Domingo, 17 de diciembre de 2017

El hombre grande y rico, que nunca tuvo nada

 

Si te das una vuelta por el barrio Puente Ladrillo de Salamanca, sacas la impresión de que no paseas por un barrio de ciudad, sino por una aldea, por un pueblo aseado, por un pueblo de casas bajas, de un solo piso, con sus puertas de hierro o de aluminio de una sola hoja; y con ventanas, más bien pequeñas, protegidas por una fuerte verja. Se trata de un pueblo abierto, bien ventilado, con luz de sol y sin una pizca de contaminación, pero con muchos problemas, como sucede en todos los sitios.

Ya que estaba cerca de la parroquia que dicen de "Nuestra Señora de la Asunción", me acerqué a ver a mi amigo Antonio Romo, el cura, que también atiende almas y cuerpos en el "Virgen Vega". Nada más entrar en la casa, me recibió un muchacho moreno, más bien negro, que, con toda amabilidad, me indicó donde se encontraba el bueno de Antonio; me recibió, como siempre, con su sonrisa abierta y con esa voz de bajo frustrada; antes, me había llamado la atención la chimenea; bajo su campana, ardían, ansiosamente, dos palos gordos de madera blanda, que debían calentar a alguien, porque, a su amparo, había dos sillas bajas vacías, como esperando: imagen de todavía más pueblo.

Don Antonio estaba haciendo números en una camilla pequeña, que no daba de sí más que para jugar una brisca de a dos, y que me dio la sensación de cercanía y complicidad en la conversación. Como hacía tiempo, que Antonio y yo no nos veíamos, nos hartamos de hacer preguntas de nuestras vidas, de nuestras andanzas, de nuestras familias, de nuestra salud, (en su caso, delicada, por los trajines que se trae), y porque la naturaleza es así, de cuna; Antonio, físicamente, es un “mocazos”, un hombre debilucho, delgaducho; su moreno resalta aún más las facciones descarnadas de su cara, pero, a pesar de sus debilidades físicas, él está hecho un roble en lo espiritual; Antonio es un puro contraste entre lo físico y su espiritualidad de cura rural - urbano: lo que tiene de enclenque, lo tiene de grandeza humana, de entrega, de servicio, de sacrificio y de fortaleza. Es muy difícil darse cuenta de que Antonio está agotado, cansado, exprimido por la cantidad de tareas, que tiene en marcha en pro de los demás y, sobre todo, de las personas sin techo; pero lo disimula bien; lo lleva bien, porque Antonio es así, no tiene que hacer grandes esfuerzos para hacer lo que hace, porque su educación y su formación apostólica no le vienen de los libros, sino de sus convicciones y de su sensibilidad por los que no tienen nada; ni siquiera protección; de aquellos que dice la hipérbole de "no tener dónde caerse muertos".

A toda esta gente, venida de fuera y a los de casa, Antonio les da cobijo en su casa, t, ahora, en un edificio, que fue convento de monjas en La Salle: los da techo y comida, pero no le vale sólo eso a Antonio: les enseña a "manejar el anzuelo", los forma como personas y los prepara para un oficio; y lo hace con la convivencia y el trabajo. "Somos una comunidad que comparte". "El muchacho que quiera estudiar, sacarse una carrera, se le pagan los estudios"; y los que no, se les entrena para que tengan un oficio, que les permita ganarse la vida. Lo hacemos con nuestras armas, con las que tenemos a mano, y con las que nos prestan. En un pueblo cercano a Salamanca, la Junta nos ha dejado una finca de trece hectáreas, y, allí, cuidamos quinientas ovejas lecheras; y, allí, hemos construido una nave donde tenemos la ordeñadora y la fábrica para la elaboración de quesos, bajo la supervisión de Paco, en la que trabajan cinco personas".

(De mi cosecha). Los quesos se venden, con facilidad, por su calidad, y puedes adquirirlos bien en el almacén de la propia parroquia o convento, y en la carnicería "Víctor" en la Avda. de Portugal, 154, (plaza del barrio Vidal).

"En otros lugares, (Rodríguez Fabrés y Aldealengua) nos han dejado parcelas, donde sembramos todo tipo de hortalizas, que vendemos en la frutería, que hemos montado en el mercado municipal de San Bernardo”.

En estas tareas, Antonio emplea a varios jóvenes, con su correspondiente contrato, y a los que paga su seguro; y, mientras desarrolla este periodo de formación e integración, les va buscando trabajo, de forma que, poco a poco, se van situando en otros lugares, donde se ganan un digno salario y se pueden organizar su propia vida. Y subrayamos que toda la actividad se lleva en comunidad, porque todo el mundo participa tanto en las tareas domésticas, como laborales y de gestión; todos los miembros conocen los distintos ingresos y gastos, y, si hay algún beneficio, se reparte, equitativamente, entre todos los componentes de la comunidad.

Pero, en esta ingente y ejemplar labor humana y social, Antonio no camina solo, tiene muy buenos compañeros de viaje, que están ahí dispuestos a impartir clases de alfabetización, cultura básica, dirigir el taller de restauración o impartir conferencias sobre temas de actualidad y de formación integral.

De vuelta a casa, junto con la ingestión de la niebla fría, que se colaba por cualquier rendija del tabardo, iba ingiriendo el caldo caliente de esta experiencia tan sencilla, como humana. Y, al mismo tiempo, me sentía complacido y contento, e incluso orgulloso, de haber pasado un rato con un hombre grande y rico, que nunca tuvo nada.