Sábado, 16 de diciembre de 2017

El vendaval del Espíritu

“Cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua”    (Hech 2, 11).  Esa es la exclamación que recorre las calles de Jerusalén cuando los discípulos salen del salón donde han sido sorprendido por el vendaval del Espíritu de Dios.
Antes eran tímidos y ahora son valientes. Antes estaban dominados por el miedo a los jefes de los judíos, pero ahora exponen con energía la obra y la palabra de Jesús de Nazaret. Antes estaban acobardados por la muerte ignominiosa de su Maestro. Ahora dan un convencido testimonio de la resurrección de su Señor.
La ciudad está llena de peregrinos llegados de todas las naciones del mundo conocido. Y todos entienden el mensaje. Babel había marcado el desastre de la confusión de las lenguas. Jerusalén inicia el milagro de la comprensión universal. Babel era el orgullo, la altanería el endiosamiento. Pentecostés es el paso del Espíritu, la obediencia de la fe y la era del amor.
 
TRES DONES
 
“Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra (Sal 103). Con razón el salmo expresa el anhelo más profundo del corazón humano. El anhelo de la vida. El orante de la primera alianza busca y espera recibir el don más precioso e inefable del Espíritu de Dios. Ese Espíritu que el orante de la nueva alianza confiesa como “Señor y dador de vida”.
Junto al don de la vida, los cristianos valoramos y pedimos otro don igualmente precioso: el de la unidad. En la nueva comunidad, todos nos reconocemos como miembros de un mismo cuerpo. Todos somos útiles y necesarios. Todos somos iguales en dignidad. “Todos hemos bebido de un solo Espíritu”, como nos recuerda san Pablo (1 Cor 12, 13).
Todavía hay un tercer don que agradecemos y tratamos de recordar cada día: el don del envío. El Señor resucitado abre ante nuestros ojos un horizonte universal.  “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. (Jn 20, 21)
 
TRES NOTAS
 
El Evangelio de Juan que se proclama en esta fiesta de Pentecostés (Jn 29, 19-23) nos recuerda tres notas importantes de este don del envío del Señor:
 • “Recibid el Espíritu Santo”. No podríamos recorrer los caminos del mundo si no fuéramos movidos por su vendaval. No acertaríamos a transmitir las palabras del Señor. No llegaríamos a hacer visible su presencia sin la gracia del Espíritu.  
• “A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”.  El Señor es el rostro de la misericordia de Dios. Pero ha querido confiar a sus apóstoles el tesoro de su perdón. Que el espíritu nos haga testigos del amor y la ternura de Dios.
• “A quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Más asombrosa que la autoridad de perdonar es la responsabilidad de retener el perdón cuando los corazones se endurecen. Que el Espíritu nos conceda la gracia del discernimiento y del buen consejo.    
- “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo… Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrima y reconforta en los duelos”. Amén.
                                                                    José-Román Flecha Andrés
 
 
PABLO VI Y MARÍA
 
 En algunos países del hemisferio norte dedicamos el mes de mayo a María, la Madre de Jesús. Es un deleite evocar algunas de las reflexiones que sobre ella compartía Pablo VI con los fieles en los dos primeros años de su pontificado.
1. El miércoles 14 de agosto de 1963, víspera de la fiesta de la Asunción de María a los cielos, Pablo VI explicaba a los peregrinos que el culto a María es “introducción y consecuencia del culto único y supremo que debemos a Jesucristo”. Es, además,  “garantía de nuestra fe en sus misterios y en su misión”. Y, finalmente, es “expresión de nuestra adhesión a la Iglesia, que tiene a María como su hija más santa y más bella y que encuentra en María su imagen ideal”.
Según el Papa, “todo esto nos llena de gozo y de esperanza y nos enseña a imitar a nuestra Señora en sus virtudes, tan sublimes como humanas, y sobre todo en la virtud de la fe y de la aceptación de la Palabra de Dios, que inicia en nuestras almas la vida de Cristo”.
2. En la audiencia general del miércoles 27 de mayo de 1964, Pablo VI  menciona las reflexiones que el Concilio estaba dedicando a la relación entre María y la Iglesia. Y añade que “en María, llena de gracia, encontramos todas las riquezas que la Iglesia representa, posee y dispensa; en María tenemos sobre todo la madre virginal de Cristo, y en la Iglesia, la madre virginal de  los cristianos”. Según san Agustín, “María engendró físicamente la cabeza del cuerpo místico, y la Iglesia engendra espiritualmente los miembros de aquella cabeza”, que es Cristo.
3. En la audiencia del día 7 de octubre de 1964, fiesta del Santo Rosario, Pablo VI cita   unas hermosas palabras de San Cirilo de Alejandría: «Por ti (Maria), los Apóstoles predicaron a los pueblos la doctrina de la salvación; por ti la santa Cruz es alabada y adorada en el mundo entero; por ti los demonios son rechazados, y el hombre es llamado al cielo; por ti toda criatura, asediada por los errores y por la idolatría, es reconducida al conocimiento de la verdad; por ti los fieles han venido al bautismo y en todas las partes del mundo han sido fundadas las Iglesias».
4. En la audiencia general del 18 de noviembre de 1964  Pablo VI anuncia a los peregrinos que  terminará la tercera sesión del Concilio con la alegría de reconocer a María el título de Madre de la Iglesia. “Será este un título que nos ayudará a celebrar a María Santísima como amorosa reina del mundo, centro materno de la unidad, piadosa esperanza de nuestra salvación”.
A algunos les pareció un gesto para satisfacer al grupo que no había visto recogidas por el Concilio sus esperanzas de dedicar a María un documento propio. En estos años hemos valorado más y más aquella decisión. El reconocimiento de la vinculación de María a la Iglesia ha sido más fecundo de lo que se esperaba.
                                                      José-Román Flecha Andrés