Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Lluvia resbalando en la piel de Henry Moore

El escultor trabaja para la intemperie con pulidas superficies de piedra oscura

 

Las esculturas de Moore se pueden ver en la plaza de Anaya / Foto de Carmen Borrego Muñoz

No hay arte más colectivo porque le pertenece a la calle. El escultor trabaja para la intemperie y como la lluvia, los ojos de los paseantes resbalan por las pulidas superficies de piedra oscura. A Henry Moore, el artista británico que asimiló las formas africanas y polinesias, la abstracción absoluta y la simplificación expresiva del arte primitivo le gustaba el hecho de que su obra se viera en la calle, perteneciera a todos, por eso la Henry Moore Foundation junto con la Fundación La Caixa y el Ayuntamiento de Salamanca, han promovido esta muestra de las esculturas monumentales en la Plaza de Anaya, para que el arte sea calle y la calle, museo.

Una ciudad como Salamanca, con sus grandes volúmenes y sus delicados tallados platerescos de piedra de Villamayor no necesita estatuas, sin embargo, las que tiene habitan el decorado de piedra de la ciudad fundiéndose con él y relatando la historia literaria, la pura forma. Esta es la galería particular de Mayoral, de Venancio Blanco, de tantos escultores como Agustín Casillas que tanto aprendiera de Moore, Salamanca es su museo propio, el de escultores que pertenecen a la tierra y que, a la vez, rinden homenaje a un clásico de la modernidad que nos enseñó el regreso a la talla directa, la búsqueda de la esencia de un material pulido hasta hacer brillar su propia materia.

Henry Moore, el escultor de maternidades abstractas, de cuerpos redondeados por las caricias que convierten la piel en suave curva, el hacedor de agujeros negros en la figura sólida nos enseña lo que son los volúmenes, lo que es el tacto que se puede ver en una sinestesia que tiene mucho de experiencia no solo intelectual, sino puramente sensorial. Observamos las estatuas no con el ojo conocedor del crítico, sino insertas en los muros de las ciudades, en los verdes de los jardines, en el devenir cotidiano de la calle, y lo hacemos apenas sin darnos cuenta, pero enamorados de la forma, la forma que nos acompaña el paso demorado o el paso apresurado, como si esas figuras humanas apenas entrevistas se levantaran de su reposo y lo siguieran.

Tenemos la fortuna de convivir por unos días con las enormes, densas figuras de Henry Moore que, sin embargo, proyectan esa ligereza inasible de lo que está a punto de revelarnos. Esa es la virtud de la abstracción, la sugerencia, lo que es y lo que está a punto de decirnos con mayor claridad que si fuera una estatua figurativa. Estatuas que se insertan en el entorno privilegiado de la Plaza de Anaya dándole otra dimensión a las paredes de la catedral, a los jardines que refrescan tanta belleza. Por eso la fotógrafa ha sabido encuadrarlas en el joyero de piedra de su nuevo entorno, para que luzcan más su brillantez de pieza pulida que, con la lluvia, se hace aún más viva, más luminosa. Moore, que quería su arte en lugares que nos pertenecen a todos, se extasiaría con esta comunión entre lo antiguo y lo moderno. Ese espacio propio que ahora recorremos con agradecimiento y que la fotógrafa nos fija en el tiempo para que seamos testigos de un inusual privilegio.

Fotografías de Carmen Borrego Muñoz