Martes, 12 de diciembre de 2017

¿Por qué el rojo es malo, y el azul es bueno?

Me lo vengo preguntando desde que tengo uso de razón. Y se lo pregunté también a mi madre. Y se lo sigo preguntando al tiempo y a la vida y a la naturaleza. A los hombres, no se lo he preguntado nunca, porque no tienen respuesta; y a Dios, tampoco se lo he interrogado por no meterle en un compromiso.

Y sigo sin entenderlo. Me fijo en el tío Cosme, un hombre sencillo, que tiene un burro, una manta, unas alforjas y un hachuelo y va, todos los días, al cacho huerto. Se trata de un hombre sencillo, trabajador, inteligente, leído, que no se mete con nadie, que no puede practicar la generosidad porque no tiene con qué, sólo vive de buenas intenciones. Y los domingo va a misa tocá, porque no tiene otro hato, salvo, el de todos días; por eso, se queda en la tenada de la casa los días de fiesta al amparo del cigarrillo, que mantiene con el chisquero y el escaso aliento. Eso sí, no le falta la lectura. Y a este hombre, le llaman rojo, porque, cuando era más joven, perteneció a la “casa del pueblo”. Y lo miran de reojo, como con miedo de que les clave el tridente, que no usó nunca.

A este hombre, los hombres de azul lo tienen por rojo, por malo, porque no se deja ver en la taberna ni a la salida de misa, ni se apunta a mayordomo de cualquier santo, ni es de comunión diaria, ni se luce, ni se apunta a la disciplina del cacique que urde las cacicadas que subordinan, dominan y destiñen la dignidad del hombre y de los hombres.

No se deja llevar: él es él y su pensamiento, y el otro, su semejante, lo tiene a su disposición para cuando lo necesite incondicionalmente. Respeto, por encima de todo.

El señor Damián es la otra cara de la moneda. Por de pronto, nada más nacer ya lo han colocado a la derecha del Padre. Lo nimba el azul celestial. Esta aureola lo acompaña en el cielo y en la tierra. No tiene burro, sino yuntas; no tiene huerto, sino fincas; no lleva hachuelo, sino fusta; no le acompaña el silencio, sino la voz y la voz de mando ronca e imperiosa; y su estancia es amplia, grande, con grandes dependencias, con grandes hogares de leñas y calderas con llares, y con chaleco de terciopelo y camisa con botón charro dorado o de oro puro. Y con mucho poder, poder grande, sin fronteras, que acatan los demás, porque no les queda más remedio, o porque se lo quitaron con persuasión o con amenaza o con promesas de amparo. Este hombre adornado de las virtudes desvirtuadas de la bondad, de la magnanimidad, de la condescendencia y de la comprensión dialogante, con título de señor, es “el dios” de los parias, el redentor de todas las cosas y de todos los estómagos enflaquecidos.

Y a estos dos hombres, se les dice rojo al uno, y azul al otro; uno incomoda, el otro da seguridad sempiterna; uno añade desconfianza, y otro es la tranquilidad y la paz.

Y, con estas apariencias, yo sigo sin entender por qué uno es rojo peligroso, y el otro, azul celestial. ¿Qué tiene de malo el tío Cosme y qué tiene de bueno el señor Damián, para que Dios condene a uno y ponga a su derecha al otro? ¿Y por qué el tío Cosme es tío, y el señor Damián es señor?

Como no lo entiendo, la confusión me perseguirá hasta la condenación eterna.