Lunes, 18 de diciembre de 2017

¡Yo quiero jueces como éste!

El otro día, casualmente, cayó en mis manos una larga entrevista con un juez, magistrado del Tribunal Supremo por más señas en su sala segunda, la temida, la que juzga a los aforados (dícese de políticos protegidos que no se enfrentan a la justicia ordinaria a la que nos sometemos el resto de los ciudadanos, pues ellos son distintos, más importantes, y los tiene que juzgar la sala segunda del Supremo: ya saben, de cosillas como la corrupción). Se llama Joaquín Giménez, fue, después de años en juzgados de pueblo, presidente de las Audiencias de San Sebastián y Bilbao, en los llamados años del plomo, con el terrorismo funcionando a tambor batiente y llevándose por delante a ciudadanos sin culpa alguna. Joaquín Giménez estuvo en el punto de mira de ETA y terminó por abandonar el País Vasco, cuando había sido un juez garantista y demócrata, pero esto qué le importaba a los terroristas.

Lleva casi veinte años en el Tribunal Supremo y le queda poco para jubilarse, pues tiene setenta años. Esto a mí siempre me ha sorprendido. Generalmente los magistrados del Supremo son juristas de fuste, al menos la mayoría, aunque siempre hay quien se cuela favorecido por el partido de turno representado en el Consejo General del Poder Judicial por persona interpuesta, aparentemente objetivo pero realmente próximo a algún partido. Pero mayoritariamente en el Supremo hay grandes magistrados que lo acreditan en sus sentencias que constituyen la jurisprudencia o interpretación de la ley, vinculante a nivel general. Por eso mismo, he admirado siempre que en Estados Unidos los magistrados de su Tribunal Supremo se jubilen sine die y hasta ancianos sigan ejerciendo magistralmente su oficio: porque un gran juez no se improvisa.

He leído y releído la entrevista con Joaquín Giménez y no me resisto a compartir con ustedes mis impresiones, propias de una joven abogada pero apasionada por su oficio, al que considera el más bonito del mundo. Leyendo, casi oyendo a Giménez, he sentido cómo se ratificaban gran parte de mis paradigmas jurídicos. Escúchenlo porque tiene miga la cosa, yo me limito a acotar sus opiniones en varios temas trascendentales.

1º/ “La justicia es el último baluarte del Estado democrático”. Y por eso aboga por su reforma, que considera “capital”. A veces no somos conscientes de ello: sin justicia no hay democracia porque no hay Estado de derecho, el voto es imprescindible, la división de poderes también, pero al final es requisito esencial una justicia independiente que las puede tener muy tiesas con los otros dos poderes. Los jueces no son esenciales, son imprescindibles.

2º/ “Tenemos imputados con medios para procurarse una buena defensa y otros que carecen de esa posibilidad. Debemos procurar que las buenas defensas no sean sinónimo de absolución asegurada. No es igual incurrir en la delincuencia desde la abundancia y la formación que desde la necesidad o la marginación”. O sea, no a dos clases de justicia, una para los ricos y otra para los pobres, que se ven abocados a la defensa de oficio, ejemplar muchas veces pero no siempre.

3º/ “Somos unos 5.000 jueces y 2.300 fiscales. Tenemos 10 jueces por cada 100.000 habitantes, cuando la media europea está en 15 o 16. La carencia de medios viene de lejos y seguimos esperando al pretendido pacto por la justicia”. Una justicia rápida y eficaz exige medios o, como me enseñaron cuando estudié Derecho Procesal, “justicia lenta no es justicia”. ¿Hasta cuándo nos engañarán diciendo quienes gobiernan, de cualquier signo, que van  a dotar de los medios necesarios a los juzgados, poniendo en primer lugar a su frente a los jueces imprescindibles, es que creen que somos idiotas o lo somos?

4º/ “La Sala Segunda es el oscuro objeto del deseo de toda la clase política porque es la competente para juzgar a las personas aforadas. El aforamiento es un privilegio injustificado”. Así de claro y explícito es este gran juez: todos los ciudadanos somos iguales ante la ley y por lo tanto deberíamos ser juzgados en las mismas condiciones, sin asomo de favoritismo, digo yo.

5º/ “Hay que saber escuchar. El juez que no tiene tiempo para escuchar no tiene tiempo para juzgar”. Que tomen buena nota los jueces con mando en plaza que ejercen autoritariamente su función: un buen juez siempre escucha. Sabiduría de  buen juez.

6º/ “La legitimidad de los vocales del Consejo General del Poder Judicial desapareció en el momento en que los posicionamientos de los vocales empezaron a coincidir con los de los partidos que les habían nombrado. Es un comportamiento que le deslegitima absolutamente. Cuando oigo que se alude al mérito y capacidad de los seleccionados…en fin”. Más claro imposible: nuestra justicia en sus escalones superiores está politizada, lo que la hace peligrar. Mientras los grandes partidos no quieran cambiar a quienes la gobiernan, hay un serio riesgo para la democracia, acoto yo.

7º/ “Importa que los jueces honrados también lo parezcan. La última reforma posibilita las puertas giratorias y permite volver a la carrera judicial a los que están en política. Creo que el juez debe ser libre de irse a la política, pero no de volver a administrar justicia”. ¿Lo permitirán alguna vez los grandes partidos, o a ellos les conviene que esta situación se perpetúe porque pueden sacar tajada?, me asalta la duda.

Lo afirmo rotundamente: yo quiero jueces como éste. Otro gallo le cantaría a nuestro país si este estilo de judicatura fuese el dominante y si las reformas que propugna constituyeran alguna vez la realidad. ¿Lo veremos algún día?

Marta FERREIRA