Viernes, 15 de diciembre de 2017

Catalina de Siena, maestra espiritualidad

Cobijaos bajo las alas de la misericordia de Dios, porque Él está más inclinado a perdonar que vos a pecar

Catalina de Siena, Epistolario

800 años de la Orden de Predicadores

No es fácil hablar hoy de Catalina una mujer que vivió en la Edad Media, además laica y mujer en un mundo de hombres y en una época de grandes Conflictos. El 29 de abril se celebra su fiesta, el mismo día que falleció en 1380 a la edad de treinta y tres años, sepultada en la basílica dominicana de Santa María sopra Minerva. Fue canonizada por Pío II en 1461. Pío IX la declaró Copatrona de Roma en 1866. Pío XII, la declara Patrona de Italia en 1940 y patrona de las enfermeras en 1943. Pablo VI le otorgó el título de Doctora de la Iglesia, junto a Teresa de Jesús, el 4 de octubre de 1970. Catalina es también la patrona de los Laicos dominicos y para la Familia Dominica es uno de los mejores ejemplos místico y apostólico. Juan Pablo II en el año 2000, la declaró Patrona de Europa junto a las santas Brígida de Suecia y  Edith Stein.

La Europa de Santa Catalina estuvo marcada por disputas, divisiones y conflictos, vivió un declive y pérdida de identidad de la Iglesia, así como una fuerte crisis religiosa. Catalina, mujer y laica, en un mundo profundamente clerical y masculino, se lanza a la pacificación y reforma de la Iglesia, al cuidado de enfermos y necesitados, difundiendo el buen olor de la espiritualidad de la misericordia de Dios en los caterinatos de espiritualidad, siendo maestra de numerosos religiosos y laicos.

Catalina Benincasa nace en Siena, Italia, el 25 de Marzo de 1347, hija de Jacomo Benincasa y Lapa, un próspero tintorero de la ciudad. Catalina pertenece a una familia muy numerosa, hermana gemela de Nanna, que falleció al poco de nacer. Desde niña tendrá experiencia místicas que se irán acentuando en su juventud, lo que le lleva a ofrecer su vida a Dios. Vivirá sus experiencias en la soledad interior, en la celda interior del alma, en oración y llevando una vida profundamente austera. La Influencia de la Orden de Predicadores y su celo por evangelizar y salvar almas, la llevan a ingresar en las Hermanas de la Penitencia, dominicas seglares. Estas vivían en casas y trabajaban cada una por su cuenta, pero les unía el hábito o signo externo, cierto compromiso de oración y ascesis, y la acción apostólica asistencial a los más necesitados. En ese periodo de ingreso en la Orden Tercera de dominicos, destacó en la atención a enfermos, mientras seguía teniendo sus experiencias místicas, descubriendo como Santa Teresa que “Sólo Dios basta”. El amor de Dios es la plenitud, Catalina busca esa unión don el Amado, vaciando el corazón de todo afecto y la mente de todo pensamiento, para que Dios sea todo en su corazón. En esa pasión y amor por Dios, como tantos místicos, no dejó de tener su noche oscura, pero superado ese momento, pasará de una mística encerrada en su “celda espiritual” a la acción, una mística de ojos abiertos, acudiendo a socorrer a los más necesitados y enfermos, así como a la animación espiritual.

De esta etapa activa destacará el aprovisionamiento a niños y ancianos hambrientos, como la atención a enfermos de lepra,  que fueron auténticas obras de misericordia y de entrega a los más necesitados. En su atención a los más pobres y enfermos se ganó la confianza y el corazón de muchos, que no tardaron en acogerse a su maternidad, la llamaban la “mamma”, su vida y sus enseñanzas engendraban vida, una vida que brotaba desde el manantial de su fe en las llagas y cruz de Jesús.

Su experiencia de Dios la quiso compartir con muchos de sus contemporáneos, siendo una auténtica guía espiritual a pesar de que era una mujer iletrada. Al principio sus oyentes y discípulos fueron muy pocos, pero fue creciendo los que se acercaron a su sabiduría de Dios, en este grupo destaca Raimundo de Capua, su confesor y biógrafo, que llegará a ser Maestro de la Orden de Predicadores y reformador de la misma. Destacamos a otros dominicos como Tomás Caffarini, Bartolomé Dominici, franciscanos como Gabriel Volterra, agustinos como Juan Tatucci, etc. Una segunda fuente de alimentación de la espiritualidad de Catalina, la encontramos en sus Hermanas de Penitencia, así como numerosos laicos de su tiempo: Políticos, juristas, artistas, etc. Sus “caterinatos” se extendieron por las principales ciudades de Italia, Siena, Florencia, Luca, Pisa, Nápoles, Roma, etc, acudiendo numerosas personas a escuchar sus palabras y predicaciones.

Catalina, una dominica auténtica, intentará pacificar a las familias divididas y enfrentadas de la región de la Toscana. Se comprometerá por el bien y la reforma de la Iglesia de su tiempo, intentando la reconciliación entre Florencia y Gregorio IX.  Contribuyó al regreso de los papas de Avignon a Roma, intentó evitar el Cisma de Occidente que se producirá dos años antes de su muerte. Ésta se producirá en Roma a siendo muy joven, llegando a ser en el seno de la Orden de Santo Domingo, la encarnación femenina de su proyecto evangélico, de modo que se ha convertido para la familia dominica (fraile, monjas, hermanas y laicos) en un referente indiscutible a lo largo de los siglos.

Catalina sigue hoy siendo muy actual, su fe y su espiritualidad la llevó a poner en el centro de su vida a Dios y al prójimo, no siendo indiferente al sufrimiento y estando con los más necesitados. Nos sigue enseñando que la paz nace del compromiso del corazón contra las injusticias, armonizando verdad y justicia desde la misericordia. Nos enseña también la importancia de los laicos y  de muchas mujeres que desde lo más humilde de la Iglesia son un referente en la fe, desde su sencillez o desde sus púlpitos en la familia, en el trabajo o en atención a los más necesitados. Muchas de ellas son un ejemplo misión, una auténtica “Iglesia en salida” como lo fue Catalina en su tiempo.