Martes, 12 de diciembre de 2017

Escribir la ciudad

 

 

Hoy, cuando la ciudad prevalece y toma cada vez más importancia, pensar la  ciudad más allá del hecho físico espacial permite leerla bajo otras formas, más aún, permite escribir la ciudad, en su sentido más amplio, de múltiples y variadas maneras.

Las imágenes “reales” de la ciudad, van de la mano del origen de la fotografía, por lo que una lectura sin calificaciones de la misma solo es posible desde el  siglo XIX. A partir de ese momento la imagen misma permite su  lectura, su escritura, a partir de una representación reflejo de lo real. El conocimiento, sin embargo, que poseemos de las ciudades antiguas y de todas aquellas previas al siglo XIX está dado por la escritura en sus múltiples manifestaciones. Escritura a través de la cual se describen las ciudades, sus gentes, los modos de vida, los acontecimientos, es decir, la ciudad viva. Con esta escritura la imaginamos, hacemos lecturas de la misma y las valoramos.

 

En sentido más amplio, la ciudad es también la arquitectura,  pintura, la escultura, el grabado y otras múltiples formas de narración que dan cuenta a lo largo de la historia, de la historia misma de la ciudad. Pero quizá es la escritura la que mejor describe la ciudad, la real, pero también la imaginada y soñada. Baste con señalar los textos de los cronistas que nos describían maravillados la ciudad de Salamanca, en ellos encontramos descripciones de lugares existentes y desaparecidos de la ciudad.

 

El texto de Ítalo Calvino, “Las ciudades invisibles”, resulta un texto maravilloso que describe, con grandes niveles de detalle, múltiples ciudades imaginadas en la mente de un literato, que explora y conecta en los viajes de Marco Polo y sus conversaciones con el emperador Kublai Khan, un sinnúmero de ciudades inexistentes que nos abren la mente a la exploración y la creatividad.

 

Pero es  con la aparición de la  imagen fija (fotografía) y la imagen en movimiento (el cine), cuando  la ciudad se constituye en un escenario privilegiado de representación,  tanto aquella ciudad real sobre la cual se escenifica, como aquella ciudad imaginada que se recrea de múltiples maneras. Baste con señalar el film de Fritz Lang, “Metrópolis” (1927), un clásico del cine, pero a su vez un ícono de la escritura de la ciudad imaginada, la ciudad futurista.

Se puede indicar que, la literatura urbana, más que ninguna otra, se ha caracterizado desde tiempos inmemoriales por tener  autores de diversos orígenes disciplinarios.

Hoy día, entrado el siglo XXI, donde los avances científicos y tecnológicos son una constante, debemos hacer de  la ciudad, una representación a la medida de escritores y artistas del siglo XXI, para no renunciar a la exactitud de la belleza, para librarnos de la miseria en la redención de las palabras que curan y dan vida, que nos entregan lo permanente, lo esencial, lo que no cesa.

Gaston Bachelard afirma “Una ciudad que no es además de real, imaginada, no trasciente”.

 

Escribir sobre la ciudad hoy, implica también repensar la ciudad del pasado.. Es decir, es necesario leer la ciudad del pasado para poder materializar la ciudad del futuro. La  escritura de ciudad la hacemos todos los que en ella habitamos, la sociedad en su conjunto. Cada habitante coloca un grano de arena para materializar la ciudad del presente y sentar las bases de la ciudad del futuro.

Escribir la ciudad nos demanda ampliar, aún más, la mirada, a recrear la imaginación y la acción a partir de lo colectivo, a impulsar nuevas lecturas, pero, sobre todo, nuevas escrituras desde todos los ángulos posibles.

La ciudad de hoy es diversa, es heterogénea, es multicultural, multiétnica, es incluyente, es la ciudad de todos y para todos.