. Es decir, persona que dedica sus esfuerzos y sus conocimientos en beneficio de los ciudadanos.

Ya sé que no es esta una definición exacta de lo podemos entender por político, pero es una aproximación de lo que yo pienso que debe ser un político.

Por lo que veo, oigo, leo… desde hace algún tiempo, años ya, no he visto, oído o leído de ninguno de los que quieren apoltronarse en los sillones de responsabilidad de gobierno de nuestro país, ya digo a ninguno, que nos hable de lo que él hará cuando lo ocupe, que lo diga de verdad, no como señuelo para cazar votos. Todos sus discursos, sus argumentos  giran en torno a lo mal que lo hace el otro, a lo sinvergüenzas, ladrones, corruptos… que son los demás. Todo lo que hace el otro es malo, por el mero hecho de no haberlo hecho yo. Lo que a mí, y a los míos, nos pasa, tiene justificación, son injurias, falsas acusaciones sin fundamento… pero lo del otro, por nimio que sea, es  merecedor del paredón al amanecer del día siguiente.

Hace pocos días, oí a un “político” soltando un mitin a sus correligionarios, porque esta es otra, los mítines se dan a los que ya están plenamente convencidos, y si ese mitin es uno de esos de los que se da a un reducido grupo de incondicionales, como era el caso, la elocuencia del político se dispara a niveles inusitados. Es de ver como los embobados escuchantes le prestaban plena atención, como rieron y aplaudieron sus gracias. A mí me daba la sensación de que estaba asistiendo a una sesión de “monólogos” de esos que tanto proliferan y que a mí, tanto me cuesta encontrar uno que tenga alguna chispa de gracia y algo de inteligencia, ya digo que son cosas mías,  no digo que no los haya. Bueno pues este, el del político, tenía su gracia, gracia que emanaba de los insultos y las descalificaciones que tenían por objetivo a sus contrincantes políticos, los cuales, como ya es sabido, son unos ineptos, corruptos, mentirosos, ladrones, incompetentes… Cuantos más insultos profería, más se reía el público asistente, que estallaba en atronadores aplausos, lo que hacía que el político en cuestión se fuera arriba y arreciara con sus graciosos despropósitos.

Al final del mitin la gente se marchó contenta, feliz, sonriente, ya digo, como si salieran de una sesión de monólogos. Los organizadores felicitaron al político y todos tan contentos. Los problemas reales ¿qué importaban? aquí hemos venido a pasárnoslo bien, a disfrutar y hay que ver qué político tenemos, ¡con este no hay quien pueda, menudo es! Tiene correa parta todos, a ver quién le aventaja…

Al finalizar el acto, le dije a uno de los asistentes y amigo, que hacía poco había asistido yo, a otro mitin de uno de la oposición y que venía a decir más o menos lo mismo que este, lo que me dejó bastante preocupado. Mi amigo se extrañó de mi preocupación y quiso saber el motivo. Mi preocupación, le dije, me viene, porque me malicio yo, que a lo peor, ambos tienen razón.