Domingo, 17 de diciembre de 2017

Las puertas y el campo

No es nuevo hablar de la utilización política del deporte. Es más, las características de las más importantes confrontaciones deportivas las convierten en escenario ideal para las reivindicaciones políticas: asistencia de masas, expectación multitudinaria, eco informativo extraordinario… Muchos no recordarán el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú, pero lo hubo por parte de los Estados Unidos de América y algunos de sus aliados. Tampoco, por cierto, concurrió China. Fueron decenas los países que decidieron no enviar a sus deportistas a las Olimpiadas. En el centro del debate estaba la invasión soviética de Afganistán.

Hace mucho menos tiempo, casi todos hemos oído la masiva y antipática respuesta de los asistentes a la final del último Mundial de Fútbol cuando hizo acto de presencia la ya expresidenta de la República Federativa del Brasil. Estaba en marcha ya la protesta política que ha conducido recientemente ni más ni menos que al juicio político por las dos cámaras legislativas brasileñas y a su salida forzada de la máxima magistratura brasileña.

Por supuesto, cuando desde España alguien lee que en un campo de fútbol se ha pitado de manera enfervorizada contra algo, a todos nos vienen a la cabeza varias finales de la Copa del Rey en que los independentistas catalanes quisieron aprovechar las circunstancias para su particular reivindicación política. En una de ellas, por cierto, censurada de manera vergonzosa por la principal televisión pública de España, como si los espectadores fuéramos niños pequeños.

Sorprende poco, por tanto, que hace unos pocos días ocuparan los grandes titulares la polémica sobre la prohibición de las banderas estrelladas en el próximo encuentro entre los laureados equipos Sevilla F. C. y F.C. Barcelona. Lo que uno no podría terminar de entender, si no estuviéramos en una casi eterna campaña electoral, es que se exageren estas cosas por quienes deberían tener más cuidado en encaminarlas por la senda de la racionalidad: los políticos. Unos y otros.

Pero en este caso la torpeza de la Delegada del Gobierno de Madrid, muy respetable por otro lado, ha sido de libro. Me cuesta mucho creer que esta buena mujer no previera las consecuencias, asimilables a echar gasolina al fuego. Salvo que la prohibición no fuera de buena fe –lo cual desde la buena fe propia también me cuesta mucho concebir-. No sólo me refiero a la actitud de los dirigentes políticos independentistas, que era de cajón, sino a la reacción que esta decisión provoca en la propia masa contra la que se dirije.

Lo que me preocupa no es el tema de las banderas, ni de los himnos, ni siquiera el de los pitidos. Hice el bachillerato escuchando La mauvaise reputation en los años de la transición política española. Considero predominante de manera muy clara la libertad de expresión, por encima de represiones que no pretenden atajar violencia ninguna. Lo que sigo siendo incapaz de entender es por qué desde esta meseta de nuestros desvelos se hace tan poco por entender a los que son distintos, por encender mechas en lugar de conciliar, por hacer electoralismo en lugar de defender una patria diversa y compleja. En definitiva, por querer hacer oídos sordos y poner ojos ciegos ante una realidad incandescente, queriendo poner puertas al campo.