Lunes, 11 de diciembre de 2017

Dios cuenta con nosotros

 Un agrónomo llegó a una comunidad y preguntó a don Laureano, el más viejo del lugar:

 “¿Usted cree que este campo me dará buen algodón?”.

 “¿Algodón, dijo? No. Este campo no puede dar algodón. Nunca he visto que dé algodón”.

“Entonces, ¿podrá dar maíz, patatas…?”

“No, no creo que este campo le dé nada de eso”

“Bueno, de todas formas voy a sembrar algodón a ver que da”

 “Hombre, claro, si se siembra…, si se siembra es otra cosa.”  (J.L Martín Descalzo).

 “Claro, si se siembra…, si se siembra es otra cosa”. Si se siembra se recoge.

Dios nos da la semilla, pero somos nosotros los que tenemos que sembrarla. El se encargará de hacerla crecer, con nuestra ayuda, claro está. No hay crecimiento sin Dios; pero tampoco hay fruto si la persona no colabora con Dios. Todo o casi todo lo hace el Señor; pero es el ser humano el que tiene que colaborar con El, o por lo menos, dejarle que Él haga su obra. “No estorbarle”, diría San Juan de la Cruz.

 A cada cristiano, a cualquier edad, le llama Jesús a trabajar; “Vaya también a mi viña” (Mt 20.3). Cada bautizado tiene que comprometerse a anunciar el Evangelio el ir por todo el mundo y proclamen la buena Nueva a toda la creación. Este anuncio es mejor hacerlo de dos en dos, unos apoyados en la fe de los otros; pero conviene no olvidar que el Señor está y estará siempre presente. Jesús prometió esta con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Jesús es la vid  y nosotros los sarmientos (Jn 15.5). Nada pueden hacer los sarmientos si no están unidos a la vid; pero la vid tampoco puede dar fruto sin los sarmientos. Él necesita nuestras manos para seguir bendiciendo, curando, acariciando. Él pide que le prestemos los pies para seguir caminando.

Dios nos necesita, aunque todo o casi todo lo haga Él.

“Solo Dios puede dar la vida; pero tú puedes ayudar a transmitirla.

Sólo Dios puede dar la fe; pero tú puedes dar tu testimonio.

Solo Dios es el autor de la esperanza; pero tú puedes hacer lo posible.

Sólo Dios puede dar amor; pero tú puedes enseñar a otros cómo se ama.

Sólo Dios puede hacer lo imposible; pero tú puedes hacer lo posible.

Sólo Dios hace que bajo el sol crezcan los trigales; pero tú puedes triturar ese grano y repartir ese pan.

Sólo Dios puede impedir las guerras; pero tú puedes no reñir con tu mujer o tu hermano.

Sólo a Dios se le ocurrió el invento del fuego; pero tú puedes prestar una caja de cerillas.

  En realidad, ya ves que Dios se basta a sí mismo; pero parece que prefiere seguir contando contigo, con tus nadas, con tus casi nadas” (Martín Delcalzo).