Domingo, 17 de diciembre de 2017

Un indio entre aymaras

“He visto que alguno de los nuevos ha traído una camiseta blanca, de otro equipo de Madrid. Nosotros somos del Atleti, de modo que habrá que pintarle unas rayas rojas a esa polera si la quieren traer otro día”, explicaba el misionero paúl Diego Pla el primer día de la Escuela de Fútbol en Mocomoco, cerca del Titicaca, a 3.500 metros de altitud, en Bolivia. Estaba en medio de un gran círculo formado por 70 chicos y chicas de entre 8 y 18 años. Rodeado de vacas y montañas. En plenos Andes. No sabía que los cuatro tipos del equipo de TVE, los de “Pueblo de Dios”, le escuchábamos a lo lejos mientras trincábamos la cámara en el trípode.

En mis tres lustros dando botes por el mundo y grabando gente buena en condiciones malas jamás me había encontrado un misionero tan colchonero como el padre Diego. Y eso que estuve en República Centroafricana con otro ilustre rojiblanco como Juan José Aguirre, obispo de Bangassou. Por cierto, de origen cordobés como el carabanchelero director de esta escuela de fútbol que encarna, con altura y en la altura, los valores tradicionales de nuestro equipo.

Cuando uno llega a Mocomoco después de seis horas de carretera desde La Paz dando botes y tumbos entre curvas y baches; cuando uno escucha al misionero contar sus proyectos y programas relacionados con la educación, la nutrición y la salud entre la comunidad aymara, lo que menos se imagina es que pueda haber aquí una escuela de fútbol. Por eso cuando nos dijo que una tarde teníamos que grabar a los chavales entrenando casi no le dimos importancia. Vamos que si nos lo saltábamos, no iba a alterar en nada los contenidos de los reportajes para nuestro programa.

Era un viernes por la tarde. Llegamos hasta la cancha guiados por su compañero, el neoyorkino padre Aidan. El campo de fútbol se suponía que era lo que había entre las dos porterías. En medio, los chavales con sus petos de colores haciendo corro, unos conos apilados y la red con balones. Cuando vi al misionero y sus ayudantes vestidos del Atleti, casi me da algo. Cuando escuché las palabras de Diego explicando a los chicos por qué eran el Atlético san Vicente, se me hizo un nudo en la garganta. Cuando tuve que entrevistar por primera vez en mi vida a un misionero vestido con las rayas del Glorioso y hablando de su experiencia con los más pobres, ya no pude contener las lágrimas.

Fueron dos horas de grabación con los chicos de Mocomoco. Dos horas que hemos alargado todo lo posible hasta emitir algo más de siete minutos. Una pena porque no somos un programa deportivo sino social y religioso. Y cuando acabó el entreno, el padre Diego nos presentó a algunos de los héroes del Atlético san Vicente. A Cristian Jumpiri, de once años. Hijo de madre soltera con tantas dioptrías como años en cada ojo. A Moisés y Elías Cayata, mellizos de nueve años que tienen hiperactividad sin diagnosticar porque de tan evidente es innecesario. Y a Vladimir, de nueve años. Huérfano de madre y lazarillo de su padre ciego. Un chaval que camina cuatro horas desde su pueblo para ir y venir cada viernes a la escuela de fútbol para entrenar intensamente durante dos horas. Y claro, aunque a uno le ha tocado ver casi de todo, el corazón rojiblanco se acelera. Me prometí a mí mismo que no dejaría de creer en ellos, que haría lo posible por contarlo, por animar a otros indios a estar muy cerca de esta escuela aymara. Del Atlético san Vicente, en Mocomoco, cerca del Titicaca.