Lunes, 11 de diciembre de 2017

Querer demasiado

Usted dirá que no querer es malo y tal vez tenga razón. Pero uno no es capaz de afirmarlo con tanta rotundidad, aunque con ello hiciera caso omiso a los mismísimos evangelios. ¿Y no será buena también en ocasiones la mera indiferencia? ¿No es más práctico tener un callo centimétrico y que te resbalen las cosas? ¿No duerme uno más tranquilo cuando le da igual la querencia que la discrepancia?

El cuerpo a veces pide no quererse, que no es lo mismo que odiarse. Hay grados significativos entre el odio y el desamor. Aunque usted me lo podrá discutir. De hecho, ya le he oído alguna vez que del amor al odio hay un solo un paso. No digo que no, pero tampoco es necesario ponerse en los extremos. Aun así, se pasa mal. El desamor es ese territorio baldío donde uno no encuentra sombra, donde las lágrimas no dejan ver el horizonte, y donde uno se cree eternamente recluido, sin ser capaz de distinguir que un poco más allá pueda haber el mejor de los vergeles.

Lo que está claro es que querer también tiene sus dificultades. Nos habrán repetido mil veces lo contrario. Desde la infancia vivimos en el ideal del “comer perdices” y luego nos encontramos con que la realidad es otra. Que los príncipes y las princesas azules no existen ni siquiera en las casas reales, aunque las penas con pan sean menos.

No puedo dejar de recordar la famosa frase inicial de Anna Karénina, cuando el grandioso Tolstói nos hace una radiografía telegráfica de este tema: “Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”. ¿Pero existen las familias totalmente felices? A poco perfeccionista que uno sea, apostaría que no. Pero así es la convivencia y, añadiría aún más: así es la vida entera. No lineal y aburrida, sino plagada de altibajos que se afrontan como mejor se puede. A veces con ilusión, otras con cierto humor y otras más con cansacio y creciente desapego.

Si pudiéramos graduarlo, otro gallo nos cantaría. Pero los sentimientos campan a sus anchas, se desbocan a veces, avasallan otras, y como jóvenes potros salvajes resisten con frecuencia lo más sigilosos intentos de doma. Para bien ser, uno debe tener la cabeza fría, paciencia a raudales e inquebrantable optimismo. Con toda esta inverosímil disposición de ánimo, uno puede tratar de salir indemne. Pero ya le adelanto que no lo conseguirá.

Por alguna extraña circunstancia, que desde antiguo situamos en el corazón, y no por casualidad fuera del cerebro, salvo destacadas y dudosas excepciones, tenemos una inclinación a querer mucho, no sólo a enamorarnos -que también-, pero uno habla en un sentido más amplio: a la estimación profunda hacia algunas personas, unas veces con contenido sexual, otras con empatía infinita, algunas con pasión dramática… Dejemos para otro día las evidentes patologías, el exceso del querer en sentido patrimonial, normalmente con evidente sesgo machista, del hombre que se siente destronado, bien sea por otro hombre, bien sea por la emancipación de la que creía su esclava.

Al margen de esos casos odiosos, a uno no le cabe duda de que querer hace daño en cualquier caso. Que anden avisados los que están emprendiendo la aventura, que reúnan los pertrechos necesarios para poder superar los peores días de la navegación. No todo va a ser música celestial. Ya lo dice mi madre: no existe la felicidad completa. Pero a pesar de estar convencido de todo ello, tampoco va a ser uno capaz de recriminarle si su corazón le lleva por la senda arriesgada y compleja del querer demasiado.