Jueves, 14 de diciembre de 2017

La politización de la Educación

Uno de los retos a los que se enfrenta nuestro país en estos momentos es consensuar unas directrices de política educativa, sólidas y con previsiones de continuidad y permanencia en el futuro, lejos de la volatilidad que presentan a día de hoy. La “voluntad política”, clave esencial para resolverlo.

Nuestra Educación actual se está viendo envuelta en una vorágine de acontecimientos legales y políticos que parecen complicar aún más la ardua tarea educativa. Sin embargo, pese a la importancia que tiene la misma, las personas encargadas de fijar sus directrices son incapaces de alcanzar un acuerdo.

Desde esa Ley General de Educación del lejano 1970, pasando por las posteriores LODE, LOGSE, LOCE, LOE y la actual LOMCE, los estudiante españoles, así como sus profesores y centros educativos, se han visto obligados a adoptar cambios de todo tipo, en currículos y programas, para continuar impartiendo los mismos conceptos, de una forma similar, pero con cambios constantes de formato.

Cuando llega el momento de analizar la evolución de un alumno al término de su etapa en Bachillerato, y te das cuenta de que ha cursado sus estudios por una variopinta diversidad de leyes educativas, descubres el enraizado problema que tiene España en esta materia.

¿Tan difícil es sentarse y alcanzar un acuerdo por la Educación, de consenso? ¿Es tan complicado lograr un pacto entre fuerzas políticas por una Ley de Educación duradera y persistente en el tiempo? Quizás por la utopía con que intento responder a estas preguntas obtengo un resultado a mis dudas que confirma mis hipótesis. No es difícil, solo es cuestión de “voluntad política”.

A propósito de esta voluntad recuerdo una charla reciente con un político destacado en el ámbito educativo, diputado nacional, que decía que España podía alcanzar un acuerdo amplio, global y duradero por la Educación, pero que esto no interesaba lo más mínimo a ciertos grupos y personajes políticos.

¿Por qué? Fue mi ingenua respuesta. Y al darme cuenta ahora de estas palabras, veo ante mí la solución. Porque sin la baza de la Educación como una estrategia más de carácter electoral, las campañas perderían ese matiz de regeneración educativa que se defiende, o ese conservadurismo que se propone, desde otras dimensiones.

Pero si algo hace falta es altura de miras. Es inconcebible que en pleno siglo XXI, en una sociedad desarrollada y avanzada como es España, seamos líderes mundiales y batamos récords en unas u otras empresas, y seamos por el contrario incapaces de acordar algo tan esencial como es fijar las pautas para lograr una buena formación de las que son las generaciones del mañana, esas que un día deberán mantener este país.

No vengo a proponer fórmulas milagrosas para que estas reuniones, que sin duda hay que asumir son políticas, se produzcan. No lo hago, simplemente, porque no la tengo. Ni mucho menos espero que esas reuniones tengan el resultado que espero o que me gustaría. Simplemente quiero llamar la atención, una vez más, a aquellos “titiriteros” de los que depende la Educación. Una llamada de atención al diálogo, al entendimiento, a la visión futura y a la confianza. La Educación debe dejar de ser un instrumento de control y manipulación política.

La actual Ley LOMCE sí que está demostrando ciertos beneficios de cara al alumnado, en relación a estadísticas tan claras como que se ha reducido el nivel de abandono escolar, así como el porcentaje de alumnos que fracasan en las aulas. Sin embargo, como ha ocurrido con anteriores leyes, no podremos conocer sus efectos plenos si no dejamos que actúe de manera completa.

Esto no es otra cosa que permitir que haya, al menos una generación, que comience y finalice sus estudios bajo la misma Ley y normativa educativa, y que no se produzcan cambios de formato, pinceladas estéticas o retoques externos, que no afectan al contenido impartido en las aulas sino que asocian, de cara a un futuro, a esa Ley con un partido político.

Sólo desde el acuerdo común de todos los que, hoy o mañana, tienen el poder de legislar en esta materia, podremos conseguir que España se encuentre en los puestos en que siempre tendría que haber estado, liderando las estadísticas en materia educativa.

Somos un país con un gran potencial, que desgraciadamente desaprovecha las capacidades de sus generaciones más jóvenes, y esto repercute de manera notoria en la marcha presente y futura de nuestro país. Si hoy alguien no acepta esta interrelación, estaremos ante la prueba fehaciente del estrepitoso fracaso que sufre su visión crítica.

En el momento en que asumamos, de una vez por todas, que hay que ceder en planteamientos ideológicos y buscar el beneficio de la sociedad, su garantía y correcta formación, estaremos en condiciones de promulgar una Ley educativa estable y duradera. Y esto, aunque haya sectores que lo vean mal o que no les guste, sólo se puede conseguir desde la actividad política, que a día de hoy tiene el pleno derecho de actuar y legislar en nuestra Educación.