Jueves, 14 de diciembre de 2017

Esa gente tan segura de todo...

Si uno mete en la maleta etiquetas ­­-­­verso sin esfuerzo- probablemente la realidad se acomode a ellas; me maravilla la cantidad de gente que va a algún lugar que no conocía con anterioridad ­­-o sea, que va a conocer­­- y, sin embargo, casi casi llegando ya puede desmenuzar las claves de casi todo…

Llevo 23 años viviendo en otro país ­­-que ya es, por supuesto, también mío- y ello solo me ha servido para no darles la razón a quienes lo consideran incomprensible.

No es cierto… Incomprensibles, cada vez lo tengo más claro, son, para el resto, todos los países, todos los lugares, todas las gentes… Tanto México como España pueden ser difíciles de entender para los muy ajenos… o recíprocamente…

Me explico: creo que la raíz de la incomprensión somos los que vemos… Que no hay más ciego que el que quiere ver… lo que quiere ver.

Si uno mete en la maleta etiquetas ­­-­­verso sin esfuerzo- probablemente la realidad se acomode a ellas; me maravilla la cantidad de gente que va a algún lugar que no conocía con anterioridad ­­-o sea, que va a conocer­­- y, sin embargo, casi casi llegando ya puede desmenuzar las claves de casi todo… En una semana, por supuesto, ya se las desmenuza a quienes quieran escucharlo…

Sí, hablo de quienes con un par de vistazos pontifican sobre detalles que no se atreven a tocar los sociólogos o los economistas, según sea el tema. Hasta los filólogos, me atrevería a decir.

“¿Cómo pueden hablar así?, ¿cómo pueden comer eso?, ¿cómo pueden votar por…?” Suelen ser preguntas que abonan esto que señalo. No es “mira, yo estoy acostumbrado a otra cosa, ¿y si pruebo esta otra opción?”; no, uno tiene la teoría buena y, si los datos no coinciden, peor para los datos, que dijo no sé quién.

La otra cara de esa moneda -algunos lo llaman cuñadismo, pero no quiero que se enfaden mis cuñados- es los que nos niegan, a quienes no vivimos el día a día en nuestro lugar de origen, el más mínimo derecho a opinar -o, por lo menos a intentar entender, cada uno con nuestro muy particular razonamiento.

Hay una tercera cara, si se pudiera, y es la de la excesiva ingenuidad… Creo que no es más que otra perspectiva del “ver lo que se quiere ver”: en esta incluyo a quienes llegan a un país a ver todo lo bueno, sin más… Ya sabemos que las verdades absolutas suelen ser más absolutas que verdades.

En mi caso, yo dejé atrás Salamanca, o España, y llegué a México, en un sentido literal y sin perspectivas, sin decisiones preconcebidas.

Considero que, en realidad, más bien lo dejé al lado, máxime teniendo en cuenta que, con los adelantos de que disfrutamos, suelo estar más enterado de lo que pasa allá cuando estoy en México que cuando voy de visita (es que el modo vacaciones y el modo visita son muy demandantes)…

Por todo eso, he llegado a conocer de veras lo que conocía sin conocer, lo que conocía “de leídas”. Y, sobre todo, a conocerme.

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