Domingo, 17 de diciembre de 2017

Subvertir el texto, su lectura

La literatura es una forma de la memoria que no recordamos.

Jean Cocteau

El lector ideal procede por acumulación: cada vez que lee un texto, agrega una nueva capa de memoria al cuento.

Alberto Manguel

 

En estos días de celebraciones librescas y revoloteando desde hace meses un nuevo aniversario cervantino, he recordado que hace un año me invitaron a hablar en unos encuentros sobre la lectura de los clásicos y sus adaptaciones. Un asunto éste habitualmente controvertido y por igual motivo rico en posibles acercamientos o apreciaciones, propicio también a las opiniones encontradas, que si se esgrimen correctamente siempre resultan gratificantes.

Como me gustaría seguir creyendo que esta intromisión semanal en sus lecturas de prensa pudiera generar + preguntas que respuestas, recupero de nuevo para ustedes algunas de las cuestiones que me rondaron por la cabeza a la hora de elaborar mi intervención.

Con el fin de ponerme en situación, me acerqué a un autor que sin duda conocerán, pero que me atrevo a seguir recomendando, tanto en su faceta de novelista como en sus siempre estimulantes reflexiones. Les hablo de Italo Calvino, nacido curiosamente en Cuba e italiano universal; otro Nobel que pudo y debió ser pero no fue, aunque afortunadamente es leído con pasión por miles de lectores.

Releyendo sus artículos sobre la lectura de los clásicos, sigo comprobando que sus aproximaciones a lo que sería un clásico en literatura, además de brillantes, nos ofrecen muchas posibilidades para el siempre estimulante juego de oxigenar el magín.

En su libro Por qué leer los clásicos comienza afirmando que toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera. Para darle alas a la afirmación precisa que toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.

Y  por si no aún quedara claro, se permite un clin d'oeil de geniales proporciones: un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.

Pero como puede que algunos sigamos necesitando que nos desplieguen, negro sobre blanco y con generosidad, estas afirmaciones, el autor escribe:

El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos que él había sido el primero en decirlo […] Y ésta es también una sorpresa que da mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento de un origen, de una relación, de una pertenencia. De todo esto podríamos hacer derivar una definición del tipo siguiente: Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.

Creo que no necesito justificarme si empleo el término “clásico” sin hacer distingos de antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para mí distingue al clásico es tal vez sólo un efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una moderna pero ya ubicada en una continuidad cultural.

Si quisiéramos seguirle el juego argumentativo, la cuestión en este momento sería intentar responderse a la siguiente pregunta: de acuerdo, pero, ¿en qué forma se nos dice ese texto al que calificamos de clásico?

En el tiempo en el que estudiábamos el bachillerato, la asignatura denominada entonces Literatura Española y Universal consistía, paradójicamente, en aprender básicamente la vida y la obra de los autores, nunca o casi nunca en la lectura de sus textos. De un autor canónico como Miguel de Cervantes, nosotros conocimos vida, obra y algunos milagros (que no todos). En cambio, nuestros hijos, leyeron las andanzas de El Quijote elaborando hasta un resumen por capítulo en un exceso de prurito profesional por parte de algunos educadores.

En estos momentos uno se pregunta, qué habrá resultado más gratificante desde el punto de vista lector, si esa primera lectura realizada por nuestros vástagos, todavía adolescentes, guiada hasta casi la extenuación por sus profesores de literatura, o la de algunos lectores de mi quinta, la mía por ejemplo, realizada con un cierto bagaje lector a mis espaldas.

Yo leí el Quijote con 19 años porque me brindó la oportunidad, sin él pretenderlo, el escritor gallego, por aquel entonces recién llegado a Salamanca, Gonzalo Torrente Ballester. El autor me había deslumbrado con su novela La saga/fuga de J.B., y empecinado en seguir su senda creativa, descubrí un texto suyo sobre la insigne obra que me eché inmediatamente al coleto: yo buscaba más Torrente y me encontré de bruces con el Ingenioso Hidalgo cervantino. En román paladino: leí al clásico por amor al contemporáneo, y a estas alturas del tiempo literario, un nuevo clásico.

Si leemos desde nuestro presente (y no podría ser de otra manera), en alguna medida podríamos decir que estamos ajustando nuestra mirada hacia aquellos textos del pasado. Y es en ese juego de acomodo donde se puede encontrar la voz de los clásicos.

Pero, ¿en qué consiste? ¿Cómo se gradúan esas lentes para que podamos acercarnos a esas lecturas? De no hacerlo, ¿podría resultar un esfuerzo ímprobo o fracasado a causa de una mirada, quizá desenfocada, y no sólo en el caso de los jóvenes lectores?

Todo lo que hemos comentado hasta este momento podría  llevarnos a otro tipo de cuestiones:

¿Todo texto clásico tiene su espacio y resulta comprensible a la mentalidad actual o pide una actualización? Y de ser así, ¿de qué ajuste hablamos?

¿Qué condiciones debe tener el adaptador? ¿Es suficiente con que sea un gran conocedor de la obra? ¿O es necesario también que conozca la capacitación lectora y los conocimientos lingüísticos del joven?

¿Cuál es el verdadero interés de la adaptación? ¿Tan sólo el acercamiento de la obra a su posible receptor?

¿No se confunde a veces la adaptación con la recreación del texto y/o la versión resumida?

¿Pueden ayudarnos las versiones de los clásicos, llevadas al cine y al mundo del cómic, a poder acercarnos a lo que nos cuentan los autores de los textos?

¿No es también la traducción una suerte de adaptación?

Los estudios de las adaptaciones de los cuentos tradicionales o clásicos infantiles ¿pueden ilustrarnos a la hora de ahondar en este tema?

¿Es la adaptación una intervención profesional que compete al especialista, o es el lector, con la suma de sus lecturas previas y su asimilación, quien únicamente debe realizarla?

Dice Calvino que  […] nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos originales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión.

No son pocas preguntas, y tampoco las únicas posibles a las que podríamos buscar respuesta. Ahora sería su turno, si es que así lo desean.

NOTA Las imágenes pertenecen (en orden de lectura descendente) a las obras de Diego Velázquez, José Manuel Ballester, Equipo Crónica, Marcyn ‘Barys’ Barjasz y Pablo Picasso.

Rafael Muñoz