Lunes, 18 de diciembre de 2017

Cantar y alabar al Señor

Un día, un santo se detuvo en medio de nosotros. Mi madre lo vio en el patio, mientras hacía volteretas para divertir a los muchachos.

   “Ah, éste es verdaderamente un santo, me dijo. Vete donde él”

 El me puso una mano sobre la espalda y me preguntó: “ Mi estimado ¿qué quieres hacer?” “No lo sé”, le respondí. “¿Qué quieres que yo haga?” “No. Debes ser tú quien me diga qué cosa quisieras hacer”, “¡Oh! A mi me gusta jugar”. “Y entonces, ¿quieres jugar con el Señor?”

No supe que responder. Entonces el santo añadió: “Si tú logras jugar con el Señor, harás la cosa más bella que se pueda hacer. Todos toman a Dios totalmente en serio hasta el punto de hacerlo fastidioso…Juega con Dios, hijito, Es un compañero de juegos incomparable” (J. Rumi).

“Todos toman a Dios totalmente en serio hasta el punto de hacerlo fastidioso…”

  Cuando leí esta frase me vino a la mente la celebración de algunas misas o eucaristías. Muchos se aburren o se duermen soberanamente, porque los organizadores o actores se han tomado a “Dios demasiado en serio”, o mejor, demasiado a la ligera. Así no hay vida en la palabra, en los silencios, en los símbolos y en los cantos.

 La Misa es el Sacramento de la Pascua del Señor, es una confesión de la resurrección de Cristo. Toda misa, pues, debe ser una celebración gozosa. Donde hay gozo, hay canto, porque éste es la expresión natural del gozo. Los primeros cristianos “partían el pan con alegría” (Hch 2,46). Si alguno está alegre, entone un cántico” (St 5,13). Amonesta el Apóstol a los fieles que se reúnen esperando la venida del Señor, que canten todos juntos con salmos, himnos y cantos espirituales (Col 3.16). el cantar es propio del enamorado; y viene de tiempos antiguos el famoso proverbio: “Quien bien canta, dos veces ora” (San Agustín).

San Ambrosio, al escuchar la voz canora del pueblo, la parangonaba a la voz del mar, cuyo basto murmullo es como un eco de los cantos de la asamblea cristiana, al mismo tiempo que los fieles, al repetir los cánticos sagrados, parecen recordar el armonioso fragor de las olas. El cántico sagrado “es una bendición de todo el pueblo, alabanza de Dios, honor de la plebe santa, universal consenso…Detiene la aspereza, hace olvidar los afanes, olvidar la tristeza…Canta la voz para alegrarse, en tanto que la mente se adiestra en la profundización de la fe” (San Ambrosio).

   El canto nos ayuda a orar,  enriquece de mayor solemnidad los ritos sagrados. El canto es, pues, parte integral de la liturgia y nos sirve para que algunos ritos alcancen todo su sentido y plenitud.

 Los compositores cristianos deben sentirse llamados a cultivar la música sacra y a acrecentar su tesoro. Ellos tienen que componer para grandes coros, para coros modestos y fomentar la participación de los fieles. Se hace necesaria una gran motivación a las distintas comunidades para que los fieles lleguen a sentir la necesidad de cantar las partes que les corresponde.

Un día, se me acercó un cristiano después de misa y me dijo: “Para que una misa resulte viva y atrayente, se necesita cuidar dos cosas: la homilía y el la música”. No le faltaba razón al buen hombre, yo añadiría la principal: para que una misa resulte viva y comprometida, solo se necesita fe, todo lo demás ayuda mucho. La misa, la eucaristía, es entre otras cosas una acción de gracias, y cuando damos gracias a Dios lo podemos hacer alabándolo y con cantos.