Jueves, 14 de diciembre de 2017

Al mantequero Paco

Con el cierre de las “Mantequerías Paco” se borra en Salamanca una página entrañable de la historia comercial de la ciudad, comenzada a escribir por el padre Paco hace 61 años, llevándose por delante con su desaparición los recuerdos infantiles que superviven en esta tienda, disueltos en lagunas de olvido al silbo del tiempo.

Los clientes conservarán impresos en sus retinas sus escaparates tiralineados con rectitud milimétrica, los sacos de legumbres sobre el suelo, los barriles de escabeche y las estanterías de madera donde han descansado durante décadas latas de conserva y vegetales, galletas “María”, bolsas de achicoria, paquetes de Malta, leche condensada, cajas metálicas policromadas de pimentón, azafrán, especias variadas y licorería, con vinos de cosecha, quinados y anisados.

Modelo de inolvidables ultramarinos, coloniales, chacinas, colmados y mantequerías, con olor corporativo inconfundible, mezcla de pimentón, orégano, cominos, otras especias y aderezos para hacer las delicias de guisos domésticos en pucheros templados con carbón, al abrigo de tradiciones familiares en fogones encenizados.

Alimentos importados desde las colonias españolas ultramarinas a los comercios de barrio, donde el tendero envolvía los alimento en papel de estraza, tras pasar por la “romana” o la balanza de platillos equilibrada con pesas de diferentes medidas, hasta que llegó la báscula monoplato con aguja oscilante, por donde todo pasaba, salvo las piezas de arenque y escabeche que se vendían por piezas.

Visita diaria obligada a las “tiendas” en tiempos de mísera posguerra, por la ausencia de frigoríficos en las casas, que obligaba a comprar cada mañana los alimentos necesarios para la jornada en aquellos centros sociales del barrio, espacio para compartir las noticias y lugar donde los hijos hacían los “mandaos”.

Inolvidable aquel enorme cuchillo sobre el mostrador para cortar bacaladas; perenne evocación de mandiles femeninos impostores de fardeles; memoria para el aceite servido en botella portada por el cliente a golpes de émbolo y manivela; imborrable recuerdo de legumbres, arroces y chocolate a granel, café de estraperlo y embutidos sin nitritos.

Medidas singulares de “cuarto y mitad”, “cuartillo” de leche, “frasca” para el tintorro y “octavo”, como formas de solicitar productos por parte de los clientes, que pagaban las compras con “reales”, “perras gordas y chicas”, “rubias” o “billetes verdes”, llevando el tendero la contabilidad clavando las anotaciones sobre dos puntas, una conteniendo los alimentos pagados y otra con las deudas procedentes de alimentos “fiados”, quitándose el lápiz de la oreja para hacer las cuentas sobre el papel de estraza del envoltorio.