Sábado, 16 de diciembre de 2017

Montevideando

Bajó del barco en el puerto de Montevideo, enfrente del Cerro, y su amigo le esperaba con sentida emoción. Hacía un algún tiempo se habían intercambiado unas cartas en las que ha quedado en letra manuscrita la desesperación de un judío alemán en Inglaterra, al que se le agotaba el plazo de permanencia legal, la necesidad de huir de la amenaza nazi, la imposibilidad de volver a su país, el riesgo grave de pasar a Francia, la dificultad insuperable de viajar a una España recién salida de una guerra fratricida y en plena depuración de los vencidos. Así queda escrita la historia. La pequeña y la gran historia.

Este ilustre visitante al que con impresionante generosidad acogía otro procesalista fértil moría a los pocos meses tocando el piano y sigue enterrado en el cementerio inglés de la agradable ciudad rioplatense. Este refugiado era James Goldschmidt, que todavía nos enseña, y quien le recibía era Eduardo J. Couture, de quien pasado mañana, once de mayo, se cumplirán sesenta años de una muy temprana muerte, tras vivir no mucho más de medio siglo, que le dio para construir una obra magna, que continúa en gran parte vigente, sigue publicándose y leyéndose con fruición y provecho.

Sorprende que un país tan pequeño y una ciudad todavía provinciana, puedan dar cuenta fundada del paso de tan meritorios intelectuales, que siguen siendo pilares de la construcción de nuestro conocimiento jurídico y ético. No sólo en Latinoamérica, lo cual ya no sería poco, sino mucho más allá, también en el ámbito del procesalismo europeo, que continúa aprendiendo de tan inmensos intelectuales.

Algún tiempo antes de la llegada de Goldschimdt al Río de la Plata, ya el visionario maestro había tenido ocasión de dar refugio a otro significativo estudioso, que, aún siendo católico, debió huir de la Italia fascista por su ascendencia hebrea. Este procesalista fecundo figura incluso como testigo en la inscripción del nacimiento de Inés, hija del maestro uruguayo. De la República Oriental pasó al Brasil y desde Sao Paulo fue fundamento principal de que hoy podamos hablar  del procesalismo brasileño como uno de los más avanzados del mundo. Estoy hablando de Enrico Tullio Liebman.

Hablar de estos tres grandes autores es hablar también de otros muy cercanos a ellos, en especial italianos y alemanes, que formaron las estructuras en las que todavía hoy nos movemos cuando hablamos de esa curiosa parte del Derecho que sirve para garantizar que los derechos y libertades de todos sean reales y efectivas, para dar eficacia al ordenamiento en los casos patológicos, dentro de un marco constitucional y democrático.

Parece evidente que en nuestros países imperfectos todavía no hemos sacado todas las consecuencias que pueden y deben derivarse de ese planteamiento, aunque a veces pueda parecer que queremos deconstruir este edificio aún antes de terminarlo, o tal vez porque perfeccionarlo no es tarea fácil ni siempre grata. El reconocimiento al más alto nivel de esta fundamental función del Derecho procesal, dentro de unos requerimientos éticos que van mucho más allá del Derecho, es lo que hemos tenido la fortuna de celebrar  en estos días pasados en la demostrada hospitalidad antigua de este viejo puerto de una comarca lejana pero abierta al mundo entero.