Lunes, 18 de diciembre de 2017

Lo peor de nosotros

Aunque ni hiciese falta, porque ciertas taras en este país son previsibles hasta la náusea, la reciente minireforma de la celebración (por así decirlo) del festejo (por así mentirlo) del llamado Toro de la Vega en Tordesillas, ha vuelto a destapar el más repulsivo gregarismo con el que habitualmente vienen a defenderse y apoyarse en España nuestras más notables aberraciones.

Que el ejército de críticos de la cosa de la tauromaquia que existe en este país no haya dicho ni pío ante la prohibición de matar públicamente a navajazos a un animal por enfervorecidas masas, revela que la defensa de la salvajada anual vallisoletana ha quedado ya sólo en manos de las hordas tordesillanas. Algo es algo. Que, además, la prohibición de esa parte del lamentable ceremonial septembrino la haya firmado el gobierno conservador de Castilla y León, defensor a ultranza de la torería y animador hasta de que sea impartida su enseñanza en centros públicos, subraya que a la salvaje crueldad de ese mal llamado torneo, ya ni el más rancio derechismo político se atreve a apoyar.

Cierto es que al no haber prohibido completamente la celebración del Toro de la Vega, que hubiese sido la más acertada decisión, las autoridades autonómicas (y todas las demás), han dejado demasiado abiertas las puertas a la transgresión accidental de la norma, o de simulada accidentalidad, a la desobediencia flagrante, a la tortura del animal por otros medios, entre los que ya figuran y se autorizan el hostigamiento y la persecución, el agotamiento inclemente, el maltrato y las mil y una formas de sufrimiento que para cualquier ser vivo significa el ser acosado por miles de fanáticos sin posibilidad de defensa, abrigo, huida o escape. El próximo septiembre tendremos la, seguramente lamentable, constatación. El mantenimiento de la autorización de la celebración del Toro de la Vega, aun con la expresa prohibición de su muerte, no termina en absoluto con la detestable imagen de país que transmitimos –a causa de este y otros tan salvajes festejos-, y en modo alguno significa avance alguno ni toma de conciencia o cambio de rumbo en cuanto a lo que los representantes de una sociedad han de realizar en pro del desarrollo cultural entendido en sus justos términos, y de los principios éticos que sustentan lo colectivo, así como del respeto a la ciudadanía, además de la todavía pendiente reflexión intelectual colectiva sobre las servidumbres en que se asienta lo que llamamos la propia identidad.

Lo más sangrante de todo este asunto del Toro de la Vega ha sido, como se ha dicho, la visualización explícita de una forma de gregarismo intolerante en ciertos grupos de defensores de la salvajada; la constatación empírica del bochornoso vaciamiento del raciocinio, del fanatismo colectivo en base a una costumbre festiva que despoja de honorabilidad a quien la realiza y que es, además, izada como defensa de La Cultura por quienes, evidentemente, ni saben qué significa ni seguramente se han acercado jamás ni a sus alrededores. Y también, la lamentable certeza de que, hoy el Toro de la Vega (que ojalá se prohíba totalmente lo mismo que las corridas y cualquier acto de maltrato) y mañana cualquier otra celebración de la barbarie gratuita o la bestialidad caprichosa, que en España abundan, pondrán de nuevo en evidencia la más flagrante estupidez colectiva, el gregarismo más burdo e inútil y la imagen, en definitiva, de una sociedad que trabaja, mucho más que para cualquier avance moral, en la defensa de lo peor de sí misma.