Domingo, 17 de diciembre de 2017

Partidos Viejos y Partidos Nuevos. Los problemas del sistema político español

La crisis política que vivimos, agravada por la crisis económica, ha generado una fuerte contestación popular a nuestro sistema democrático, empezando por los jóvenes del 15 M. 
El intento de acabar completamente con el sistema político actual, tachado de franquista y antidemocrático por unos jóvenes nacidos precisamente en la democracia, nos parece completamente injusto, primero con aquellos que lucharon y sufrieron por traer la democracia a nuestro país y en segundo lugar, por el hecho de ignorar los enormes y positivos cambios ocurridos en nuestro país a lo largo de estos casi 40 años de democracia. 
Sin embargo, es cierto que nuestro sistema democrático representado por la Constitución de 1978 y las instituciones políticas  está en una profunda crisis derivada tanto del envejecimiento del texto constitucional, necesitado de profundos cambios, sobre todo en la arquitectura territorial y el encaje de Cataluña y País Vasco fundamentalmente, como del propio sistema de partidos políticos y la misma ley electoral que resulta muy desigual e injusta.
Desde mi punto de vista, la crisis de los partidos políticos tradicionales (PP, PSOE, IU) es el resultado de la oligarquización de los partidos, de su escasa democracia interna y del completo control de las instituciones públicas por las élites de los partidos, pero también de la crisis ideológica que afecta esencialmente a los grupos de izquierda no solo en España, sino en toda Europa, y por supuesto del olor a corrupción que alcanza al sistema político, singularmente al Partido Popular, sin que, aunque la cosa viene de bastante lejos años 90, se haya tomado ninguna medida drástica para cortar con la ola de corrupción que nos invade.
En este contexto, la aparición de nuevos partidos políticos como Podemos y Ciudadanos ha contribuido a refrescar el negro panorama de las elecciones políticas, contribuyendo sin duda a sacar de su parálisis tanto a los grupos de izquierda, PSOE e IU, como al propio Partido Popular que ve amenazada su hegemonía en el campo de la derecha por la irrupción de Ciudadanos.
Pasar de un bipartidismo imperfecto a un sistema de cuatro partidos muy igualados puede ser positivo, siempre y cuando los partidos viejos y los nuevos comprendan que gobernar no se hace desde los maximalismos, sino desde la transacción y los acuerdos. 
Gobernar para la mayoría exige proponer medidas para los problemas de todos los sectores de la población. En democracia es inadmisible gobernar exclusivamente para un grupo social, aunque éste se halle en situación de desigualdad. 
Es imprescindible, desde luego, tratar de reducir las desigualdades sociales, pero sin sectarismos, ni demagogias populistas. 
Claro que existe un grave problema que afecta a los partidos viejos y nuevos es el “ombliguismo”, mirarse constantemente al espejo, sin ver a los ciudadanos. Los partidos nuevos exageran su control de los medios de comunicación y las redes sociales con propósitos, a veces adoctrinadores, aumentando el enfrentamiento nosotros-ellos, mientras que los viejos o se despedazan internamente o tocan a rebato en torno al líder silente, como si la unidad impuesta garantizara un mejor resultado electoral. En estos momentos, los ciudadanos queremos alternativas a nuestros problemas, a la situación económica, al cambio de la constitución de 1978, a la democratización de la Unión Europea, al necesario cambio del modelo productivo, al envejecimiento de la población y el problema de las pensiones, etc. No queremos salvadores de la patria, sino políticos que sean capaces de negociar y gobernar para la mayoría.