Jueves, 14 de diciembre de 2017

Érase una vez un país...

Érase una vez un país en el que la mayor parte de su gente, de su fauna y de su flora había pasado al otro lado del espejo (como en el libro “Alicia en el país de las maravillas”)

La mayoría de su población, pues, manifestaba conductas bizarras, decía frases absurdas para el contexto, hacía gala de tener una edad distinta a la que tenía. Los líderes políticos eran los que más destacaban en estas conductas de “todo al revés”.

Los ancianos querían aparentar ser jóvenes: viajaban continuamente ( los que podían), se arreglaban como si fueran a salir a escena ( en las ciudades), ayudaban a sus hijos parados económicamente, y votaban “a los de siempre” en un intento de detener el tiempo, y que todo siguiera igual como en su supuesta feliz juventud.

Los adultos jugaban y hablaban como niños, “¡tú más!”, se decían unos a otros, “yo soy el más macho” o “yo, la más guapa” competían entre ellos, siempre mirando lejos de donde estuviera sucediendo algo importante. Llegaron al punto de que en unas elecciones generales, los líderes de casi todos los partidos se marcharon a un país lejano, allende los mares, a ayudar a solucionar los problemas de aquel país. Los habitantes del país del otro lado del espejo estaban confusos, con la duda de si vivían en uno de los países más empobrecidos e inestables del continente, o todo se había resuelto y generosamente su país se preocupaba más de los otros que de sí mismo.

Los jóvenes vivían como viejos; muchos no trabajaban (porque no podían), pero en lugar de deprimirse u organizarse, intentaban vivir en una fiesta artificial diaria, con la música a toda pastilla, el alcohol y el cambio de novio o novia al menor malentendido. Algunos se fueron a trabajar a otros países dando muestras de juventud y realismo.

Todos se desgañitaban a través de los móviles, incomunicándose cada vez más y haciendo millones de fotos sin ver nada.

Finalmente, los niños imitaban a los adultos en todo lo infantil que estos mostraban: desde pequeñitos tenían su móvil, iban en coche al colegio del barrio en lugar de ir por el bonito paseo desierto y lleno de coches y gritaban como los adultos porque querían todo lo que veían. Los padres, para no traumatizarles, les dejaban gritar sin  límites, y si podían, les compraban todo lo que los niños viejos pedían o exigían.

En este país, hasta la atmósfera y la naturaleza cambió. Al invierno le sucedía el otoño, la gente dudaba cada día si ponerse un abrigo o una camisa de verano. El verano se convertía en un horno abrasador, incluso en aquellos lugares de montaña que secularmente habían sido lugares de veraneo, por su frescor. Y en invierno muchos días las playas estaban llenas y el sol lucía como en el lejano mayo.

En este país nadie arreglaba los zapatos, no había apenas fábricas de nada, los escritores  escribían para sus amigos, pues nadie leía libros, los poetas nunca se referían a lo que ocurría a su alrededor, sino a hechos del pasado o de países lejanos o a sus propias elucubraciones anímicas y los cocineros estaban especializados en inventar platos nuevos o cocinar como las abuelas.

¿Era un país divertido? Vivir en él se parecía a estar viendo una película policiaca en la que nunca se sabía quién era el asesino y qué nueva catástrofe se avecinaba en el guión. Cuando te empezabas a aburrir de repente ocurría algo más insólito que lo anterior.

Y colorín colorado…este cuento no ha acabado.