Lunes, 18 de diciembre de 2017

La belleza de lo feo

MANOS UNIDAS ha organizado una vez más su Bienal de Artistas solidarios, la III en esta ocasión. Artistas solidarios hay muchos y este año con novedades, especialmente en fotografía. Lo que está un poco más flojo, al parecer, es la solidaridad: el viernes quedaban bastantes cuadros por vender…¿Hay otros atractivos mayores este año? ¿Está pasando de moda la solidaridad? ¿Lo acapara todo la crisis de los refugiados? ¿La falta de respuesta de las instituciones europeas ha paralizado la solidaridad de muchos que antes sí colaboraban? ¿O es una mera cuestión de moda, pues al fin y al cabo todos somos un poco postmodernos y lo de la moda, con sus caprichos, también nos afecta? Esperemos que sea una crisis pasajera y que el fin de semana haya atraído más público que los días anteriores.

Había en la Bienal un cuadro que me llamó la atención inmediatamente porque me concernía y por la belleza de lo feo que evidenciaba; su autora, Malocha Pombo Blanco ha captado muy bien el hueco que se ha producido en el paisaje urbano salmantino con ocasión del derribo de una casa adosada a la iglesia de San Martín, que ha puesto al descubierto la fealdad del destrozo que ha minado de viruela los muros venerables del templo más antiguo de la ciudad: agujeros para apoyar las vigas, excavaciones para albergar cajas fuertes, contrafuertes dañados en la demolición, revoques de toda especie y condición. Y, aprovechando el desaguisado, contenedores de basura, que en algún sitio hay que ponerlos: delante de uno de los edificios emblemáticos de la ciudad.

Algún amigo de la parroquia, en trance espiritual, llegó a decir ante el cuadro, que era un símbolo de la Iglesia: la han atacado, la han herido, está llena de cicatrices, pero se caen los edificios modernos que la utilizan de apoyo estructural mientras ella resiste. La intuición de ese cristiano es, en parte acertada, pues la Iglesia Católica sigue en pie, a pesar de sus pecados y de las múltiples campañas en contra que ha sufrido, padece y soportará. Si repasamos la historia ejemplos no faltan: la persecución romana la afianzó, el acoso que han sufrido los cristianos en Tierra Santa y en Oriente Medio no ha acabado con las comunidades cristianas, pero dan disminuido mucho en número; la persecución religiosa del primer tercio del siglo XX en España, en la Alemania nazi, en la extinta Unión Soviética, en China comunista no ha logrado borrar la presencia del Cristianismo en particular ni de la Religión en general.

Pero no debemos cantar victoria y hay que ser prudentes con lo que se dice, más que nada porque hay mucho sufrimiento detrás y ese dolor, esas tragedias –pensemos, por ejemplo, en el Genocidio Armenio o en la Soha, el Holocausto- merece el respeto de intentar informarnos bien y de conmovernos ante el misterio del Mal. Además, el hecho de que Jesús dijera que estaría con nosotros hasta el final del mundo, no se cumple de modo mágico sino que necesita de nuestra colaboración. Y es evidente que los cristianos no siempre hemos colaborado.

Dos muestras: el Islam hizo desaparecer en pocas décadas prácticamente todas las comunidades cristianas del Norte de África. El poder militar islámico y su forma de guerra relámpago influyó en la desaparición del Cristianismo. Pero más influyó la herejía monofisita. Las Iglesias cristianas estaban podridas por dentro y no les fue difícil aceptar el Islam, ni a este colonizarlas. El comunismo, por su parte, ha logrado erradicar la religión del alma de casi el 90% de los habitantes de la antigua Alemania Oriental y de una parte muy importante de checos y eslovacos. ¿Las razones? Dos: una propaganda atea continua y sistemática –los comunistas eran y siguen siendo maestros en ello-; y unas Iglesias protestantes excesivamente racionalistas, incapaces de responder a los anhelos y deseos más profundos de la población, sobre todo de la clase obrera –“vanguardia del proletariado”- y de los pobres; o un Cristianismo romántico, sentimental, separado y no pocas veces enemigo de la razón filosófica y científica.

De modo que no cantemos victoria, porque no se va a repetir la quema de iglesias, pero podemos asistir a la gloriosa irrelevancia de la fe cristiana, convertida en bello objeto de museo, digno de ser protegido, eso sí, por los gestores del patrimonio artístico y cultural. Pero, de la misma manera que un árbol resiste mejor si tiene raíces, un patrimonio cortado de sus raíces religiosas y creyentes tiene los días contados. Ilustres ruinas en espera desesperanzada del talibán de turno que las reduzca a escombros.