Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Pascual

       En no pocas ocasiones lo he presumido: “sí, el Pascual del Corominas-Pascual fue mi maestro”

No es nombre, es apellido, el de un señor de Monleras, José Antonio Pascual, que lleva años “danzando”.

Cuando fue mi maestro, de Historia de la Lengua, una asignatura que no me gustaba y me costaba entender, disfrutaba ir a esas clases, y eso que implicaban un considerable madrugón: empezar a las 8 de la mañana en aquellos tiempos era una cosa rara…

Recuerdo sus digresiones emulando, y citando, al inspector Maigret, para llegar al camino que habían recorrido esas misteriosas yod y wau…

Inolvidable el día en que, dándose cuenta de que, en el amanecer, la Plaza de Anaya y la Catedral se veían espectaculares y todos estábamos distraídos mirando por la ventana, se calló y dijo algo parecido a: “pues tienen ustedes razón, esto puede esperar… ¿alguien quiere?” y se puso a ver amanecer con el resto, ofreciendo tabaco (eran otros tiempos) y hablando de lo que surgiera, o sin hablar.

A él le tuve que decir −yo tenía su teléfono y él era vicerrector− que acababa de enterarme de la muerte de Julio Vélez, maestro y amigo mutuo.

Sigo sabiendo de Pascual por amigos comunes, como Alegría, y por las noticias… Y en no pocas ocasiones lo he presumido: “sí, el Pascual del Corominas-Pascual fue mi maestro”; ese diccionario etimológico es una obra cimera, desde luego, y aquí en México, en ambientes cultos, tiene el prestigio que se merece.

Por eso, cuando el otro día vi las fotos de un homenaje que le hicieron, me dio gusto y me emocioné; a un catedrático y académico de la Lengua, sus amigos le rinden homenaje reuniéndose con él, celebrándose mutuamente.

Y yo, en la lejanía, ahí estuve, agradeciéndole haber sido maestro, de los de verdad, de los que enseñan que siempre hay tiempo para ver amanecer.

Y le puedo decir, para que se burle, que, al menos de manera indirecta, llevo viviendo muchos años no de lo que yo pensaba, sino de lo que él me enseñó, de lo que sembró, del rigor académico que me hizo ver… a través de los ojos de Maigret y de las ventanas del Palacio de Anaya.

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