Martes, 12 de diciembre de 2017

La Salamanca de Antonio Colinas

El poeta Alfredo Pérez Alencart recupera algunos de los artículos que desde el año 2000 ha venido escribiendo sobre Antonio Colinas, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana

El poeta Antonio Colinas (2010, foto de Jacqueline Alencar)

 El poeta Antonio Colinas (2010, foto de Jacqueline Alencar)

Me pide Juan Carlos López, poeta y amigo y director de este periódico, una colaboración sobre Antonio Colinas tras el Premio otorgado. Y le envío seis. Son parte de los artículos que desde el año 2000 vengo escribiendo sobre la magnífica y serena obra de este poeta entrañable para mí. Eso sin contar los tres poemas que le he dedicado, el último muy reciente, para celebrar los 40 años de ‘sepulcro en Tarquinia’…  Y lo hago porque ahora no faltarán comentarios y loas por doquier. Pero al principio no todo fue sobre ruedas: ya sabemos lo dura que resulta esta ciudad nuestra; los que hoy dan palmaditas, otrora expresaban su desdén o su indolencia ante el poeta. Desde que llegó estuvimos con él, pues nada más instalarse en Salamanca fue invitado al I Encuentro de Poetas Iberoamericanos, celebrado en octubre de 1998 y que ese año homenajeó a la Generación del 98. Y unos meses después, el 24 de febrero de 1999 organicé, a través de la Sociedad de Estudios Literarios y Humanísticos ‘Alfonso Ortega Carmona’ (SELIH) el primer magno homenaje que se le tributó en tierras charras. Y luego, en primavera del 2000 apareció el primer número de la revista El Cielo de Salamanca, donde se publicaron cincuenta páginas en homenaje suyo…

María José y Antonio Colinas (2015)

 

LA SALAMANCA DE ANTONIO COLINAS

Las falsas pedrerías se desgranan con suma facilidad. También las noticias vacías, como las promesas o la tenaz ceremonia que se extingue apenas iniciada, llena de confusiones y solícitas cegueras. En Salamanca hay yugos de esa índole, nimiedades que pretenden imponerse para decantar la balanza hacia el lado banal, arrebolados en su transitoria cuota de poder. Pero de tiempo en tiempo surge -o llega- una figura que pulveriza esas formas de roer, prodigando aliento a los contenidos útiles y al fulgor que debe presidir todo empeño centrado en la cultura.

            Antonio Colinas constituye, desde el fuego elemental que ahuyenta cóleras y posturas caducas, el hombre llamado a ser la nueva referencia  -o el penúltimo eslabón- de ese puñado de estrellas que coronan el cielo salmantino desde hace ya tantos siglos. Es precisamente este leonés de La Bañeza el que congrega en torno suyo -sin quererlo premeditadamente- a buen número de escritores que donan  porciones de energía para tratar de apuntalar el endeble andamiaje de actos y creaciones perdurables de la ciudad del Tormes. Conviene no olvidar que Salamanca ha sido y seguirá siendo nutrida culturalmente, en buena medida, por lúcidas gentes llegadas de otras provincias o de países europeos y americanos. De Fray Luis de León a Alfonso Ortega Carmona, pasando por Torres Villarroel, Unamuno, Antonio Tovar, Torrente Ballester, Francisco Rodríguez Pascual o Ricardo Senabre, lo cierto es que buena parte del prestigio intelectual que otorga alto sitial a Salamanca ha tenido su anclaje más fidedigno en personas como Antonio Colinas.

            En el caso del poeta bañezano, no sólo es excelente su obra literaria, diorámica y con poderoso reclamo de lo sensitivo y del asombro, sino también su serena personalidad que ofrece  trato cordial tanto a  jóvenes recién iniciados como a  creadores cuyo rastro ya crece en la página. Ese talante es digno de admiración, máxime en el pequeño mundo de las letras, donde es habitual ventearse con el viento fétido que duerme en algunas bocas.

            El volumen Río de sombra, que reúne toda su obra poética publicada hasta 1997, es una luz que rinde al más exigente. Y este sentir se acrecienta de forma paradigmática en aquellos que aprenden bajo el requerimiento de la buena poesía, pues para ellos significa una eclosión silenciosa, sin aspavientos ni cargas de hueco artificio. Va en su quinta edición en poco más de un año y eso, en poesía, resulta inusual, al menos en libros de gran calado y con la gran marca de dignidad e independencia al extraño comercio donde triunfa el humo.

            La Salamanca de Antonio Colinas es aquella donde todavía se sostiene limpio el magnífico ejemplo de obra y vida de fray Luis de León. Es por tal motivo que, ante su estatua, Colinas destaca que saber, honores, poder, luchas, gloria, nada significan frente a la serenidad que irradia desde el pedestal: "Hasta que el tiempo queda fijado en la fuerza y en el valor del ejemplo, todo es enjambre, oportunidad, utilización, hueco exceso, palabrería, ambición. Sobre la piedra de la plaza, las estrellas de fray Luis siguen señalando la dirección de un tiempo imperecedero, de música callada, de soledad sonora".

            Sus últimos libros, El crujido de la luz, sublime cántico a  su infancia leonesa, y Nuevo tratado de armonía, nos ofrecen la oportunidad de adentrarnos en su pensamiento y sentimiento. La prosa poética sigue en la custodia de la lengua, como corresponde a un maestro de sencillez extrema. También su faceta de eximio traductor nos ha ofrecido una nueva entrega terminada en la Salamanca donde vive desde hace dos años. Se trata de la cuidada edición de Las Aventuras de Pinocho (Edhasa, Madrid, 2000, 315 pp.), con  la  clara versión de Colinas y las clásicas ilustraciones que para el libro de Collodi hiciera Attilio Musino. 

Pero hasta ahora la Salamanca oficial no ha sabido -o no ha querido- destacar con el debido lustre a este gran escritor que habita entre sus piedras. Mientras tanto, él sigue sereno, atendiendo el río que regresa como un manantial de amor que deja huella en cada palabra de sigilosa consistencia. La poesía y el ejemplo de Antonio Colinas nos sirven para no caer en el vacío que impera en este acosado territorio donde anotamos imágenes.

Alfredo Pérez Alencart y Antonio Colinas (2012)

 

ANTONIO COLINAS EN DOMINICOS

El ritual de las palabras hermosas y del pensamiento se iban costurando al corazón, sin prisa alguna, como esas gotas que -una a una- van nutriendo el huerto donde se cultivan alimentos necesarios para saciar el hambre de los hombres. De la serena expresión del poeta Antonio Colinas, de su voz que siempre moja las palabras con el don de quien las ha recreado, fluían versos de una ternura remota, de un tiempo en que fue joven pero ya tenía las imágenes perfectas, las emociones nunca perecientes, el compromiso con la forma y con el ritmo que construyen la patria de la buena poesía.

Estaba el leonés-mallorquín-salmantino (tres en uno, más su imprescindible dosis de aliento italiano y/o leopardiano) en una cafetería que se ha plegado a la cultura, pero que bien me parecía una ermita o una basílica del amor, donde las oraciones se manifestaban en riguroso silencio pues los oídos trataban de capturar los comentarios que el poeta iba ofreciendo en torno a su tránsito literario y al hilo de las ocurrencias del profesor Regalado.  Sí, la primera parte de su intervención se centró en la historia de sus palabras y de la vida que se nos escapa al rumor de los recuerdos. Sí, también las voces y las agonías del corazón forman parte consustancial de la obra de un poeta que se precie de serlo sin imposturas, sin relamidas mascaradas que no surgen de la alegría de los sentidos o de la soledad que prepara para el olvido. Y la poesía de Colinas es sonido vivo y hermoso. También arrugas de la tierra o lucidez de los astros, o cabal testimonio de un tiempo que se consume en su pecho y se desborda y disfruta exportando sus mejores frutos. Mientras tanto, vive el poeta con sus poemas (o viceversa).

Luego leyó dos poemas de su último libro publicado, que, paradójicamente es el primero que escribió -a las orillas del lago de Sanabria- allá por el año 1967. "Junto al lago" constituye un cuaderno que agrupa 16 poemas, o un poema largo así fragmentado. Ha hecho su aparición en la colección "Cuadernos para Lisa", que dirigen en Salamanca Jorge Barco y Cristina G. Prieto. Esta entrega es un notable acierto no sólo por la evidente generosidad del poeta, al ofrecerles un material inédito de innegable valor, sino también por la exquisita calidad estética de estas ediciones no venales patrocinas por Caja Duero, cada ejemplar único por la ilustración original que en la portada realiza Maite Cabero. A ellos les deseo el éxito que se merecen por su trabajo cultural.

"Junto al lago" está totalmente impregnado por la pródiga luz del amor. Está escrito pensando en quien ahora es su esposa, María José, a quien se lo dedica: "lejos del lago, cerca de aquel tiempo". Y entre el público del jueves ocho de noviembre, también estaba ella, la compañera de los días que dieron consistencia al querer, aquella que entonces le hizo decir: "Nunca supuse que el amor tuviera / la madurez de un sueño tan perfecto. / Dentro de mí has sembrado una alegría / y una desdicha que yo nunca acierto / a explicar con palabras verdaderas. / Un día te encontré y te pertenezco. / Estoy en deuda con tus ojos vivos...".

La cafetería Dominicos, de Antonio Arroyo, ha inaugurado un ciclo de actividades denominado "Otoño cultural" y coordinado por el profesor Luis Álvarez (director del grupo de teatro La Cueva de Salamanca), donde poesía y música fecundan el corazón de los asistentes. Es una labor que deberían imitar otros empresarios del sector.  Antonio Colinas estuvo en Dominicos y nos dio noticias de su mundo primero y de sus nuevos poemas de "Tiempo y abismo".

Para Antonio Colinas, desde el fértil reino de la poesía que no conoce fronteras, el mejor abrazo de un meteco que lo admira como poeta y como persona.

Antonio Colinas y Pilar Fernández Labrador (2011)
 

CON COLINAS,  EN ARMONÍA

Con Antonio Colinas (y con María José) me une una amistad que no se ata a fórmulas ceremoniales sino al resto de inocencia que no ha sido desforestada por quienes perpetran las batallas perdidas de la envidia. Por ello, nuestros abrazos siempre serán fraternos, entregados al condominio de la poesía, lejos de los comediantes que desenvainan sus lenguas por los cuatro puntos cardinales de la caverna. Sobre la “agria envidia amarilla” que señalara Juan Ramón, reflexiona Antonio en su última publicación, “Tres tratados de armonía” (Tusquets, Barcelona, 2010): “…Produce una especial tristeza no encontrar este don en personas maduras y reconocidas, en personas que admiramos. Lo difícil en este país parece ser la flexibilidad”.

Pero siempre hay un antídoto ante tales lacras y demás laceraciones. La clave para este bañezano de Salamanca es la Armonía: “La vida, el mundo, es una armonía que nos empeñamos en vivir en desarmonía. Seguir los ciclos, las estaciones, las mutaciones naturales; observar el curso del macrocosmos y adaptarnos periódicamente a ellos. Vivir en plenitud; esperar con calma cuando nos asalta algún mal. Evitar, en cualquier caso, la desarmonía. Ésta es la clave del ser” (p. 29).

Libro que cobija dos primeros tratados otrora publicados, más el tercer tratado inédito: triple gozo en un volumen de escolios poblados con el viaje de la mirada y los sentimientos del poeta; triple gozo de una filosofía existencial que deja huella y no hace trampas a la esperanza. En la sangre, en los ojos, en el lenguaje se memorizan las reflexiones de este amigo que no necesita elogios pero sí las señales de una lectura que no sale del cuerpo.

Hace tres semanas Colinas abrió, en el Aula Unamuno, el encuentro “Vivencia de lo sagrado”, con presencia de escritores y teólogos protestantes que rendían homenaje a Juan Antonio Monroy. Y estuvo feliz. Ahora, leyendo sus tratados, lo comprendo totalmente: “La eterna confusión de este país en el que se sigue confundiendo lo sagrado con lo clerical… ¿Cómo ignorar la presencia de lo sagrado en el mundo desde los orígenes? ¿Qué sería del ser humano sin ella?” (p. 283).

Gracias, por todo, querido Antonio. Has anotado el peso justo que hay en la balanza.

Carlos Aganzo, Alfredo Pérez Alencart, Asunción Escribano y Antonio Colinas (2015)

 

EL ‘RIMBAUD’ DE COLINAS

Esta ciudad amamanta aquello que no escapa al saber del mundo. Salamanca, nuestra ciudad-patria, a veces parece deshabitada -culturalmente hablando-, no obstante la retahíla de actos y escenificaciones contratadas a golpe de talonario. Pero en otras ocasiones, el pan horneado que se hace en pequeñas tahonas de consumados artesanos, renuevan sus aires exhaustos. La amalgama hombre-ciudad, propicia que el creador se sienta pródigo de firmar sus obras talladas entre estas piedras: así Salamanca, que hace siglos era referencia ineludible del humanismo y la literatura, puede mantener esa tradición en este siglo veintiuno. Lo demás es -mayoritariamente- charanga, gira de cómicos, jolgorio que el tiempo traspapela pasado el día del estreno.

Otra cosa es lo que perdura en el inventario propio de la Salamanca universitaria y humanística, cuyas ubres nutren todo lo que crece en torno a ella, aunque luego los beneficiados desdeñen la matriz.

Un ejemplo, de varios posibles, es el de Antonio Colinas, quien desde 1999 viene firmando sus obras escritas aquí. De lo local y regional también se puede ser universal (pienso en su último libro de relatos “Leyendo en las piedras”, aparecido en Siruela hace dos meses); lo universal se puede -y debe- traer a lo nacional y local (pienso en su traducción del libro “Iluminaciones” de Rimbaud, publicado en la Colección “Devenir” de Poesía, para celebrar su número 200 y que acaba de salir de imprenta.

Así como el Maestro Alfonso Ortega Carmona nos traduce a Píndaro (“A ti, que en justicia caminas, te envuelve copiosa bendición” (Pítica V); así Antonio Colinas nos regala al admirado Rimbaud de su juventud: “En las horas de amargura imagino bolas de zafiro, de metal. Soy dueño del silencio” (p. 29). O También: “¡Se venden los Cuerpos, las  voces, la inmensa opulencia indiscutible, cuanto no se venderá jamás! ¡Los vendedores no están al final de sus saldos! ¡Los viajantes no han de conceder la comisión tan pronto!” (p. 105).

Antonio Colinas (2005)

 

COLINAS, DE MÉXICO HACIA EL SUR

La mejor conquista es aquella que entrañablemente enlaza el corazón de las gentes, las sensibilidades reconocibles que no se increpan y/o la vida íntima de variedad de seres cuya pasión poética no muestra merma ni interferencias, toda vez que sus ojos se despiertan bajo la misma llama del idioma, un castellano inmenso con acentos distintos; un castellano que ya introduce americanismos sin lastimadura alguna; un castellano con estatuto pan-hispánico para seguir creciendo con bonanza a lo largo de este siglo XXI.

Pues bien, Antonio Colinas, poeta leonés-ibicenco-salmantino (con algunas células italianas, como el Almirante de la Mar Océana) ha emprendido lo que yo estimo una Reconquista de América  en  toda regla. Y la reconquista empieza por uno de los dos grandes reinos precolombinos: México, tierra de notables poetas como Nezahualcóyotl de Texcoco, Ramón López Velarde, José Gorostiza, Jaime Sabines, Marco Antonio Montes de Oca, José Emilio Pacheco Efraín Bartolomé, por citar sólo algunos cuyos versos ameritan nombradía más allá del incienso cotidiano. Allí -en la grande extensión del DF- el poeta con quien suelo conversar en el antiguo Café di Roma, oirá la pureza que el rey-poeta escribiera: “He llegado aquí,/ soy Yoyontzin./ Sólo busco las flores,/ sobre la tierra he venido a cortarlas./ Aquí corto ya las flores preciosas,/ para mí corto aquellas de la amistad:/ son ellas tu ser, oh príncipe,/ yo soy Nezahualcóyotl, el señor Yoyontzin”.

Pues Antonio Colinas ha llegado a México. No es la primera vez, pero sí la vez que debe celebrarse por todo lo alto. Y yo celebro con júbilo, porque soy de América y soy de España, esta magnífica apuesta por el Reencuentro lírico que la editorial Fondo de Cultura Económica ha plasmado publicando la Obra Poética Completa. 1967-2010 (México D. F., 2011, pp. 668). Claro que la apuesta ha sido triple, pues al prestigio de FCE acompañan el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y la editorial Siruela. Ofelia Grande, a quien conocí en la Facultad de Filología de la Usal cuando presentaron la edición española, habrá tenido mucho que ver con este acuerdo editorial, toda vez que la edición circulará, desde México, hasta el sur del continente.

Ahora me adentro en la poesía de Antonio Colinas, toda ella contenida en la bella edición mexicana, desde Junto al lago (1967) hasta el Laberinto invisible (inédito en libro, donde también incluye poemas últimos). En su obra no hay concesiones a lo banal ni a las exhuberancias verbales que se deshinchan al menor descuido. Léanlo: “Ser como ese cedro lleno de pájaros:/ perdurar y cantar./ Ni siquiera parece que se inmute/ con el incienso que queman los monjes,/ con el agua verdosa del estanque,/ con todo ese esplendor que de él recibe/ hermosa plenitud.// Nunca me iré de aquí, aunque me vaya…”. Y aunque habla de un camino que le conduce al monasterio de Yuste y del otro camino sin regreso que es la muerte, Colinas ya nunca se irá de México, no sólo por esta edición, sino porque también él ha dejado algo suyo en México. Baste leer su largo y bello poema “Madrugada en Teotihuacán” (pp. 321-325), publicado en su libro Jardín de Orfeo, allá por 1988. O también “Coyoacán”, aparecido en Los silencios de fuego.

Concluyo dejando constancia de los tres poemas que más me conmueven de la obra de Colinas: “Plegaria del que regresa”, “Zamira ama los lobos” y “En los páramos negros”. Lectores de aquende y allende los mares, tengan para sí a este poeta que rescata la mejor poesía de todos los tiempos.

Colinas, Carralero y Alencart

 

HOMENAJE EN LA REVISTA ‘EL CIELO DE SALAMANCA’

Presentación

(Primavera del 2000)

En una de sus Epístolas, Plinio consideraba que el cambio de suelo y de cielo deparaba gran alegría. Para que la afirmación de este eximio escri­tor latino sea todo lo certera en el caso del poeta Antonio Colinas, recientemente avecindado en Salamanca, se ha querido agradecer su elección de ciudad con el reconocimiento a su espléndida obra literaria. Una ciudad siempre debe sentirse orgullosa de contar entre sus ciudadanos con perso­nalidades que destaquen en los más variados oficios.

Cuando se trata de una ciudad como Salamanca, especialmente vincu­lada a las expresiones culturales que fluyen del espíritu, la satisfacción debe­ría ser mayor al conocer que ha incorporado a la nómina de egregios veci­nos la figura de Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946). Pienso —y esto es un atrevimiento mío— que todo estaba predestinado y que su presencia entre las piedras amarillas viene a suplir el vacío que nos deja la ausencia de Gonzalo Torrente Ballester. Cada quien extrae las interpretaciones que juzga oportunas, pero lo evidente es que un colectivo de personas interesadas por hacer y generar actividades culturales, agrupadas en torno a la Sociedad de Estudios Literarios y Humanísticos «Alfonso Ortega Carmona» (SELIH), no han querido dilatar un tributo de bienvenida a este escritor castellano, por largo tiempo fuera del entorno más entrañable, el de la infancia. Años de gratas experiencias en Italia y dos décadas en la isla de Ibiza, habían alejado al poeta que cantaba así en su primer poemario: «Aquí en estas riberas donde atisbé la luz / por vez primera dejo también el corazón. / No pasará otra onda rumorosa del río, / no quedará este chopo envuelto en fuego verde, / no can­tará otra vez el pájaro en su rama, / sin que deje en el aire todo el amor que siento. / Aquí en estas riberas que llevan hasta el llano / la nieve de las cum­bres, planto sueños hermosos».

El instalarse en Salamanca —al margen de consideraciones familiares, inherentes a la básica responsabilidad con ascendientes y descendientes— también le permite una mayor cercanía con su suelo natal. Y, en todo caso, ya se encuentra nuevamente en el ámbito castellano-leonés. Nos correspon­de hacer que su estancia sea larga y placentera. En tal sentido, hacemos votos para que no impere la sequedad propia del páramo castellano, la aparente ignorancia de los méritos y la deleznable envidia de algunos pequeños seres. La obra de Colinas y la sencillez de su persona ameritan el mejor de los tra­tos en esta ciudad, siendo ya buen indicio la colaboración prestada a este homenaje por instituciones de la valía de Caja Duero, Ayuntamiento, Junta de Castilla y León y el Centro de Estudios Ibéricos y Americanos de Salamanca (CEIAS).

Con relación a su producción literaria, es bueno recordar que se ha adentrado en varios géneros, pero es su poesía la que imanta toda su obra con una intensidad poderosa. Ha escrito dos novelas, (Un año en el Sur, 1985 y Larga carta a Francesca, 1986); ha publicado relatos y libros de viajes; ha hecho traducciones (de Dante, Quasimodo, Salgari, Levi, Pasolini, Móntale, Leopardi y otros); tiene una amplia obra ensayística y de crítica literaria. Pero siempre volveremos a lo mismo, a su poesía raigal, a la nobleza y emoción del ejercicio poético, donde apreciamos efusión lírica pero también ideas, en el necesario contrapunteo entre emoción y concepto. La suya es una poesía de creación exigente, cuya secreta intimidad la aproxima a la más depurada estética. Antonio Colinas es un preclaro escritor que nos habla con voz pul­sadora del alma, buscando reconquistar la belleza para recrear mitos, lugares y nombres; para dignificar la magnitud y la dignidad del hombre; para hacer­nos bucólicos o tristes vaticinios.

«Que vuestras palabras no busquen agradar, sino aprovechar», aconseja­ba Séneca a quien quisiera oírle. La poesía de Colinas cumple con lo del aprovechamiento, pero también agrada: «Cerrad el alto muro del jardín / y fúndase mi fuego con su fuego. / Cerrad el alto muro y que mi alma / quede en el tiempo y quede en el aroma / aromada, embebida eternamente. / Cerrad el alto muro del jardín / que yo cerraré todos mis sentidos / al mundo y, cerrándolos de golpe, / sabré todo del mundo y de mí mismo». Bien mere­cido tiene el Premio Nacional de la Crítica (1975), el Premio Nacional de Lite­ratura (1982) y el reciente Premio Castilla y León de las Letras 1998. Desde Salamanca —estamos convencidos— obtendrá nuevos y mayores reconoci­mientos.

Recuerdo que en 1988 me regalaron un libro suyo, Jardín de Orfeo: «Para que conozcas a un poeta de León», me dijo entonces Eduardo Martín Puebla, buen amigo laboralista llegado desde Palencia. Entonces compruebo que son ya doce años que conozco al poeta cuya soledad frutos tan durade­ros viene ofreciendo a las letras hispánicas. Por ello, y porque me sucedió de manera similar que a Ovidio en sus Tristias —«Y el armonioso Horacio atra­jo nuestros oídos»—, me complace iniciar este homenaje de bienvenida a la Ciudad del Tormes, que en la histórica Casa de las Conchas se brinda al autor de Tratado de armonía y Astrolabio.

Reportaje fotográfico de Jacqueline Alencar

Antonio Colinas, Bernadette  Hidalgo Bachs y Alfredo Pérez Alencart (2012)