Lunes, 18 de diciembre de 2017

Déjà véçu

   Llueve, llueve en mayo. Como si hubieran echado el tiempo para atrás, como si ya hubiéramos vivido estas lluvias que nos regalan tardes de mesa camilla que ya creíamos haber abandonado por este año. Siento con fuerza ese Déjà véçu que traía de cabeza a los psicólogos franceses, esa sensación que se impone súbitamente, esclarecedora, de que “esto ya lo he vivido yo”, que siempre produce una sensación desasosegante y abre la puerta a los crédulos de la reencarnación y los universos paralelos creados por el imprevisto aleteo de una mariposa.

   Empieza el Giro; Nadal vuelve a ganar en pistas de tenis de suelo terroso; preparamos los zapatos de verano, los bañadores; las barcazas atestadas de refugiados pasan y vuelven a pasar ante nuestros ojos y nos vamos acostumbrando a la vergüenza. Se acercan los exámenes finales, una vez más, y la Selectividad, un fielato que determina la vida de muchos. Nos hablan de Reválidas que inquietan a padres y niños en los colegios y pronto en los institutos y rememoro esa palabra que ya me inquietó en tiempos, la de Cuarto, con 13 años y la de Sexto de la Ley Moyano y, qué cosas, encuentro no sé ni como una hojas amarillentas con las preguntas que me hicieron, Diógenes que es uno. Además, en un alarde de nostalgia, una serie de televisión sobre El Caso pone ante mis ojos, como si fuera ayer en los quioscos, aquellas impactantes portadas con fotos en blanco y negro de mala calidad y letras en rojo deslucido. Y lo peor, se repite la parafernalia de las elecciones, vuelve el espectáculo, las luchas de poder inter e intra partidos, la insistencia en los programas que no se van a cumplir, las soflamas, las tertulias, las inacabables informaciones a tres telediarios diarios por cadena. Y hasta reeditan Mein Kampf bien que sea en edición anotada para estudiosos.

  Aunque a decir verdad en los tiempos que corren la mayoría de los sucesos desafían ese dèjà véçu: publican una inacabable ristra de papeles que desnudan a prohombres y promujeres -supongo que habrá que inventarse la palabra-; hay un presidente negro en la Casa Blanca donde además pronto se espera a una mujer mientras otra está a punto de ser depuesta como presidenta o como se diga en brasileño impeachment; las figuras de la realeza están de corona caída.

   Sería bueno poder controlar esa sensación de revivir lo ya vivido y así chutarse de vez en cuando una de aquellas emociones desbordantes de la adolescencia tan inalcanzables ya, aquel primer beso. Yo, como soy muy de Kavafis (“Recuerda cuerpo”) y de Gil de Biedma me instalaría en las noches del mes de junio (“Era en mil novecientos me parece / cuarenta y nueve”). Pero en todo caso prefiero otro déjà véçu, el que nos descubriera la Nobel polaca, Wisława Szymborska que (déjà) no está entre nosotros, cuando se ríe de la muerte porque siempre llega con retraso, porque no puede quitarnos lo ya vivido.