Sábado, 16 de diciembre de 2017

Dos monjas de carácter, devotas de san José

La obra sobre la guía carmelitana emociona a las Siervas

Nuevo éxito de la obra teresiana en Las Siervas | Fotografías: Alez López

Bonifacia Rodríguez de Castro, Teresa de Cepeda y Ahumada. Ambas mujeres, que dedicaron sus vidas a Dios trabajando en este mundo por sus congéneres. Sin embargo sus mundos particulares, sus ámbitos de vida en nada se parecían.

Teresa, mujer del XVI, de extracción social alta, formación intelectual muy por encima de lo esperable en su siglo, y más para una mujer; de carácter indomable, coqueto y seductor. Bonifacia, por su parte perteneció a la más humilde clase trabajadora del XIX, donde la explotación laboral se contemplaba en clave de fortuna por tener un medio de vida para mantener a la familia. Teresa pierde pronto a su madre; Bonifacia a su padre. Ambas muchachas miran en la misma dirección. No ven el mundo de hombres que las rodea, injusto, desigual, cruel con el pobre y sobre todo con las mujeres, que como ellas son elementos de segunda clase, sino que dirigen sus miradas a lo más elevado. Algo dentro de ellas, en su corazón, en su alma o en sus cabezas sabe que se puede trascender lo terreno, la miseria humana, reconociendo la que cada uno tenemos en el corazón. La Misericordia, cara de Dios en su Hijo, Jesús de Nazaret, las condujo al mismo sentimiento que éste trajo a la Tierra: aspirar a la Divinidad siendo plenamente conscientes de la condición humana.

            Y cada una en su tiempo y en su parcela, se encaminaron a Dios paseando con Él de la mano por el mundo. Porque las dos volvieron los ojos al lugar donde empezó a escribirse la Historia de la Salvación: una humilde familia de Nazaret, donde el padre José, trabajaba callado mientras su mujer y su hijo le acompañaban y velaban por Él. Esta labor silenciosa de trabajo y amor a los suyos y de obediencia a Dios que siempre manifestó José y gracias a lo cual se gestaría un cambio radical para el Hombre, sedujo tanto a Bonifacia como a Teresa. Desde sus primeros pasos como religiosas, la figura del padre terrenal de su amado Jesús de Nazaret, estuvo presente en ellas, y ambas dieron nombre a sus “empresas”, con el de aquél que supo trabajar en silencio para que Dios cumpliera su objetivo. Y el objetivo de las dos mujeres fue dar visibilidad a todas las que como ellas, invisibles a los hombres de sus tiempos, podían formarse y trabajar como ellos, al igual que lo hiciera María, para escribir entre todos la historia de un mundo igual y justo.

            Bonifacia, trabajadora cordonera desde muy joven, al morir su padre profesó junto a su madre como religiosa dominica y pronto fundaron talleres para la formación profesional de mujeres sin trabajo. Así surgieron más tarde, las Hijas de la Sagrada Familia, más conocidas como Josefinas o Siervas de san José. Esta labor social y de formación la convirtió en una incansable luchadora en pro de los derechos e independencia de las mujeres que en pleno siglo XIX, eran víctimas del mundo laboral o incluso doméstico. Abocadas al matrimonio como en la época de Teresa, para sobrevivir, aprender un oficio les dio alas en el mundo. En el siglo XVI, esta tarea hubiera sido más complicada, pues el trabajo fuera del hogar, si no se era campesina, era impensable. Sin embargo Teresa de Jesús aprovechó sus dotes y formación intelectual para fundar conventos que en nombre de Dios, permitiera a sus coetáneas elegir a quien dedicar su existencia, y fomentar, así mismo los dones particulares para realizar una labor dentro de los muros del monasterio, o en algunos casos, como el suyo propio, en el mundo exterior de la sociedad de su época. Y Teresa fundó conventos y todos llevaron por advocación la de san José.

            Este pequeño recorrido vital de ambas monjas nos ayuda a situarnos con perspectiva en el tiempo que les tocó vivir. Como elegidas e impulsadas por algo superior a ellas, supieron la labor que tenían que realizar en sus épocas. El convencimiento de que la entrega a Dios las hacía libres, les dio la fuerza y valentía para conseguir sus objetivos en la Tierra, a pesar de ser denostadas por los suyos en tantas ocasiones. Por ello, cuando en esta tarde de primavera del 13 de mayo, las puertas del colegio de las Siervas de san José se han abierto para recibir de nuevo a las hermanas carmelitas de Teresa de Jesús, un reconocimiento cómplice tiene lugar en la seguridad de compartir un espacio común. Hace más de un año, y con motivo de la fecha de nacimiento de Teresa de Jesús, 28 de marzo, que la obra de teatro “Teresa, la jardinera de la luz”, se representara por primera vez en este colegio salmantino. El evento tuvo lugar en la capilla del centro y para un reducido número de público, que incluía a las hermanas josefinas y las familias y allegados de los actores.

            En esta ocasión y aprovechando la clausura del Certamen de Teatro que se organiza por estas fechas en el centro, dirigido a sus estudiantes, ha sido el AMPA del colegio la encargada de solicitar al grupo de teatro Lazarillo de Tormes, que se volviera a representar “Teresa, la jardinera de la luz”. El fenómeno teatral debe llegar a la sociedad y sobre todo al mundo educativo como medio de divulgación de la cultura. Esta fuerte convicción dio pie a Rosa Deblas, hace ya ocho años, a promover la creación de este Certamen teatral que tiene lugar en este colegio las primeras semanas de mayo. Aunque Rosa ya no trabaje aquí, y siga desarrollando su tarea de fomentar este fenómeno cultural en otros lugares, se tuvo un cariñoso reconocimiento de ella en la presentación que el productor de la obra hizo de “Teresa, la jardinera de la luz”. Por esta tarea también, fue precisamente premiado Lazarillo de Tormes en la Feria de Teatro de Castilla y León en Ciudad Rodrigo, el pasado mes de agosto, y en un hecho sin precedentes, ya que nunca antes, un grupo de actores aficionados, recibiera semejante galardón. Avalados además por el gran número de representaciones realizadas, 118 en esta tarde, y dado el numeroso público que se esperaba, se abrieron las puertas del Salón de Actos, que con un aforo de 400 butacas, daba la oportunidad de acoger a una mayor cantidad de espectadores. Esta circunstancia mitigó la decepción inicial de no poder llevar a cabo la puesta en escena en el maravilloso patio porticado del colegio, pero dadas además las inestables condiciones meteorológicas, se optó por la prudente decisión de utilizar el mencionado salón, que dio cabida a más público.

            Si bien es cierto que los altares de las iglesias son un marco incomparable para esta obra, como siempre nos recuerda su productor Javier de Prado, en esta ocasión la gran expectativa que la representación de “Teresa, la jardinera de la luz” en las Siervas de san José había propiciado, no consiguió que se perdiera un ápice la gran carga emocional concentrada en este espacio teatral. Y así, sobre su escenario, y con un improvisado altar de fondo, aparecieron de nuevo, en sus hábitos de estameña, las hermanas carmelitas defendiendo a su madre frente al púlpito, donde el padre dominico de la Inquisición intenta plantarles cara, con argumentos contra Teresa, mientras las notas del órgano del maestro Salinas envuelve la puesta en escena. El magnífico guión de Denis Rafter, que entrelaza la vida de esta magistral mujer con los textos salidos de su prolífica pluma, fue la mejor lección pedagógica para los presentes. Y de nuevo, se produjo un singular y cercano conocimiento de la figura de esta carmelita que como la fundadora del colegio anfitrión de la Sagrada Familia (Siervas de san José), Bonifacia Rodríguez de Castro, realizó una labor ingente de formación y entrega a los demás. Tarea ésta, que desde la humildad del silencio y el trabajo, consigue como en el caso de su admirado san José, las metas más altas. Está pues ya más que claro que aunque “el camino sea largo, duro y con sus peligros, la paciencia todo lo alcanza”.

Fotografías: Alex López

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