Sábado, 16 de diciembre de 2017

"Al leer se hace camino"

Cuando recobramos “el sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes y la quietud del espíritu... hasta las musas más estériles se tornan fecundas”. Sabias palabras de Cervantes que nos sirven de tránsito desde el centenario de su muerte hacia el comienzo de una nueva celebración

La lucidez de la duda debe estar en manos de los profetas. ¿Quién si no ellos pueden predecir la llegada de un invierno nuclear que lo arrase todo? En el horizonte se divisan las puntas de las lanzas... y no estamos locos. Sin embargo, no se puede vivir sin ser moderadamente optimistas, al igual que se viviría incómodo si conociéramos cuándo y cómo sucedería nuestra muerte. Así, en una normalidad de generaciones que se suceden, nadie duda de la existencia de centenarios cervantinos hasta el infinito.

Pasados los actos del día del centenario, recogidas las casetas del Día del Libro, entramos en una nueva semana y, sin querer salir del “tema Cervantes”, creo que la valoración de una figura que honró nuestro lenguaje hasta llamarse “lengua de Cervantes”, requiere una aportación personal nueva. Voy a intentar, con toda humildad, llevarlo más allá, no mejor, de lo que durante estos días voces acreditadísimas del mundo de la cultura han evocado su figura.

Lo nuestro va unido a una fotografía, un momento importante de nuestra vida. Se trataba del deseo de un abuelo, mi abuelo, de querer una instantánea con sus nietos. Ni que decir tiene, que en el lado opuesto de la imagen se encontraba uno de aquellos impagables fotógrafos que escondían su cabeza tras una especie de burka. Sucedía en 1967 en Madrid, e imagino que muchos habrán reconocido al edificio de fondo, hoy centro de polémica por el deseo del pueblo madrileño de mantener su identidad, es decir, que la fachada del “Edificio España” no aparezca cubierta de cerámicas chinas.

En este retrato, como se decía entonces, quien les habla contaba con 14 años y soy y era el hermano mediano de los que aparecemos en ella, el resto de la fotografía es fácilmente reconocible. Mis preguntas, por los valores sentimentales, serían infinitas, aunque no se preocupen que mi intención no está en traerlas todas al presente artículo. Sólo dejaré aquí una: ¿en qué estaría pensando mi abuelo cuando quiso realizarse esta foto con sus nietos?

Para responder a esto hay que saber cómo era mi abuelo. Al ser conocedor de su filosofía y vocabulario, es decir, buen humor, sano y fino ingenio y unas gotitas de poesía, puedo decir que mi abuelo vivió su tiempo haciendo la vida agradable a los demás. Un ejemplo: Si él salía de casa y el cielo estaba cubierto de nubes, su expresión iba más allá de la simpleza, y para él “el de arriba ha estado fumando toda la noche”, y si llovía, “los puñeteros éstos no dejan de regar”, y así, inventando innumerables metáforas e imágenes, “al leer se hace camino”, se pasó el resto de sus días. Siento no haber sido nieto y secretario.

Parece que fue antesdeayer, pero mi abuelo nació en 1895 en Extremadura, se llamaba Rafael Rodela (una rodela era el escudo que portaba don Quijote) y murió un 9 de octubre de 1971, el mismo día que bautizaron a Cervantes. Esta fotografía se realizó cuatro años antes de su muerte, por tanto, la televisión la conoció durante escasos años. Y ni falta que le hizo, pues siendo amigo, como era, de la buena conversación y del interés por las cosas desde su yo o a partir del grupo con el que departía, su vida la vivía con motivaciones propias.

Por tanto, mi respuesta a esta foto junto a sus nietos no puede ser otra cosa que la de un abuelo que quiere dejar constancia del escenario donde se realiza, pues un señor como él –con todo respeto para quien se hiciera una fotografía subido a La Cibeles o a Neptuno–, un señor así, digo, elegía ese escenario, con Cervantes y su notable obra detrás, para que sus nietos tuvieran el recuerdo de haberlos llevado al oráculo de las Letras.

Todas sus virtudes, ya relatadas, de ingenio, humor y versos propios, aunque fuera al viento, están presentes en la esencia de El Quijote, y no me cabe duda de que esos son los valores que a él le hubiera gustado dejarnos en herencia. Pero los tiempos cambian y cada cual tiene que vivir sus propias circunstancias. Y ahí, si todo se condensa en ir en una buena dirección, el mundo de los números atrajo a un nieto y el de la sanidad a otro, a ambos con éxito. Mi caso, más cercano al servicio de las letras, que no se trata de ninguna premonición, me satisface desde el punto en el que no tengo que ser Cervantes, como le hubiera gustado a mi abuelo, ni siquiera parecerme al alcalaíno, sólo leerle, y con estar en su noble oficio quedo más que satisfecho. (No obstante, disculpen que cuente historias propias, pero creo que está por hacer ese “homenaje al poeta desconocido”).

Los abuelos, hoy, son más necesarios que nunca. La vida de los padres es tremendamente compleja y como los niños imitan, sin los abuelos su único referente serían sus compañeros de guardería, con todo respeto a las monitoras. Porque un abuel@ es ése/esa persona que se vuelca en la educación enseñando buenos principios, entre ellos no dejar que manipulen a sus nietos hasta que ya adolescente el joven llegue al encuentro con el gran gurú de la informática, es decir, el “superabuelo” Google, con el que tendrá que negociar. Y hasta entonces el abuelo le habrá llevado, entre otras muchas lecturas, hacia El Quijote y se lo habrá quitado de la almohada una vez unido a sus sueños.

Voy a finalizar, pero antes quería contar una anécdota sobre el reconocimiento que tuvo El Quijote desde sus inicios. Su protagonista fue el rey Felipe III. Era domingo y estando el rey de holganza con su Corte y caballerizas por la Plaza Mayor de Madrid vio que un hombre reía estrepitosamente con un libro en las manos. El rey se sorprendió, pero enseguida cayó en la cuenta: “Ese hombre, o está loco o está leyendo El Quijote”.

Para mí pienso, a pesar de que Cervantes dijera que a don Quijote se le secó el cerebro de tanto leer, que el caballero andante pudo perder  la lucidez al leerse a sí mismo. Bendita locura. (Hoy, con los móviles, Felipe III diría que estamos todos locos: unos riendo, otros llorando y otros simplemente hablándole a un aparato hasta hace poco  inimaginable).

Pero no quiero terminar sin recordar las últimas palabras de Cervantes a las puertas de la parca: “El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y con todo esto llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”. (...) “¡Adiós gracias, adiós donaires, adiós regocijados amigos: que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida!”.