Miércoles, 13 de diciembre de 2017

El hilo de la cometa

En el pasado capítulo de HISTORIAS INOLVIDABLES, escribía que: “Jamás he olvidado a mi amigo Costa…, una vez que bajamos a “HORNACINOS” arramplamos con unas cuantas hojas de tabaco ya seco que en el maravilloso lugar se cultivaba, luego en las canchales de la ladera, las machacamos con sendas piedras y nos hicimos un cigarro que a mí me supo nauseabundamente mal, tal vez por ello, jamás he fumado desde entonces… Costa tenía doce años de edad y yo ocho.

Hago un alto en este camino de los recuerdos y continuo con el trasplante del viejo olivo que vino desde El Cerro y que en principio planté entre dos hermosas tuyas que no la dejaban crecer. Por ello he decidido cambiarle de lugar, irá al centro de la Parcela donde pueda gozar en plenitud de todos los soles y vientos, que vea volar a los vencejos, a las cigüeñas y las chovas, que crezca en esta tierra de mies de la comarca peñarandina. Y también por propio egoísmo, pues quiero hacer posible el antiguo aforismo, según el cual. “La Naturaleza es más grande en lo pequeño”. Y ahora que por el imperativo de la edad la llama de la vida de brillante cobre se extingue en mi, cuando me llegue definitivamente la desarmonía corporal y cada parte y el todo de mi ser vuelva otra vez al lugar de donde salió, la madre tierra, me gustaría que mi espíritu quedase atrapado en la base y las ramas de este viejo olivo que acabo de trasplantar.

Pero si tuviera que continuar tirando del hilo de la cometa de mis recuerdos infantiles, tendría que mencionar a la señora Petra que era quien nos acogía en su casa cuando mi padre tenía que bajar semanalmente para hacer la visita a los enfermos en el anejo de El Cerro, Valdelamatanza. Recuerdo nítidamente que lo hacíamos, cuando se podía, a lomos de una briosa jaca, muy dócil, que un vecino de El Cerro el señor Pedro, nos prestaba puntualmente. La jaca era portadora de un gran serón de esparto, que para nosotros era de gran utilidad pues trascurría el año 42 y la precariedad era manifiesta. Así que a la vuelta hasta El Cerro, el serón estaba lleno de productos de aquella pródiga tierra, ya que dinero había muy poco. Aquellos frutos y viandas servían para que la familia del señor médico… pudiese subsistir.

Recuerdo aún con cariño y mucha nostalgia la habitación que la señora Petra habilitaba para nosotros, era una alcoba pequeña dentro de una estancia inmensa. En ella había una gran cama con un cobertor de trozos de telas de distintos colores,  a ambos lados sendas masillas antañonas. En ellas una lámpara de aceite de cobre y tres brazos (tal como la de Aladino y la lámpara maravillosa) y recuerdo aún con sensaciones infinitas que yo ¡no la frotaba esperando ilusiones! Pero si la apagaba para dormir… (pero esta es otra historia que contaré el próximo domingo, sí Dios quiere).

Anselmo SANTOS

Contador de historias humanas.