Martes, 12 de diciembre de 2017

Delitos de odio

 

   Reconozco que al principio fui muy suspicaz cuando se empezó a hablar de delitos de odio. Me parecía un canal de entrada al Código Penal (un código muy garantista que obliga a precisar muy bien causas, consecuencias, efectos, autores) de un sentimiento. el odio, difícil de ponderar, muy subjetivo. Me parecía que abría una puerta a que la susceptibilidad de las personas judicializara la convivencia y la convirtiera en una sucesión de denuncias. Pero poco a poco lo que voy viendo en esta nuestra sociedad actual me ha ido haciendo cambiar de opinión. Y creo que las categorías son más de las que normalmente se consideran.

   En las novelas y películas de guardias y ladrones (donde más noticias tenemos del crimen, la verdad) la búsqueda del malvado sigue caminos trillados: conoce a la víctima, quiere su dinero, o su pareja, o tiene miedo a que desvele un secreto, o le guarda un rencor por algún motivo del pasado que se va incubando hasta eclosionar, o era el mayordomo. Pero la realidad delictiva, por decirlo así, parece ir por otro lado. Y se ejerce violencia sobre personas que no conoces, que no te han hecho nada (no digo que esto justificara la violencia, digo que explicaría sus causas). Y enseguida me venían a la cabeza ejemplos. Algunos tontos y egoístas que me habían pasado. Recordé lo estupefacto que me quedé cuando en un domingo que habíamos ido a jugar un partido de baloncesto a León al salir me encontré rayado el coche que, claro, tenía matrícula de Salamanca. Un delito de odio. Pero en el pasado martes, en el Día internacional contra la Homofobia los ejemplos han salido una vez más a la luz y a los telediarios. Cuánto no quedará oculto. De pronto alguien es el objetivo de la violencia de alguien solo por como viste, de qué equipo es, de dónde es, de qué color es su piel. Aunque no te hayan visto nunca te pueden agredir. Ya no es para robarte, ya no es por celos, ya no es porque eres su compañero de clase y has sacado mejor nota. Eres un nadie pero representas algo, algo que otros odian, algo que para algunas personas es motivo suficiente para ejercer violencia sobre ti. Motivo suficiente, esa es la clave.

   El problema es que con la famosa globalización que todo lo abarca la capacidad para sentirse identificado con grupos que se traban y se disuelven con rapidez aumenta exponencialmente la posibilidad de sentir odio hacia los que te rodean (aunque no los conozcas), a los que hablan otra lengua, votan a otro partido político, profesan otra religión. Y no son exactamente los estereotipos lo dañino. Como bien nos explica Steven Pinker entre otros, el estereotipo en cierto modo es una estrategia adaptativa pues permite formarse categorías del mundo para anticipar una defensa o una sonrisa. Lo malo no es el estereotipo lo malo es obrar con los demás sin entenderlos como individuos sin atributos, lo malo es usar la violencia cuando no se respeta que el otro sea diferente, la violencia en cualquiera de sus formas, acosos verbales, vacíos sociales, amedrentamientos, violencia física. Hemos banalizado la violencia, y la muerte que muchas veces conlleva. Hemos consumido toneladas de imágenes violentas, las hemos consentido. Todos somos responsables.