Lunes, 18 de diciembre de 2017

Poner nombre a los bebés

Ojeando hace unos días la prensa de papel, que a los viejos rockeros nos sigue atrayendo por su aroma, por la dificultad casi siempre vencida de volver a colocar bien las sábanas de papel y porque su lectura a la luz natural cansa mucho menos la vista que mi magnífica pantalla del ordenador de mesa –y no digamos nada de la gigantesca pantalla liliputiense de mi Smartphone- pues el Sol, con miles de millones de años de experiencia en modular la luz, es mucho más natural y mejor emparentado con nuestro sistema nervioso…

¡Vaya! Ya me he enrollado y me he perdido…Pues, señor, ojeando la Gaceta Regional de Salamanca, que no es regional y nadie sabe por qué se llama gaceta, pero que es el único periódico no virtual que pervive de los tres que había, por no hablar de los muchos más que existieron en el siglo XIX y primeras décadas del XX, y al que ahora le ha salido un muy digno competidor, “El Norte de Castilla”, que no sé si es muy del norte y que también es leonés, o vacceo, o lo que seamos los habitantes hispánicos que sobrevivimos al Este de “la Raya”…¡Nada, que no voy al grano!

A ello: encontré una interesante información sobre los nombres de pila más utilizados para llamar a las niñas y niños recién nacidos en Salamanca durante los últimos años. Y digo primero niñas porque por algún arcano de la Biología, o porque son un sexo más fuerte, son ligeramente más numerosas que los varoncitos. Elegir un nombre para el recién nacido es una responsabilidad y una competencia legal de los padres y hay que pensarlo bien. Tiene sentido recurrir a la tradición familiar, pero también es bueno innovar, no sea que ocurra lo que me sucedió a mí en la pedida de mano de mi hermana –todavía se usaban esas cosas-: en un momento dado mi madre dijo “¡Antonio!” y, como un resorte nos levantamos a la vez mi padre, mi cuñado y yo, y es que en la variedad está el gusto.

Los nombres de los bebés también están sometidos a la moda. Hubo unos años en que se estilaba ponerles nombres vascos o catalanes, lo que no demuestra pero sí muestra que los políticos ponen fronteras y los ciudadanos les pasan la goma de borrar. Casi han desaparecido del registro civil salmantino nombres de ortografía confusa: ¿Xavier o Xabier o Javier? ¿Jonathan –léase Yónatan- o Jonatán –léase Jonatán? ¿Jennifer –Yénifer- o Jénifer? ¿Iván o Ibán? (¡Son bonitos los nombres rusos!, pero vamos, los Juanitos de toda la vida) ¿Jessica o Yésica, o Yessica? ¿Ainhoa o Ainoa? Estos nombres eran la tortura de los Secretarios de Ayuntamiento y de los Jefes de Estudios y Secretarios de los Colegios e Institutos. Y auguraban problemas burocráticos en el futuro del inocente bebé.

Esta normalización lingüística no escapa tampoco a la moda. Tengo el barrunto de que muchos de los nombres actuales de bebés están influidos por la burocracia informática, que se lleva mal con nombres y apellidos largos o compuestos y prefiere simplificar las cosas; también es normal que los padres piensen a largo plazo en su bebé y si conviene ponerle, por ejemplo, Jorge. ¿Cómo le llamarán cuando esté de Erasmus en Rotterdam o en Heidelberg? ¿Yogye? ¿Gorgue? No parece una buena elección de cara a una juventud globalizada e internacionalista.

En fin, la característica que más me ha llamado la atención entre los cuarenta nombres más usados con los bebés salmantinos –veinte femeninos y veinte masculinos- es que veintiséis de entre ellos –el 65%- tienen menos de seis letras. Nada de Austrasigilio, ni Radisgundis, ni Hermenegildo, ni María de la Concepción, ni Amaranta Úrsula, ni siquiera Francisca o Antonio -¡nueve y siete letras, qué horror!