Viernes, 15 de diciembre de 2017

Y Dios creó la mujer

En la sociedad que nos ha tocado vivir se da una circunstancia un tanto peculiar. Al tiempo que el mundo ha evolucionado en los ámbitos económico-sociales, el hombre ha ido alterando el orden de valores. Así, si en el mundo occidental  el desarrollo de la economía, la evolución de la técnica y la forma de vivir han llevado al hombre a una mayor libertad -que se ha traducido en un progresivo abandono de la antigua rigidez de costumbres-, en el mundo del islamismo se ha originado el fenómeno opuesto. Su mayor poderío económico y, por lo tanto, militar y político, ha traído consigo una comunión entre política y religión, de forma que ese impulso económico –debido fundamentalmente a sus yacimientos de petróleo- ha desembocado en un fortalecimiento de los hábitos y creencias religiosas, propulsando lo que hemos dado en llamar fundamentalismo.

Hablando de fundamentalismo musulmán, viene a la mente el papel de la mujer en esa sociedad. Es cierto que hay una serie de estereotipos acuñados que no todos se corresponden con la realidad, o no con todas las realidades. En función de su grado de formación o del país de origen, la interpretación que se hace del Islam puede ser muy diferente. No se dan las mismas condiciones en Marruecos que en Arabia Saudí o Irán. Entre otras razones, porque ni es igual la puesta en práctica de la religión que se hace en estos países, ni se han producido en ellos las mismas transformaciones sociales. Sopesados convenientemente todos estos factores, se debe reconocer que, junto a mujeres musulmanas con títulos universitarios desarrollados en una sociedad avanzada, existen situaciones que chocan frontalmente con nuestra forma de entender el papel de la mujer en el mundo actual.

Cuando, desde  nuestra perspectiva occidental, se pretende analizar el lugar que ocupa la mujer en el mundo musulmán, es habitual recibir una contestación ofendida, alegando que nuestra visión siempre resulta parcial y deformada, tanto en lo que se refiere a la mujer como al mundo islámico en general.

En esta, como en tantas otras materias, no es bueno generalizar, pero tampoco se deben pasar por alto situaciones que van contra la lógica. Un primer punto de contraste con nuestra manera de interpretar el papel de la mujer es su forma de ocultar el rostro ante cualquier extraño. Las razones que aduce el islam descansan en una tradición que impuso el hombre, tratando de proteger a su mujer del resto de los hombres. Es decir, para el musulmán, cualquier mujer que no sea de la familia constituye una presa puesta en el mundo para satisfacer sus instintos, y no para otra clase de relación. Dicho así puede sonar a exageración; sin embargo estamos comprobando cómo desde organizaciones terroristas con bandera yihadista se secuestra a jóvenes –algunas todavía niñas- para servir de juguete erótico a sus combatientes. No hace mucho leía la noticia de un joven matrimonio musulmán que, divorciado de forma pacífica, había viajado a Siria, él como combatiente y ella como “animadora sexual”.

Es cierto que en no pocos ambientes del mundo musulmán la mujer está luchando por alcanzar un status paralelo al occidental. El nivel social y la cultura son factores que contribuyen a ello, pero, por desgracia, aún debemos contemplar escenas como la que ilustra la fotografía adjunta que, por sí misma, constituye todo un editorial. Siete varones adultos, debidamente calzados y protegidos de la lluvia, caminan al lado de una pobre mujer descalza, cargada con dos niños y otro de la mano, sin que a ninguno de ellos se le caiga la cara de vergüenza.

Por más que se esfuercen en decirnos que el Corán establece la igualdad entre el hombre y la mujer, hay pruebas que lo refutan. En lo más sincero de nuestros deseos está la posibilidad de elevar la categoría humana de la mujer musulmana para equiparar sus derechos a los de la mujer occidental. Ante situaciones de rechazo a esos deseos de adaptación, no es extraño que en algunos países renazcan sentimientos xenófobos, al comprobar la resistencia que ofrecen algunos colectivos musulmanes a la hora de integrarse en esa sociedad que pretende acogerlos. Esa integración requiere una cesión por ambas partes. Si de verdad se pregona el mensaje del Corán sobre igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, algo deberá cambiar para que ese concepto pueda equipararse al que rige en el mundo occidental. Nadie pretende obligarles a renegar de sus principios; únicamente se trata de no tener que hacerlo los demás. Todo lo que sea encerrarse en el propio mundo, sería perjudicial para las dos partes.