Lunes, 18 de diciembre de 2017

Un chino charro en la selva peruana

Me encontré a Pedro Wang, el chino, en Sepahua, una pequeña ciudad de la selva peruana. Llegué allí después de una hora de avión y de otra hora y media de avioneta. No es fácil llegar. En Sepahua, que andará por los 7.000 habitantes, conviven gentes de todo tipo y condición. Según la wikipedia las comunidades están formadas por personas de las etnias: piro, arahuaca, yaminahua, matsiguenga, ashaninga, shara, shipibo, cocama, andina y europea. Y yo doy fe de ello, pero ahora también hay que añadir a los chinos, que yo los he visto. Uno de ellos, Pedro, estudió ocho años en la muy noble, muy leal, muy culta, docta y sabia, caritativa y hospitalaria capital del Tormes. En mi Salamanca del alma.

Lo cierto es que yo estaba allí para poner imágenes a mi particular libro de la selva de eeste viaje en cuestión, nada menos que la “Laudato si” del Papa Francisco. En uno de los reportajes queríamos abordar la industria maderera en Sepahua, uno de los lugares más ricos en este recurso natural. Hasta hace unos años eran los propios indígenas y los pequeños empresarios los que tenían sus aserraderos y extraían las preciadas maderas de cedro y caoba del corazón de la selva con métodos más o menos tradicionales y sostenibles. Pero el gobierno peruano decidió legislar de un modo restrictivo con el fin de poner trabas a los pequeños para favorecer a la gran industria. Dicho y hecho. La principal concesión de madera (y casi la única) está en manos de la empresa china San Martín SAC.

Ya teníamos la imagen de un joven nahua talando un árbol con motosierra. También nos había dejado grabar en su aserradero el último pequeño empresario que aún mantiene su concesión en el bosque. Nos faltaba que la empresa china nos dejase tomar algunos recursos en su campamento, a las afueras de la ciudad. Y para allá que fuimos, aunque sin mucha convicción. Pero, de nuevo, el patrocinador de nuestro programa, de Pueblo de Dios,  hizo las labores de producción. Resultó que el gerente chino estaba fuera y que el segundo de abordo, su asistente y traductor, era Pedro Wang, un antiguo alumno de las dos universidades de Salamanca donde aprendió español. Un chino católico con el que me unía un pasado común en nuestra ciudad dorada y algunas amistades en común dentro del clero que trabaja en la capellanía china de Madrid. Y claro, el milagro se obró. Pedro nos abrió las puertas y confió. Le dimos nuestra palabra de que no íbamos a grabar ni decir nada que no fuera verdad. Y le entrevistamos. Y también al ingeniero forestal. Y nos invitó a chicha morada. Y nos contó que pronto regresaría a su país, que quería casarse con una compatriota, que ya llevaba tres años en la selva y que, en cuanto pudiese, pasaría por España para tomarse unas cañas y unas tapas con nosotros. A  poder ser, en Salamanca.

Hoy me ha escrito un correo: “Si Dios quiere, algún día nos veremos por España. Saludos desde Sepahua”.