Sábado, 16 de diciembre de 2017

Fumadores forzosos

Nuestro mundo ya no tiene nada que ver con aquel otro que reflejan las películas de hace 50 años: gente fumando todo el tiempo, hasta en los lugares más insospechados —el dormitorio, el baño…—, incluyendo a médicos en su consulta y a mujeres embarazadas.

En descargo de quienes fumábamos por aquellas fechas, entonces aún no se había demostrado la correlación entre el tabaquismo y una amplia gama de enfermedades mortales: en la actualidad, en cambio, se sabe que 166 personas mueren en España cada día a causa del tabaco —dolencias cardiovasculares y pulmonares— y que un 30 por ciento de los casos de cáncer tienen ese origen.

Por eso, los ex fumadores no entendemos que haya gente que siga con el vicio, máxime después de que en las cajetillas ponga eso de que “el tabaco mata” y otras lindezas por el estilo. Dado que en nuestro país todo el mundo sabe leer, cabe suponer que los fumadores son unos suicidas en pequeñas dosis o unos irresponsables de tomo y lomo.

Las cifras lo atestiguan. Los españoles gastamos en tabaco 7.300 millones de euros cada año, que es lo que cuestan los 6,75 cigarrillos diarios que consumimos de media todos los ciudadanos, incluyendo en el cómputo desde los recién nacidos hasta los residentes en los geriátricos. España, por otra parte, es el país de la Unión Europea donde antes se empieza a fumar.

Para proteger a los demás de la obsesiva compulsión de los fumadores, las autoridades sanitarias han prohibido el consumo del tabaco en lugares de trabajo y demás lugares cerrados. Pero, ¿quién protege a los hijos de esos consumidores obsesivos?

En los últimos días llevo vistas varias madres en plena calle, inhalando el humo encima de los cochecitos de sus bebés. Ignoro qué será de éstos el día de mañana, pero creo que corren el mismo riesgo que si sus progenitoras aguardasen el cambio de luz en un paso de peatones con la sillita de sus criaturas avanzada sobre la calzada.

Seguramente, y sin percatarse de ello, han convertido a sus hijos en prematuros fumadores forzosos, sin que tampoco, por desgracia, nadie haya podido evitarlo.